La presentación de Cristina Fernández en un nuevo proceso electoral es la carta que falta tirar sobre la mesa nacional. Sin su juego, el oficialismo quedaría herido y sin apellido que postular inmediatamente. El ojo del politólogo Julio Burdman para dirimir el escenario
A ello deberíamos agregar que fue la propia Presidenta la que se encargó de sembrar esta duda en algunas apariciones públicas. "No se hagan los rulos, yo nunca dije que iba a ser candidata", declaró tiempo atrás. Como estrategia, va a anunciar su decisión a último minuto. Es lógico: quienes van primeros, siempre quieren que las campañas sean más cortas.
Pero se descarta el contenido de la misma: será candidata. Detrás de las hipótesis de deserción hay supuestas razones personales. Conjeturas insondables. Las versiones que lo aseveran reclaman haber tenido acceso a informaciones privadísimas de la Presidenta -partes médicos, conversaciones con los hijos, confesiones catárticas sobre su estado de ánimo- que a nadie constan.
Mientras tanto, desde el análisis político, su candidatura luce ineludible. Está habilitada constitucionalmente a la reelección y, en todos los países presidencialistas, la postulación de los gobernantes con esta posibilidad es la regla. Las encuestas favorables, los indicadores económicos y el acompañamiento del oficialismo –que la necesita- la potencian. Y a ello podríamos agregar la particularidad de su caso dentro del relato kirchnerista. Si su esposo y líder político, Néstor Kirchner, se brindó completamente a la política, ¿qué clase de heredera sería ella si se retirara prematuramente, poniendo fin al kirchnerismo? La ética de la responsabilidad política se impondría por sobre cualquier preferencia privada, imaginaria o no.


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