San Juan.- El licenciado en Ciencias Políticas fue el impulsor para crear el Bosque de la Memoria en la FACSO. En un nuevo aniversario del golpe, relató su cautiverio como preso político en el penal.
Antes de empezar con la entrevista citó a Alain Touraine, sociólogo francés: “Visité la ESMA y estoy impresionado en cómo los argentinos desarrollaron la memoria colectiva de tal manera que los desaparecidos se oyen y están presentes junto a las madres. Hay una oposición tan grande entre estas voces frente al silencio chileno o uruguayo. Es la legitimidad de la Argentina de hoy”, dijo.
¿Qué lo motivó a instaurar el Bosque de la Memoria?
En todos los golpes de estado cívico-militares de nuestro país, la primera medida era intervenir las universidades. Dentro de las mismas, las facultades de Ciencias Sociales eran las más castigadas, se cerraban carreras como sociología, se quemaban libros, se apaleaban a profesores y estudiantes. La pelea a la dictadura se canalizaba por ahí. Cuando estuve como decano (1995), tuvimos el apoyo del personal no docente, Margarita Camus fue otra de las impulsoras del proyecto. Lo interesante es que no se hizo contratando mano de obra, sino que fue construida por nosotros mano a mano, plantando cada árbol con mucho cariño. Quienes fuimos parte de esto entendemos que el árbol significa la vida, de lo que expresa y una negación del terror que instauraron los militares. Se conoce hasta ahora que unos 130 sanjuaninos están desaparecidos todavía.
¿Cómo vivió esos años de plomo?
En ese tiempo, fui uno de tantos echados de la universidad y caí preso. Tenía muy en claro las situaciones de injusticia que se vivían en aquella época. La mayoría eran estudiantes y trabajadores. El periodismo fue una franja que tuvo muchas víctimas. Me tocó estar preso en la cárcel de Chimbas a 20 días del golpe del 76. Cualquiera iba preso y era catalogado de subversivo. Con esa palabra bastaba para tener una denuncia y para terminar en la cárcel. Fue una espectacular caza de brujas. La planta alta del pabellón 6, era la dedicada para los presos políticos. Había gente que se la llevaban y no la veíamos más.
¿Por qué lo tenían señalado como subversivo?
Durante mi carrera como estudiante, siempre participé en los movimientos estudiantiles de izquierda, eran los más movilizados. Cuando vino el golpe mis antecedentes como dirigente estudiantil me indicaba como un potencial terrorista según la ley de antiterrorismo vigente. A los militares se les había inculcado la idea que el “enemigo” era poderoso y estaba por todos lados. Cualquiera podía ser un terrorista, cualquiera que pensara en la democracia, en la constitución o en una revolución era básicamente peligroso. Desde ese punto de vista, nosotros sabíamos a los que nos enfrentábamos no éramos ingenuos respecto a lo que nos esperaba.
¿Cómo fue su cautiverio?
Vinieron a mi casa a las tres de la mañana en el departamento de la calle Sarmiento entre Libertador y San Luis. Los soldados redujeron a mis padres con las armas. Había una biblioteca inmensa que la destrozaron y destruyeron todo. Mi hijo de diez años tenía un fusil apuntando en su cabeza. Me esposaron, me encapucharon, me cargaron y me llevaron a la central de policía, a la mañana siguiente supe que ya estaba en el penal. Durante los interrogatorios estaba atado con capucha, solo escuchaba la voz de un hombre y el ruido de una hoja. Me rompieron dos costillas, me golpeaban, recibí patadas en la cabeza, pero cuando supe que otros tenían peor suerte, me di cuenta que me trataron con delicadeza. A otros los electrocutaban, los quemaban, violaron a mujeres embarazadas, no se cómo pudieron soportarlo. Los militares estaban convencidos que lo que hacían era justo. Bajo ese parámetro les permitía liberar sus más perversos instintos, se justificaba todo lo salvaje de la naturaleza humana. Cometieron atrocidades sin culpa y gratuitamente. A los seis meses me liberaron, pero me tenían vigilado y me echaron de la universidad, tuve que ponerme a cosechar en el campo para sobrevivir.
A 35 años de todo lo sucedido, ¿Qué queda por trabajar?
Tener memoria es señalar y hacer recordar que los militares eran el brazo ejecutor del modelo. Pero atrás había poderes económicos que lo permitieron y se beneficiaron. Los que dicen “otra vez joder con el pasado”, lo que en verdad quieren es ignorancia, perdón y olvido, de allí a negar lo históricamente sucedido hay un solo paso. Los que amamos la libertad y la democracia, creemos que tenemos que protegernos de futuros golpes de estado, de reivindicar el estado de derecho, y que todo lo que ocurrió jamás vuelva a repetirse. En la medida que sigamos por esta línea se corregirán los errores del pasado. No hubo un sólo derecho humano respetado en la dictadura. Se arrasó con todo. Ahora, la juventud está renovando la vocación por reconstruir la acción política. No se trata de pensar “pobres de nosotros cómo nos pegaban”, lo que interesa es que no metan preso más a nadie por pensar distinto, que no se torture más, que los que tengan que rendir cuentas por sus crímenes, que lo paguen.
¿Cree que hay conciencia en la sociedad de todo lo que se está haciendo en materia de derechos humanos?
No tomamos la dimensión de lo que significa porque estamos pendientes de los problemas cotidianos y no miramos qué pasa en el mundo. Cuando terminó la guerra civil española, Franco siguió ordenando fusilamientos por 20 años más. Ahora, el juez Baltazar Garzón quiso retomar las causas de delitos de lesa humanidad siguiendo el ejemplo argentino, pero casi lo condenan a él por buscar justicia. Eso demuestra lo avanzados que estamos en esta materia.
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