Comedores: con necesidades, pero lejos del hambre de 2002

Coincidentemente con la caída de los pedidos de cupos en los comedores escolares, desde los emprendimientos comunitarios coinciden en señalar que continúan las situaciones de necesidad, pero en general, las condiciones sociales han mejorado.
Todas acuerdan en que todavía subsisten las necesidades, pero lejos del hambre que motivó la apertura de los comedores comunitarios. Porque aún con el convencimiento de que los subsidios estatales no alcanzan para poner un plato de comida diaria en las mesas de aquellas familias "superpobladas", hoy es posible pensar en regalarle dos días de veraneo a los chicos asistidos en esos centros. Y concretarlo.

Los comedores comunitarios fueron una respuesta a la peor crisis económica y social que tal vez hayan atravesado las últimas generaciones de argentinos. Cada uno adoptó su propia modalidad y así sirvieron cenas, cubrieron lo que los comedores escolares no podían los fines de semana, pidieron y repartieron ropa, calzados y útiles escolares o engrosaron desayunos portentosos los sábados y domingos.

En el barrio Martín Fierro

Hilda De los Santos de Salazar es la responsable del comedor "Rincón de Luz", que atiende a 43 mamás y 126 chiquitos desde el salón contiguo a su propio domicilio, en medio de un barrio, el denominado Martín Fierro, que en los últimos tiempos se enriqueció con agua corriente y asfalto cercano.

Ayudada por sus hijas Laura y Andrea, su cuñada y una vecina, Hilda se pone al frente de la cocina cada lunes, miércoles y viernes cuando, en tres tandas, prepara unas 170 viandas que los propios interesados retiran del lugar. No son sólo vecinos: además de las dos adolescentes embarazadas que no tienen ni una batita para el bebé próximo a llegar, aquí reina la preocupación por el abuelo que "está viviendo en la miseria más grande, y al que nadie ve" y por la mujer de 76 años que cruza la ciudad desde el otro lado de la Ruta 226 para retirar su ración.

Hilda -quien además se desempeña como manzanera- cree que "tal vez existe más hambre hoy que cuando abrí, hace 8 años". Eso, a pesar de la asignación universal por hijo que el gobierno dispuso para madres jefas de hogar y quienes se encuentran desocupados. "Dicen que no hay necesidad, pero hay. Lo que pasa es que hay que recorrer los barrios. No (sólo) hay que venir para la foto, sino todo el año, cuando se ven las necesidades", argumenta, desde la seguridad que le da manejarse sin subsidios estatales. "Siempre que vienen las elecciones se acerca alguno, pero hay que decirle que no, porque yo no juego con la necesidad de las mamás, y menos con las de los chicos, a los que adoro", reflexiona la mujer, madre de 9 hijos y beneficiario de una pensión por esa misma condición.

Claro que aunque sigue cocinando guisos, tallarines o risottos -la carne vacuna es un lujo que se permite cuando el Consejo Escolar le cede parte de las habituales donaciones de ruralistas-, Hilda está en condiciones, este año, de pensar en un viaje de vacaciones para 65 de "sus" chicos, 6 mamás y otros tantos papás: será a Necochea, el 12 y 13 de marzo próximo. "Estoy juntando para que vayan con sus zapatillitas, sus remeras idénticas y la merienda respectiva. Y cada día, ellos me preguntan cuándo llega esa ocasión única", dice sobre la ilusión infantil de conocer el mar.

¿Cómo se sostiene un emprendimiento de esta naturaleza, que además entrega pan, facturas y cacao cada sábado? Con la difusión y el apoyo de unos 500 socios, fluctuantes en el tiempo, que aportan una cuota voluntaria. "Si tenés 5, ponés 5, según como esté la situación. Si la gente te va con 10 pesos, yo le agradezco de corazón, porque todo suma para los nenes. Con los socios hice todo el comedor y la cocina, compré los utensilios para los nenes, las sillas y las mesas" donde cada miércoles, funciona el roperito y las madres se reúnen para hacer manualidades y coser desde pequeñas prendas hasta acolchados para el invierno. Ese espacio, además, permite juntar a los chicos en las fechas especiales, como el día del Niño, Reyes o Navidad, cuando el menú adquiere otra categoría y se comparte allí.

