Por Mariano GrondonaCristina Kirchner concurrió a la reunión de los presidentes latinoamericanos en Playa del Carmen para confirmar el respaldo de sus pares al reclamo argentino por las islas Malvinas. Su viaje coincidió con el anuncio de que la plataforma Ocean Guardian comienza a buscar petróleo en las islas. Esta información, suministrada por la Asamblea Legislativa de las Malvinas, suscitó una protesta de nuestro gobierno ante el gobierno británico además de la decisión de exigir un permiso especial a los barcos que se dirijan a la zona de la exploración, a la que podrían seguir sanciones económicas contra las empresas que participen de ella.
El Reino Unido y la Argentina se mueven en dos ámbitos sin conexión entre ellos. Los británicos y los kelpers buscan resultados tangibles en las islas. Al procurar sólo respaldos simbólicos en los foros internacionales, la Argentina parece contentarse con victorias morales. Mientras ellos "hacen", nosotros "proclamamos". Esto ha sido siempre así desde 1833, cuando el Reino Unido usurpó las islas, salvo en dos ocasiones excepcionales: la frustrada invasión de 1982 y el "giro copernicano" que intentaron darle a nuestra estrategia malvinense Menem y el canciller Di Tella.
Galtieri "por las malas" y Menem "por las buenas", ambos fracasaron. La Guerra de Malvinas fracasó porque estaba mal concebida, pero el "giro copernicano" de Menem-Di Tella no fracasó porque estuviera mal concebido sino porque, pese a ser inteligente, no fue continuado por sus sucesores radicales y kirchneristas. Sabedor de que los ingleses podrían ser flexibles para evitar el enorme costo militar que les acarreaban las islas, Di Tella también sabía que lo que no podría hacer de ningún modo el Foreign Office era aparecer abandonando a los kelpers.
¿Cuál era entonces la salida? Seducir a los pocos centenares de isleños permanentes que pueblan el archipiélago para que levantaran su veto contra las negociaciones argentino-británicas. Para un país de cuarenta millones de habitantes como el nuestro, ¿era acaso imposible atraer "por las buenas" a una mínima comunidad que no llenaría el Teatro Colón? Una persistente acción económica y cultural de parte nuestra, ¿no podría haber apagado, con el paso del tiempo, el comprensible recelo de los kelpers? La estrategia Menem-Di Tella habría requerido, eso sí, una larga paciencia, la continuidad de una "política de Estado" a través de sucesivos gobiernos, y esto es precisamente lo que no tenemos.

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