Las carencias del presente

Por: Ricardo Kirschbaum.

La muerte, sobre todo la muerte de un político ilustre, como lo fue Raúl Alfonsín, muchas veces exalta virtudes y opaca errores, como si el final iluminara más el costado positivo de sus acciones y mellara el filo de sus aristas negativas.

En el suplemento de hoy, las columnas tienen emoción, porque están frescas las huellas de su gran ausencia, y una incómoda, muchas veces tácita, comparación con las enormes carencias del presente.

La áspera coyuntura, a la que Horacio González llama trincheras, le rinde –dice– un pobre tributo. El recuerdo de Alfonsín es también la conciencia de que con él ha desaparecido una época de la política y de la forma de hacer política con convicciones morales, a las que alude Roberto Gargarella.

El fragor del presente consume casi todos los esfuerzos. Ese concierto de ruidos, chicanas y picardías, que oficialistas y opositores confunden con la política, oculta la necesidad de un debate serio sobre un país que se refunda cada cuatro años y en el que los que llegan ponen sus energías para descalificar la obra del anterior. Son mezquinos y pequeños, al contrario de lo que Alfonsín fue respecto del diálogo con sus adversarios. Lo subrayan Felipe Solá cuando dice que Alfonsín terminó siendo de todos, y Pinedo, al destacar el aporte a la institucionalidad, en comparación con el presente. Esa mirada que trasciende es la que muchas veces hace añorar a políticos e intelectuales que discutían el país y dejaron un legado. Hubo aciertos y gruesos errores. Pero hubo pasión por modelar una Nación, tarea en la que, salvo excepciones, primero estaba el país y luego las cuentas personales. Ernesto Sanz, jefe del radicalismo, apunta ese rasgo del ex presidente muerto, mientras Graciela Fernández Meijide recuerda que Alfonsín no utilizó el poder en beneficio propio.

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