La historia de una familia que perdió todo durante el desalojo. Sufrieron la violencia de la Policía Metropolitana y dicen que en los paradores de la Ciudad los maltratan. Sin lugar adónde ir, resisten en el acampe de Pola y Cruz.
Reinaldo saltó de un tirón de la cama cuando escuchó que los perros ladraban con vehemencia ininterrumpida. Algo no andaba bien. Enseguida escuchó que golpeaban su puerta:
“Esto es un allanamiento por una denuncia de narcotráfico. Abra o tiramos abajo la puerta- gritó un oficial”.
Reinaldo no abandonó su boliviana tranquilidad y pidió un momentito para despertar a sus cinco hijos. No le dieron tiempo. Los oficiales metropolitanos entraron a la fuerza y lo sacaron a los empujones. Una vez afuera de su casilla, pudo ver que no se trataba de un allanamiento por narcotráfico sino del tan temido (y tantas veces pronosticado) desalojo del barrio Papa Francisco. La imagen, recuerda, era desoladora: cientos de policías prepoteando y pisoteando dignidades; familias desvastadas que, una vez más, perdían todo.
Desde entonces, la familia de Reinaldo Arnez Medrano es parte de los desalojados, los que andan boyando por la Ciudad, cargando ese mote. Porque padecer un desalojo, fue lo primero. Que les negaran llevarse lo poco que tenían (una heladerita, un coinor), lo segundo. Que les pasaran las topadoras adelante de ellos por sobre sus chabolas, lo tercero. Y, por último, que el gobierno les ofrecieran como única alternativa dormir en los paradores.
Reinaldo cuenta que luego del desalojo lo único claro que había era una sola cosa: confusión: “Cada cual agarró para cualquier lado, algunos volvieron a la villa 20, otros se fueron a los paradores, otros a la calle… no había muchas opciones”. Un amigo suyo de la colectividad boliviana le ofreció parar momentáneamente en su casa de Villa Celina. Aceptaron, pero como dormían en un pasillo, Reynaldo decidió probar en un parador del gobierno porteño y enfiló hacia el Pereyra, ubicado en Barracas, porque sabía que allí habían ido a parar varias familias del barrio Papa Francisco. “Nunca pensé que me iba a encontrar con eso”, asegura.
El lunes 25 a las 9 de la mañana, la familia Arnez Medrano llegó al parador Pereyra. Les pidieron los documentos y, según cuenta Reinaldo, les hicieron un cuestionario en tono agresivo: “Te dicen que no tenés derecho a estar ahí porque eres un delincuente, que eres de la calle, que ahí tienes que volver. ¿Somos delincuentes por ser pobres? Nos han quitado todo. Los delincuentes son ellos, que están sentados en sus casas después de destrozarnos el alma con las topadoras”. Pocas horas después, los echaron del parador con la excusa de que ellos habían llegado por sus propios medios y no a través de Desarrollo Social. La situación en el parador Pereyra fue denunciada por el Frente de Izquierda, que elaboró un informe en el que detectaron maltrato psicológico y falta de salubridad.
Luego de pasar por el parador de Parque Chacabuco, los Arnez Medrano llegaron al Parque Avellaneda. “Ahí hay un maltrato terrible. No dejan entrar a nadie para que vea lo que pasa ahí adentro. Los chicos me preguntaban todo el tiempo: ´Papá, ¿te van a pegar? ¿Por qué te dicen esas cosas? ¿Por qué tratan así a mamá?´. Tuvimos que agarrar otro camino. Volví al acampe en frente del barrio, en las carpas de Lugano, en Pola y Cruz y vamos a aguantar hasta donde sea necesario”.
Historia
Hace 4 años, Reinaldo tomó la decisión de venirse a la Argentina a probar suerte. Le habían dicho que acá encontraría alguna changa enseguida. Al llegar a Buenos Aires, allá por el 2010, recaló en la villa 1-11-14, pero no le gustó. “Es muy peligrosa, los narcos mandan ahí y a la noche no podés dormir por el ruido de los tiroteos”, asegura. Pocos meses después, con un laburito firme en la construcción, se alquiló una casa en Malvinas Argentinas. El alquiler comenzó a subir y, otra vez, la villa se mostraba como la salida más rápida. Le pasaron el dato de que en la Villa 20 podía conseguir, sin mucho papelerío, una habitación de tres por tres con una cocinita de durlock a la intemperie, $900 por mes.
Allí estaba la familia Arnez Medrano cuando en febrero de este año se produjo la toma del predio lindero a la Villa 20. Reinaldo no lo dudó y, al segundo día de la toma, bajó para hacerse de un terreno. Estaba harto de los abusos: “En la villa hay pequeñas inmobiliarias y punteros, que se aprovechan de nosotros. El gobierno no hace nada. Esos punteros tienen hasta 30 habitaciones y viven de eso. Eso está conectado también con la delincuencia y el narcotráfico. Esos son los verdaderos delincuentes”.
Siete meses después, Reinaldo está en el mismo punto de partida. Lo poco que tenía quedó sepultado por el paso de las topadoras. Pero no se rinde. Los vecinos del ahora ex barrio Papa Francisco lo eligieron como delegado y, desde ese espacio de representación, logró un amparo para que el gobierno urbanice la Villa 20 “en su totalidad” antes del 10 de diciembre de 2015. Mientras tanto Reinaldo sigue con sus changas en la construcción, va y viene desde el acampe en Lugano y no se pierde ni una reunión en que traten el tema en la Legislatura.
Reinaldo asegura que la va a luchar, por los pibes: “Mi sueño es que mis hijos no sufran esta humillación. Es todo por ellos. Lo que yo me estoy bancando es por ellos. Y por la gente que está peor que nosotros”.

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