Hilda retomó la cocina después de haber superado las alternativas de un preinfarto que la mantuvo internada en la Unidad Coronaria del Hospital. "Muchos disgustos", alega esta mujer a la que le duele "muchísimo la injusticia, porque te ensucian gratuitamente, comentan que todo lo hago por mi propia comodidad o para estar bien yo. Pero si estuviera bien (económicamente) tendría terminado el frente de mi casa, tendría un regio auto, y no estaría empeñada en Coopelectric", desmiente mientras esgrime una notificación de deuda por 5.107,25 pesos a su propio nombre y la explicación de que el suministro de energía no se corta en su caso porque "el mismo ingeniero Montero me felicita por mi trabajo y me acerca ayuda".

La tarea de Hilda -que imagina un salón aún más grande para ofrecer apoyo escolar y un predio donde levantar una cancha de fútbol y otra de básquet- no parece terminar entre las ollas: está preocupada por la ropa y el calzado que distribuye a medida que va recibiendo, además de los útiles y elementos para el nuevo año escolar, porque "las mamás no llegan: se hace difícil mandar 5 ó 6 chicos a la escuela. Es cierto que tienen el subsidio, pero con esa plata, si los vestís y los calzás, no les das de comer", asevera sobre esos chicos ante los que se cansa de repetir que "si no tienen conducta y no tienen un estudio, hoy en día no son nadie".

Necesidades que persisten

Guiso y tallarines. Tallarines y guiso. A veces, sólo una sémola con leche. Aún así, una conciencia plena de que "la situación está mucho mejor que en 2002: no hay tanta miseria".

La que habla es Miriam Viñuelas, responsable del comedor comunitario "Buscavidas", que todavía persiste en San Juan 2829, esquina San Martín, en el centro del barrio SCAC. Con ella acuerda Mabel Marchetti de Antista, una de las cabezas visibles del comedor de la Inmaculada (ver aparte), al estimar que "no creo que haya tanto hambre como antes; sí sigue habiendo necesidades. Pero cuando nosotros empezamos, lo hicimos porque los chicos, literalmente, no comían".

"¿Qué otra cosa podría hacer con dos kilos de carne picada que nos acercan cada semana? Lo que tiene es que nosotros no molestamos a nadie y tenemos una condición: cuando un papá ´agarra´ trabajo, tiene que compartir con sus hijos lo mismo que come él. Nosotros no los echamos, pero si el padre consigue una changa, que nos libre ese espacio" para preparar una comida algo más sustanciosa.

"La situación ha mejorado", repite la mujer que por estos días ha limitado la actividad y está a punto de retomarla, el lunes 7 de febrero, siempre con la asistencia de las jóvenes mamás Estrella y Mariana. Y habla de madres solas por diferentes circunstancias, que ahora disponen del "salario que da el Gobierno" con el que, "aunque no pueden hacer mucho tampoco", van tirando.

Los chicos que cada anochecer, entre lunes y viernes, buscan su vianda en el lugar son 35, e integran unas 9 familias. Todos están radicados en las cercanías y concurren a la Escuela Primaria Nº 65. Y ese no es un dato menor: esta misma semana, Miriam se comunicó con el personal de una dependencia estatal que sostiene económicamente su emprendimiento, y comenzó a alertar sobre la necesidad de útiles, ropa y zapatillas para hacer realidad el inicio de las clases en la barriada.

Mientras tanto, sin ningún tipo de subvención oficial, sueña con finalizar el edificio aledaño, que "quedó parado después de que una ONG nos ayudó a levantar las paredes y hacer la losa. No es mucho lo que nos falta: el contrapiso, la instalación del gas y del agua y una carpeta arriba de la losa. Tenemos los pisos, el revestimiento del baño, la mesa y el bajomesada ya donados, pero no podemos traerlos hasta tener los cerramientos" que otorgarían mayor seguridad al espacio.

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