El lento transcurrir de las horas posteriores al crimen del taxista Antonio Toledo nos ha depositado, al fin, en el difícil lugar de asimilar todo los que nos ha ocurrido en tan poco tiempo.
En primer lugar, nadie podría soslayar la aparición de un reclamo genuino de mayor seguridad expresado a viva voz por la mayoría de los habitantes de Ushuaia.
Se trata de un reclamo de características particulares, en el sentido de que se hizo visible de golpe y de manera traumática.
No es que no existiera desde antes, sino que no se manifestaba con tanta magnitud.
Era un reclamo casi subterráneo, escondido, latente, que casi no figuraba en la agenda mediática.
A pesar de ello, las encuestas reflejaban desde hacía mucho tiempo que se trataba de un asunto de enorme preocupación social.
Como sea, las multitudinarias manifestaciones públicas del miércoles y jueves, terminaron de despejar cualquier duda: la gente está muy preocupada por su seguridad, o mejor dicho, por la inseguridad reinante, y exige medidas urgentes para remediar la situación.
El segundo punto de análisis es que la seguridad no es un valor instantáneo.
No se puede exigir seguridad ya, ahora mismo, del mismo modo que parecieran no existir recetas mágicas contra la inseguridad.
Cuando se le preguntó a la gente que manifestaba, cuáles eran las medidas que exigiría al Gobierno, las respuestas fueron los clásicos pedidos de más policías en la calle, mayor cantidad de patrulleros e instalación de cámaras de video. Todos reclamos lógicos, pero ninguno suficiente de por sí.
Si se adoptan medidas conjuntas y sostenidas en el tiempo, la seguridad reaparecerá como una consecuencia natural a lo largo del tiempo. Pero no inmediatamente.
Por otra parte, habrá que aceptar aunque duela la muerte de la "Ushuaia vieja" y segura por antonomasia, para comprender que vivimos en la Ushuaia de principios de siglo, crecida a fuerza de espasmos de olas migratorias, con escaso orden y sin planificación.
Tenemos ahora las enormes ventajas del progreso, pero también parte de sus males endémicos, entre ellos la inseguridad.
Deberemos comprender también a la seguridad absoluta como un valor utópico. Aún con mil veces más policías, y patrulleros y cámaras que ahora, siempre existirá la probabilidad estadística de que un desequilibrado se suba a un taxi y cometa un crimen.
Para que quede claro: el Estado tiene el deber ineludible de atenuar los riesgos de la inseguridad. Para decirlo en palabras de moda, debe "hacer prevención".
Las autoridades del actual Gobierno sabían perfectamente de la preocupación ciudadana por los problemas de seguridad, inclusive desde mucho antes del crimen del taxista.
Sin embargo, no han podido transformar ese conocimiento en acciones concretas. Al menos no se vislumbra que hayan podido anticiparse al problema.
Tampoco parece extraño que ocurra de esta manera, en el contexto de una gestión consumida por los conflictos gremiales, y asfixiada económicamente por la sangría de los sueldos estatales.
Resultó curioso por estos días, observar cómo aquellos que ahorcan las finanzas provinciales llevándose el 90% de los ingresos, exigen al Estado mayor inversión en seguridad. ¿No se les habrá ocurrido pensar que si no hay plata para patrulleros y policías, tal vez sea porque casi todos los recursos se utilizan para pagar salarios?
Es cierto también que el Gobierno es el máximo responsable de no haber torcido esa ecuación económica. Pero deberemos admitir que existe una escasa predisposición social para poner en discusión la distribución del gasto, a pesar de que es la madre de los principales problemas que nos aquejan, inclusive la inseguridad.
Por último, resulta atinado encontrar en el comportamiento reciente de los fueguinos, una típica característica argentina: la enorme facilidad de organización para reaccionar ante lo injusto. Nos lleva unas horas ser solidarios en la desgracia, marchar, exigir, manifestarnos. Somos ejemplares en todo eso.
Nos cuesta un poco más, transformar semejante energía concentrada, en algo que sirva para construir a mediano y largo plazo una sociedad mejor.
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