Cerca del fin: Kadafi está cada vez más acorralado

Los opositores cercaron Trípoli y controlan el aeropuerto. Hay un millar de muertos. Desde una ambulancia salen disparos contra una marcha. Una masacre sin fin.

Mientras se habla de un millar de muertos, la última de las batallas en Libia ha comenzado. Y el escenario escogido por la Historia no es otro que Trípoli, la ciudad del Occidente que supo brillar con el florecimiento de la Revolución del 1º de septiembre de 1969, tras años de preponderancia Oriental y que hoy representa el último bastión de resistencia kadafista. Allí, detrás de los muros de piedra que atestiguaron en silencio siglos de vida, Muamar Kadafi cerró su última línea de defensa para librar el combate final por el control del país.

“Prepárense para defender Libia. La nuestra es la revolución verdadera. Juntos combatiremos y derrotaremos la protesta. Lucharemos, lucharemos hasta reconquistar cada pedazo del territorio libio. Y los derrotaremos como hemos derrotado al colonialismo italiano”, rememoró un furioso Kadafi desde la Plaza Verde de la ciudad. La sangre guerrera de antaño parecía hervirle en las venas. Y la sed de venganza guiaba sus palabras: “Quien no me quiere, no merece vivir. Si es necesario, abriremos los depósitos para armar al pueblo libio. Todas las tribus libias juntas combatirán y mataremos a quien protesta. Será un infierno”, prometió en un mensaje que la televisión local llevó a cada rincón del país.

Desde horas antes, la promesa de sangre ya se escribía en las calles de Trípoli cuando manifestantes opositores al régimen empezaron a controlar el principal aeropuerto y se congregaron en torno a las mezquitas, luego de la plegaria de los viernes para una gran jornada de protesta y se toparon de frente con las fuerzas del gobierno. El resultado, al decir de Al Jazeera, fue un “baño de sangre”.

Según testimonios recogidos en el lugar, los milicianos no midieron palabras con los participantes y abrieron fuego contra la multitud. En medio de las corridas, el caos y la desesperación, una ambulancia arribó al lugar. Varios de los manifestantes, algunos de ellos heridos, se arrimaron en busca de ayuda. Pero al abrirse las puertas traseras, un nuevo comando de mercenarios kadafistas los abatió con ráfagas de fuego desde el interior.

“Nuestro plan A es vivir en Libia y morir en Libia. El plan B es vivir en Libia y morir allí”, aseguró Seif Al-Islam Kadafi, “la espada del Islam”, mano derecha de su padre y heredero del trono libio, en declaraciones a la CNN turca. Alguna vez, promesa de apertura política. Hoy devenido brazo ejecutor de la máquina asesina de su padre. “No podemos permitir que un grupo de terroristas controle una parte de Libia y a su población”, arremetió el hombre que hace sólo una semana atrás ya vaticinaba la guerra civil en su tierra. Peros horas más tarde, moderó sus palabras, en un doble juego semántico. “El ejército decidió no atacar a estos terroristas y dar una posibilidad a las negociaciones, esperamos poder encontrar una vía pacífica”, ofreció en un nuevo contacto.

Desde las afueras de Trípoli, el anillo se cierra cada vez más en torno a la capital. Tres nuevas ciudades en las montañas, Yefren, Zenten y Jadu, bastión de la minoría étnica bereber a sólo 150 kilómetros de Trípoli, estaban ayer a punto de caer en manos de los rebeldes libios. Y el imperio de Oriente vuelve a alzarse lentamente con epicentro en Bengasi, sólo que esta vez no lo hace en manos del colonialismo italiano ni de la monarquía del Rey Idris, sino bajo control de comités populares integrados por médicos, intelectuales y dirigentes locales que dicen forjar la “nueva Libia”.

En las horas decisivas, la lealtad de los 150 clanes que forman la heterogénea sociedad tribalizada libia se ha puesto en juego, en uno y otro bando. Del lado de los rebeldes, la tribu más numerosa del país, la Warfallah, se ha unido para marchar contra el centro de poder. Jóvenes oficiales que se niegan a alzar sus armas contra el pueblo libio se quitan los uniformes y cruzan al bando que sueña con destronar a la última leyenda africana en el poder. Pero a Kadafi le resta aún su guardia pretoriana, un cuerpo de élite integrado por miembros de su propia sangre, la tribu Gaddadfa, de donde toma su nombre. Ellos son quienes deberán morir matando, en palabras de su líder.

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