Chávez y el insospechado “efecto dominó” de Libia

Por Marcelo Cantelmi

La caída en desgracia de Kadafi no sólo deja al descubierto el oportunismo de las potencias occidentales que apoyaron al dictador. También, la bancarrota de liderazgos despóticos.

Una curiosa alianza a destiempo se ha establecido entre Europa y EE.UU. y los países del eje bolivariano, con Cuba y Venezuela a la cabeza, en torno al destino del dictador Muammar Kadafi. Al comienzo de esta crisis en Libia que acaba de superar las dos semanas, esos países latinoamericanos y sus aliados, con más o menor fervor, hicieron silencio pese a las noticias de las masacres sobre poblaciones inermes que realizó el régimen para intentar sofocar la rebelión.

Es interesante recordar que por esos días de mitad de febrero, la responsable de exteriores de la Unión Europea Catherine Ashton emitió una declaración en la que llamaba “a las dos partes a moderarse” y negociar.

Un pedido de cumplimiento imposible si se tenía en cuenta que una de esas partes muy armada, la del régimen, disparaba sobre la otra desarmada desde aviones, helicópteros y con bandas de mercenarios en las calles.

¿Cómo sería semejante negociación? Esa actitud se explicaba por la alianza de hierro forjada en estos últimos años entre Bruselas y Washington con el dictador libio, cabeza de la fuente de petróleo más importante de África . No es necesario agitar la memoria para recordar los intercambios de regalos y sonrisas aduladoras entre la entonces canciller de George Bush Condoleezza Rice y el polémico líder libio que la llamaba “mi reina africana”, o la visita con honores del dictador a Roma y, en fin, la caravana de dirigentes europeos entre ellos Tony Blair y del resto del mundo que aterrizaron en este país como si nada horrible estuviera oculto bajo las alfombras.

Occidente ha venido apostando en los inicios de la crisis con cada uno de sus aliados, como sucedió en Túnez, luego en Egipto y ahora en Libia, que esas tiranías pudieran controlar las rebeliones que amenazaban sus intereses estratégicos. Cuando el régimen no lograba hacerlo acababa necesariamente por quitarle la mano atento que se tornaba mucho más costoso en términos políticos y económicos mantener en su sitio a los dictadores aliados que removerlos y apostar a un cambio ciertamente imprevisible pero que pudiera ser controlado, imitando el esquema de apertura y transparencia que nació en el este europeo tras la caída del muro hace dos décadas.

Ese giro resignado explica ahora la agónica y fracasada oferta de mediación de Hugo Chávez para intentar preservar en su sillón al dictador aunque por razones bien diferentes a las de las capitales del norte mundial. El argumento de batalla del bolivariano de intentar parar una apropiación por parte del “imperio” del petróleo de este país, retórica que repite como propia en todo momento el extravagante líder libio, es fútil porque en realidad Kadafi de por sí ya garantizaba eso. George Soros, que no es precisamente un izquierdista, sostuvo estos días con claridad que lo que está ocurriendo es que estos países como Libia tienen grandes riquezas y sus pueblos están hartos de que no puedan tener acceso a beneficios que naturalmente les pertenecen y, en cambio, verse obligados a vivir en la miseria, la represión y el esclavismo por voluntad de un individuo que, pese a eso, ha sido elogiado en simultaneo por Tony Blair, el FMI, George Bush, el eje bolivariano y el notable Silvio Berlusconi.

El problema del régimen de Chávez, y en parte el de Cuba, por la alianza de la isla comunista con Venezuela, es que este antecedente libio, al revés de lo que sucede en los otros países de la región, se acerca en demasía a su propia realidad.

Una irrupción republicana en una nación de Africa gobernada por un individuo promocionado como un ejemplo progresista, es un espejo en el cual es difícil mirarse cuando como en Venezuela, el modelo está adoptando poco a poco formas cada vez más autoritarias y personalistas en un marco de creciente pobreza y ausencia de oportunidades.

Pero el problema profundo radica en lo que se está defendiendo, una cuestión que debería considerarse aun salvando el detalle de que la ética es una palabra cuya pronunciación no tiene eco ni densidad en estos conflictos y en estos páramos.

Se puede hacer el esfuerzo de aceptar cierta honestidad y no suponer solo un pragmatismo cínico y reaccionario entre quienes todavía se sostienen en el pasado de Kadafi , ligado al espíritu de los países no alineados y en las luchas contra el colonialismo. Eso es aproximadamente lo que ha dicho Fidel Castro al defender el lugar en el mundo del hombre fuerte libio pese a que esos méritos del pasado se han diluido hace rato dando paso a un despotismo genocida . Es el mismo proceso que sucedió en Argelia o Zimbabwe o en la Camboya de Pol Pot, para citar apenas algunos ejemplos de un racimo muy cargado de déspotas y despotismos que en su mayoría se reivindicaban socialistas como han hecho otros experimentos fascistas a lo largo de la historia.

Lo que no se esta viendo o no se quiere ver es la enorme bancarrota moral que esta exhibiendo el liderazgo del mundo árabe y más allá. Los crímenes de Khadafi que se están develando ahora en las áreas liberadas del país, son de una catadura que descomponen el estómago , como los latinoamericanos hemos experimentado durante la larga noche de las dictaduras anticomunistas sudamericanas. Las cifras, aun en términos especulativos, son de miedo.

Se habla de un mínimo de 300 mil desaparecidos en Libia, diez veces más que los NN argentinos , producidos por un régimen policial que se manejo con cuotas increíbles de crueldad e impunidad. No es casual que aquí la gente compare todo el tiempo a Khadafi con Hitler, Mussolini o Pinochet, que es el ogro latinoamericano que más conocen.

La tapadera de esa ferocidad recuerda a la polémica entre Jean Paul Sartre y Albert Camus sobre los crímenes de Stalin que abrumaron a los comunistas de todo el mundo, después de que saltaron sobre la mesa inevitablemente. En términos sencillos, el filósofo francés sostenía que se debía pasar de largo sobre ellos para no beneficiar en la crítica a los enemigos de Moscú.

El escritor argelino, autor de El Extranjero, con conmovedor acierto, afirmaba, en cambio, que no se debía jamás caer en el mismo error de lo que se criticaba amparando la miseria humana porque eso convertiría a todo en lo mismo. Es decir, la moral debía preservarse.

Parte de ese sentido histórico alimenta la decisión de los rebeldes que le han dicho a Chávez que no hay negociación posible, salvo permitir que Kadafi se marche al exilio. La vocación de construir una república institucional es tan visible y poderosa aquí como la necesidad, en estos momentos de tragedia pero fundacionales , de proteger ciertos valores elementales, porque es por ellos, al cabo, por los que esta gente está muriendo.

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