Tanto en el pasado reciente, como en la actualidad, Juan Carlos Mazzón sigue siendo la figura ineludible para el peronismo de Mendoza.
Y si eso es válido para todos los peronismos del país, lo es aún más para el mendocino de donde es oriundo el más grande armador político no sólo del PJ sino de la política argentina: el legendario Juan Carlos “Chueco” Mazzón, uno de los pocos dirigentes peronistas que puede darse el lujo de no ser de nadie y a la vez ser de todos, porque ningún sector interno lo siente propio pero a la vez todos lo necesitan.
Tanto que siempre logra ubicar su despacho a la diestra del todopoderoso del momento, aunque ese mandamás no le tenga ninguna simpatía personal.
Él no sobreactuó nunca cafierismo, menemismo, duhaldismo, nestorismo ni cristinismo porque ninguno de esos jefes esperó de él más que aquello en lo que Mazzón es único e irremplazable: su inmensa capacidad de operador político capaz de desplegar toda su habilidad en los dos sitios donde ningún peronista con aspiraciones de ascenso se quiere meter: las sombras y el barro.
El Chueco, en cambio, se maneja como pez en el agua en las transacciones secretas incluso entre los que dicen odiarse públicamente y en los más lejanos territorios políticos de país, desde sus niveles aparentemente más insignificantes.
Mazzón, a diferencia de casi todos los otros dirigentes de su alto nivel, trata por igual a un gobernador que a un concejal.
Primero, porque no tiene ínfulas de figuración ni de mostrar su poderío ya que el cargo que posee es el máximo al que aspirará jamás (su problema no es el ascenso sino la permanencia y en eso es campeón peso pesado) y, segundo, porque sabe que mañana ese gobernador puede ser concejal y el concejal, intendente. Todos son igual de valiosos en ese raro democratismo pejotista del gran armador de proveniencia menduca.
En el único lugar donde Mazzón tiene “tropa” propia y fiel es en Mendoza. Sus seguidores son de fierro y su grupo no sólo es el único sector interno del PJ que jamás cambió de nombre (los azules) sino que tiene una característica muy poco peronista pese a que sus miembros son en su mayoría ultraortodoxos doctrinarios: casi nadie se va nunca, pero a la vez casi nadie entra nunca.
Es tanta la “lealtad” al jefe que entre los azules prácticamente no existen “traiciones”, pero a la vez es tanta la cerrazón y la desconfianza hacia los no azules, que entrar es muy difícil, salvo que se sea familiar descendiente de alguno de los miembros vitalicios del sector.
El Chueco nunca pudo poner un gobernador de entre los suyos en Mendoza, pero siempre tuvo muchos de los suyos en todos los gobiernos peronistas, particularmente en el de Celso Jaque, ya que el gran gestor del triunfo del malargüino fue precisamente Mazzón, que se animó a apoyarlo cuando Néstor y Cristina ponían todas sus fichas en el pacto con Julio Cobos.
Aparte les ganó, siendo éste uno de los pocos triunfos concretos de un hombre que siempre gana aún perdiendo. O que incluso gana más si pierde, porque es el mejor nexo entre lo que se va y lo que viene.
Durante toda la hegemonía del sector “naranja” (Bordón, Gabrielli y Lafalla), el Chueco perdió siempre, pero en el ocaso de ese sector, logró poner un hombre suyo, el Chiqui García, para heredar la gobernación. No obstante, su candidato perdió primero como diputado y después como gobernador. Sin embargo, los naranjas pasaron y Mazzón quedó, hasta que -con el correr de los años- hizo ganar a Jaque, un hijo de los naranjas.
Ahora bien, el Chueco jamás se rinde en su sueño mendocino. Por eso en las legislativas de 2009 armó otro aspirante suyo al cetro máximo -Adolfo Bermejo-, pero otra vez el fracaso fue estrepitoso.
Para colmo, Bermejo se portó en el Senado nacional como un legislador con criterio y personalidad propias, votando con una libertad casi impensable para el estricto verticalismo peronismo-kirchnerista, lo que lo convirtió en un senador de respeto pero, a la vez y precisamente por eso, en un candidato a gobernador imposible.
Celso Jaque le está muy agradecido a Mazzón por su apoyo para llegar a la gobernación, pero también está enojado con él porque en las legislativas anteriores el Chueco intentó diferenciar lo más posible a su candidato del gobernador ya que éste andaba mal en las encuestas.
Por eso, el último acto que Jaque sueña en tanto gobernador es dejar un heredero, alguien que pueda ganar sin avergonzarse de la herencia que le deja y que haga campaña reivindicándolo, no negándolo.
Sabedor de esa realidad, el Chueco no parece estar tan entusiasmado en intentar colocar el gobernador propio que hasta ahora nunca jamás pudo colocar, pero tampoco está dispuesto a perder el reconocimiento y la deuda de gratitud que cualquiera que gane le pueda deber por la ayuda que le brindó en su eventual triunfo.
Por eso está ocupado en poner todas las trabas posibles al hombre elegido por Jaque -el “Chiqui” Cazabán- de modo que éste pueda sortearlas todas sólo si recurre a pedir ayuda a quien le pone todos los obstáculos.



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