Duele decirlo, pero es en lo que a veces, en algunos sectores –demasiados- y a cualquier hora, se está convirtiendo Mar del Plata. Y como alguna vez se dijo, mucho peor que la brutalidad de los malos, es la desidia de los buenos.
Noticias & Protagonistas: Hablaron mucho de las bondades del 911 como mecanismo de defensa para la ciudadanía. Construir el sistema costó mucho dinero. Pero su experiencia no fue buena, ¿verdad?
Pablo: Es así. Empiezo por aclarar que con mi familia vivimos en el centro de la ciudad, en La Rioja y 25 de Mayo, enfrente mismo de la sede de Acción Marplatense; esto quiere decir que no estoy ni en la periferia ni en un barrio de los llamados “marginales”. El hecho es que a las cuatro y media de la madrugada mi esposa siente ruidos, me avisa, nos levantamos y al asomarnos por el balcón vemos a dos chicos pegarle a un tercero que estaba tirado en plena calle, en forma de cruz.
N&P: ¿No atinaba ni a defenderse?
P: No, fue impresionante porque le pegaban y lo pateaban en el piso, lo arrastraban de un cordón a otro de la calle y le golpeaban la cabeza contra el piso; estaba todo lleno de sangre, de un lado a otro de la calle, y lo único que por momentos se escuchaba eran los gritos. Fue terrorífico.
N&P: ¿Qué hicieron? Porque parece que describiera los fondos del Bronx pero hablamos del centro de Mar del Plata…
P: Lo primero que atiné fue a agarrar un palo de escoba pensando en bajar, pero mi señora me dijo que era muy imprudente, que llamáramos al 911. Lo hago, explico la situación y empezaron a preguntarme cómo me llamaba, cómo estaban vestidos los chicos… Les dije que no sabía, que lo importante es que estaban matando a alguien. Me dicen que quede a resguardo, que iban a mandar a alguien urgente. Colgué y empecé a gritarles a los agresores para ver si se asustaban por haber sido descubiertos, pero al contrario: me amenazaron, me dijeron que bajara, que me iban a matar a mí también.
N&P: ¿Y cuánto tardó en llegar el móvil policial?
P: Nunca vino. A la media hora vuelvo a llamar y me dicen “Ah, sí, el señor de 25 de Mayo. No se haga problemas, ya le mandamos el patrullero”. No aparecieron; y al pibe le seguían pegando. Al final nos fuimos a acostar con una impotencia terrible. A todo esto, ya había pasado por lo menos una hora y cuarto escuchando gritos e insultos.
N&P: En todo ese tiempo, ¿no llegó ni siquiera una ambulancia?
P: Nada. Un vecino me dijo que quizá era lo que deberíamos haber llamado, la ambulancia, pero se supone que el 911 es el primer recurso, al menos eso siempre nos dijeron en la radio, la TV, y en la folletería. Yo le contaba luego a mi padre que estamos a dos cuadras de la Seccional Primera: cualquier policía podía venir caminando, no hacía falta ningún operativo.
N&P: Tampoco hay excusa de que el patrullero no tenía nafta o de que no estaba en la cuadrícula…
P: No, claro. Pensé en mi hijo, en mi padre que vive en el barrio Libertad, donde pudo hacerse su casa. Y a veinticinco años de vivir allí se tuvieron que mudar porque les entraron cinco veces; a mi sobrino una vez le vendaron los ojos, jugaban con una pistola en la cabeza, y nunca vino nadie a socorrerlos.
N&P: Esa es una zona terrible, de episodios constantes de violencia.
P: Sí, y da mucha bronca, porque son nuestros gobernantes, nuestras autoridades los que tienen que actuar. Al fin y al cabo hay que sacar a los delincuentes, y no tener que irse uno. Yo pienso en el sacrificio de mi papá, que tuvo que salir a buscar terreno; y dentro de todo tengo que dar gracias que él tiene la posibilidad económica de poder irse, pero hay gente que está prisionera en ese barrio y parece que no le interesara a nadie. Vienen a sacarse la foto en campaña, que tampoco está mal, siempre y cuando, además, nos cuiden.
N&P: Realmente es horrible lo que cuenta. Porque no se sabe dónde pueden terminar las amenazas de dos que no tienen reparos en golpear a un tercero a la vista de los vecinos.
P: Tal cual. Me levanté a eso de las 7 de la mañana, y cuando volví a asomarme vi que el cordón de la vereda había quedado lleno de sangre. Más tarde llamé a la policía de nuevo para denunciar que en el 911 no me habían atendido. Aunque parezca mentira empezaron a preguntarme nombre, dirección, teléfono, datos personales… Yo preguntaba: ¿para qué?, ¿me van a venir a buscar a mí? Ellos insistían en que sin mis datos no podían actuar. Ahora yo me pregunto, ¿a quién me quejo? Estoy indignado.
N&P: ¿Hubo alguna noticia del agredido?
P: No, nada. No sabemos si lo mataron, ni quién se lo llevó; eso sí, las manchas de sangre quedaron por varios días en la puerta de mi edificio. Con los vecinos estábamos desconcertados, y yo volví a pensar en mi padre y en los que viven en barrios alejados, sin chance para mudarse. Si a nosotros, enfrente del local de Pulti, nos pasa eso, qué les queda a ellos…
¿911 o 9-11?
Porque no es lo mismo: 911 debería ser el número que salva vidas. 9-11 es el número que recuerda las muertes del atentado a las Torres Gemelas que le cambiaron la historia al mundo. De aquella hostilidad macro, a esta hostilidad micro mientras la barrera de contención brilla por su ausencia. El comisario Castelli dijo a la prensa, antes de su traslado, que estaba satisfecho porque se había actuado a la altura de las circunstancias. Curiosa manera de interpretar las cosas.
“Algunas veces vamos con mi esposa a comer a un restaurante de la costa y volvemos caminando” – cuenta Pablo-; “jamás vi un policía ni un patrullero. ¿Qué horario hacen?, ¿de oficina? ¿Es posible que a las ocho de la noche ya no encuentres a nadie?”.
A falta de seguridad pública, estrategias privadas: “Mi hijo tiene veinte años, vive en la peatonal y Santiago del Estero, y cuando viene a cenar luego lo acompaño porque hay peleas, robos y vandalismo todos los días”.
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