A través de una nota dirigida a los Medios, el Secretario de Relaciones Institucionales, Silvio Bocchicchio, negó haber impedido la emisión de un programa gremial. Desmintió al periodista José Piñeiro y dijo que no había ningún proyecto gremial para hacer un programa televisivo.
Tras lo cual cargó contra el denunciante de la censura, José Piñeiro a quien incluyó entre “algunas personas o grupos” “capaces de llegar, el límite (cuando lo hay) para defender sus posiciones y apetencias”.
Así, remarcó que José Piñeiro da un ejemplo de ello en “Un botellazo a la libertad de expresión” (1), publicado por Provincia 23, el 8 de diciembre. Como se refiere a mí y habla de “censura”, decidí, por segunda vez en cuatro años, responder al gatillo fácil de la inseguridad informativa” argumenta el funcionario provincial.
Tras lo cual asegura que “Piñeiro eligió algunas frases sueltas de una charla informal que mantuvimos durante unos quince minutos delante de los periodistas Cristian Meza y Christian Bisso, omitió las explicaciones medulares, y las mezcló con opiniones poco claras y con mentiras arteras, fácilmente demostrables”.
En el mismo sentido asegura que “La primera mentira, y que convierte a todo lo demás en una anécdota de mal gusto, aparece en la segunda palabra del texto: “El proyecto presentado…”. Piñeiro sabe que no hay ningún proyecto presentado, apenas una nota de un párrafo firmada por el secretario Gremial del SAT-SAID, Rubén Ibarra mencionando el interés de hacer “un programa sobre la actividad gremial” (2). Es todo. Lo prueba Piñeiro cuando se contradice al abrir el siguiente párrafo: “La idea era…”. Una idea no es un proyecto.
“Luego, Piñeiro aporta en la publicación información que hasta el jueves 8 sólo él conocía: el nombre del programa, los interesados, quien pagaría el espacio, que “el primer programa se encontraba casi listo (sic)”, y posibles ideas de contenido como las “notas de color donde los trabajadores de base contaran anécdotas personales o características de las diferentes tareas que realizan (sic)”.
Le expliqué a Piñeiro que no se trata de censura sino de criterio de selección de contenidos que en este caso recae en la Secretaría de Comunicación Institucional. Cité como ejemplo dos casos coyunturalmente extremos, el programa “678” y Clarín, no por su posición frente al Gobierno nacional, sino para explicar que los contenidos de un medio, público o privado, de cualquier formato, se rigen por un criterio general que podríamos llamar línea editorial.
Los canales provinciales siempre tuvieron línea editorial. Esto ocurre en todo el país y en el mundo, en los medios públicos y en los privados, de todos los formatos. De lo contrario, cada uno de ellos sería un caos. Los canales públicos deben expresar la pluralidad y diversidad de la sociedad fueguina, contribuir a la integración territorial y a la difusión de la cultura.
Intenté que comprendiera que el concepto de diversidad y pluralidad es mucho más amplio que multiplicar por todos los medios posibles las mismas voces que en Río Grande resuenan a diario en casi cuarenta radios, tres diarios papel, al menos cincuenta sitios web y en espacios de 2 canales de TV. Se trata de que tengan voz personas que nunca tuvieron la posibilidad de expresarse, contar nuevos temas, mostrar escenarios novedosos.
Le conté a Piñeiro que la mayoría de los proyectos o ideas de programas que recibimos en la Secretaría se refieren a tres temas: actividad de los políticos, de los gremios y desfiles de moda, y que eso era frustrante. Le aseguré que los proyectos que amplían esa visión están todos en el aire en los canales del Estado y que sus realizadores pueden dar cuenta de ello y del grado de libertad con el que trabajan.
Piñeiro dijo que había trabajado en TV Fuego y que (el propietario del canal, José Luis) Paños tiene “más amplitud de criterio” que yo, por lo que le sugerí ofrecer el programa a ese canal que tiene una audiencia importante en Río Grande (3) y que también debe cumplir con el porcentaje de programación local exigido por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (4).
El criterio de Piñeiro es el que se impone para el espacio público en casi todos los órdenes: “no es de nadie”, lo que es muy distinto a pensar “es de todos”. Lo que es de nadie está ahí para ocuparlo o para hacer uso. Lo que es de todos requiere administración y administrar implica tomar decisiones. Luego, Piñeiro traduce una decisión contraria a sus intereses personales como un acto de censura lo que, una vez más, contribuye a banalizar una palabra tan cara a la historia del país y a la actualidad de los medios.
Entonces, en otra parte de la charla que no cuenta en su nota, lo ayudé a pensar. Le sugerí programas sobre historias de vida de gente común; sobre las actividades que realizan las entidades intermedias como clubes u ong; mostrar vida y obra de los artistas de la provincia; a las cientos de bandas de todos los géneros que carecen de difusión y podrían actuar en vivo en el canal si el Sindicato de Músicos (Sadem) lo permite; que den visibilidad a las decenas de proyectos institucionales encarados por docentes comprometidos en todas escuelas de la provincia.
La respuesta de Piñeiro fue una pregunta: si el Estado apoyaba económicamente este tipo de proyectos. Es decir, si el Gobierno les paga a los realizadores para hacerlo. Le dije que era un buen tema para considerar con un proyecto sobre la mesa, y que hay una propuesta para crear un fondo concursable.
Al parecer Piñeiro no entendió, o no quiso, porque su preocupación era otra y lo deja en claro al escribir, refiriéndose a mi, “se mostró impermeable cuando se le intentó explicar que se estaba cercenando una fuente de trabajo”.
No sé si debo aclarar la diferencia entre una bolsa de empleo, que es muy importante, y un canal público, que cumple otra función, y que en el cumplimiento de esa función genera empleo, mueve la economía y crea valor simbólico.
Los medios públicos deben anteponer el contenido a la facturación con un criterio amplio de servicio público, pensando en el interés general. Piñero hace eje en su cuestión personal y en el tema económico, a tono con los medios privados y con la ley de la Dictadura, que concebía a la radiodifusión como una actividad meramente comercial.
Pero fue más temerario aún al escribir: “(Bocchicchio) reconoció que, desde su limitada amplitud, no hay espacio en el canal del Estado para quien no acompaña la gestión de Gobierno”. Para no insistir con llamar mentiroso a Piñeiro, voy a adjudicar el “reconoció” al collage de géneros por los que zigzaguea su nota (informativo, opinión, sumaría ficción) o a su clara dificultad con el uso de los verbos, pero lo que no puedo dejar de advertir es la gravedad de su descalificación por añadidura a sus colegas que realizan producciones independientes en los canales públicos.
Es obvio que Piñeiro necesitaba confirmaciones o reconocimientos, y como no los tuvo, se los inventó, como cuando escribió: “Bocchicchio reconoció haber sido el responsable de la censura resuelta para el programa”. Se trata de una doble falacia, o una doble mentira, porque no hay tal programa - ni siquiera un proyecto- por lo que no puede haber censura.
Asumir la falta de creatividad es un buen paso para pedir ayuda y asociarse a otros, trabajar en contenidos que brinden a los fueguinos una pantalla que los muestre, que los incluya, que los haga visibles y partícipes de su propia historia, en vez de mostrarlos desde una visión sesgada, cooptados por intereses corporativos o personales.
Silvio Bocchicchio
Secretario de Comunicación Institucional
Gobierno de Tierra del Fuego, Antártida
e Islas del Atlántico Sur
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