Bomberos: problemas con equipos, autobombas y también en los cuarteles

Bomberos: problemas con equipos, autobombas y también en los cuarteles
Hace casi 10 años que no les cambian las autobombas. Tienen los equipos personales rotos y algunos cuarteles, deteriorados.

La desgracia se cobró la vida de siete bomberos y dos rescatistas el miércoles en Barracas: fue mala leche, dijeron sus compañeros. Los “bombas”, como se llaman internamente, dicen que ellos hacen el trabajo y que Dios hace los milagros. Pero que a veces tiene que abandonarlos, como el miércoles. Pero no es Dios el que los tiene abandonados. Es el Estado. La forma en que los gobiernos han tratado –o destratado– a los bomberos históricamente en el país es la radiografía perfecta de la ingratitud ante quienes nos cuidan de las llamas y el infierno.

Los bomberos son una gran familia. Comparten tres de los siete días de la semana bajo el techo de cuarteles y destacamentos. Ponen alma y vida a los problemas que les provoca un Estado ausente.

“Es obvio que al Gobierno no le interesa invertir en equipamiento para los bomberos. No es algo que dé rédito político. Da más rédito cambiar los patrulleros o entregar nuevos chalecos antibalas. ¿Pero equipar a los bomberos? ¿Para qué? Si saben que al final nosotros vamos a encontrar la manera de cubrir las necesidades”. La frase vale doble. Es de Leonardo Arturo Day, el comisario inspector que murió bajo el muro del depósito de Barracas. Lo dijo en una entrevista que forma parte de una investigación que duró 5 años –para una Maestría– sobre los bomberos de la Policía Federal y que Clarín publica hoy.

Los bomberos se quejan: “Cuando pensás diferente sos opositor. Y cuando te quejás sos golpista”, dice Claudio, marcado, el pelo rapado. Parece soldado.

Los bomberos funcionan “por la calidad de nuestra gente. Nos damos maña con todo y salimos adelante como sea y a pesar de quien sea”, explica.

Les toca reparar por su cuenta autobombas y trajes que se deshacen como harapos. Hacen vaquitas –casi siempre con los aguinaldos- para reponer equipos que el Estado no les da. Salen a apagar incendios con cascos que ni siquiera tienen linterna. La visión y sus compañeros son todo para un bombero.

La mayoría llegó a la Fuerza de la mano de la sangre. Suelen ser parientes de bomberos. Muchos arrancaron de chicos como voluntarios. Mauricio lleva 20 años como bombero y trabaja en el Cuartel VII de Flores. Ese no es su verdadero nombre, pero los bomberos de la Federal tienen prohibido hablar sin permiso. Mauricio habla igual. Quiere que se conozca el sacrificio que hacen él y sus compañeros cada día. La tragedia del miércoles puso las llagas a flor de piel. “Estamos destrozados y es muy injusto como nos tratan”, dice.

Cada guardia dura 24 horas, de 8 am a 8 am del otro día. Los bomberos comen, se bañan, entrenan, apagan incendios y salvan vidas juntos. Son una hermandad inquebrantable.

“Los oficiales jóvenes confían en los viejos. Y los viejos los cuidamos. Así funciona. Es una profesión muy sacrificada y mal paga”, cuenta Alfredo, a punto de colgar el traje a sus 63 años.

“Yo siempre critiqué a la sociedad porque no se preocupan por los bomberos. ¿Cuántas personas saben qué el 100 es el número de emergencia de los bomberos? Ni siquiera ceden el paso a la autobomba”, dice.

Como a muchos, no le alcanza el sueldo y tras pasar un día apagando incendios y rescatando personas de autos retorcidos tiene que hacer “adicionales”. Le tocan 10 horas vigilando andenes tras 24 de guardia. Al otro día, 12 horas en una sinagoga. “Me duele. Es una injusticia”, dice.

De fondo modula la División Central de Alarma. “Eso es nuestro”, gritan. En segundos, la maquinaria se pone en marcha. El piso y las paredes del Cuartel tiemblan. Uno, también.

Dejan todo como está: escobas, mates, tuercas, papeles. El mundo se frena, mientras se lanzan a una carrera desenfrenada contra el tiempo y las distancias.

No saben lo que les espera, pero sí que no tienen los equipos suficientes para enfrentarlo. Hace casi 10 años que no les cambian las autobombas. Algunas tienen las escaleras rotas, mangueras pinchadas o les faltan camillas.

El corazón late loco. ¿Será un fuego grande? ¿Hay nenes atrapados? ¿Abuelos? ¿Un perro? ¿Fue una vela? ¿Estalló una garrafa? ¿Volverán todos al cuartel?

La segunda dotación queda esperando. Todos están tensos, aunque traten de disimular: limpian, leen, caminan. El tiempo pasa y no hay noticias. “¿Podés modular a ver en qué andan?”, pide Alfredo.

Sebastián, bombero hace 26 años, averigua: “Fuego controlado”. Todos respiran. “Yo no me voy de acá hasta que no vuelvan todos. Si entramos 10, me quedo hasta que vuelvan los 10”, dice Alfredo.

Un bocinazo cortito anuncia que los bombas están de vuelta. Vienen empapados, en agua y transpiración. Colorados por el calor y el fuego. Deshidratados por el esfuerzo y la corrida. Alfredo los abraza igual uno a uno. Sebastián se pone a curar raspones. Cuelgan los trajes. Pero las emergencias no saben de tiempos y mientras recuperan el aliento, suena la alarma y tienen que salir con los trajes mojados otra vez

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