La Cámara de Apelaciones dio por nulo un allanamiento por el cual se encarceló a un narcotraficante, porque se había realizado después de la puesta del sol. Una vez más, cómodos escritorios son el escenario para que ciertos abogados reciban en bandeja la libertad de sus pupilos. Si falta una coma, todo vuelve atrás, y que pague otro.
No es posible que el país entero tenga que mirar a través de una pantalla la manera en que la calle se hace territorio de los otros, de los que matan y trafican, sin que exista siquiera un iluminado que decida poner el cerebro en una fila para evitarlo. No debe de ser posible que la escapatoria sea esconderse bajo tierra, como hacían los sobrevivientes en las películas que en los ‘80 se creían de ciencia ficción. Esas en las que unos cuantos motoqueros sangrientos se adueñaban de las ciudades, y los demás se sepultaban para proteger sus vidas. No es posible que no haya una formación de cerebros locales en permanente acción para buscar una solución aceptable.
Pero a veces, parece. Parece que esta sociedad ocupada en mejorar las normas no puede encontrar cerebros idóneos para defenderlas. Unos que no conviertan las salas de los juzgados en escenografías para la protección permanente del malviviente.
La primera respuesta apresurada sería que la defensa del delincuente produce más renta que la protección del desamparado. Es verdad. Pero tampoco era una mina de oro crear la vacuna contra la poliomielitis que afectaba a la mitad del mundo y hubo quien la hiciera. No es posible que la excusa de siempre sea que defender delincuentes es mejor negocio que encarcelarlos. O al menos no es posible que todos los cerebros que este país ha formado en aulas esforzadas, lo acepten silenciosamente.
Es más negocio sacar balas de delincuentes heridos en tiroteos usando un quirófano clandestino convenientemente equipado, que derivarlos a un hospital público donde serían inmediatamente esposados. Pero no es posible que esa sea la única mirada posible de la realidad. Los cerebros no pueden abrirse de esta encrucijada, pero a veces lo hacen.
Lo hacen, por ejemplo, cuando en vez de aprenderse las normas de una vez por todas, que al fin y al cabo son las que competen a la carrera que han elegido, fiscales y jueces siguen cometiendo una y otra vez los mismos errores. Saben que así dejan el terreno fértil a los defensores que se toman de esa falla para sacar a la calle a sus pupilos. Los dealers, ese mismo día harán su entrada triunfal al barrio como en una carroza, y diciendo a los vecinos: "¿ven?, a mí no hay quien me meta preso".
Hay profesionales del Derecho que se entregan antes de empezar. Firman un escrito con errores de base, con el que harán que el abogado "sacapresos" tenga la mejor excusa del mundo que viene en bandeja de oro: declaración de nulidad.
Y no lo entienden
Ya se ha hablado hasta el cansancio del horario de protección al narcotraficante, ese que indica que los allanamientos sólo pueden practicarse desde la salida hasta la puesta del sol, salvo expresa y fundamentada decisión judicial en contrario. Ya sabemos que los delincuentes están así protegidos en sus sueños, aunque a Franco Castro López lo hayan matado a las 12.30 de la noche. Y a Brian Haik, que lo mataron en medio de un tiroteo entre bandas de drogas en el barrio Libertad, alrededor de 12.20. Pero la cuestión es, si lo sabe este medio, si lo saben quienes esperan el colectivo para ir al empleo, ¿cómo se explica que aún no lo sepan jueces y fiscales?
El caso que nos ocupa parece un calco de los anteriores, salvo porque los actores son más, con los mismos errores. Fabián Irineo Sánchez había sido detenido después de dos allanamientos realizados uno en su domicilio particular de González Chávez al 1175, y otro en el bar dende se desempeñaba, "El Turco", en Jacinto Peralta Ramos 1281. El resultado positivo de los operativos había dado como resultado que la causa se caratulara como tenencia ilegal de estupefacientes con fines de comercialización.
Su abogado defensor, Javier Alejandro De la Torre, recurrió al caballito de batalla de los de su oficio: solicitar la nulidad de todo lo actuado en virtud de que el allanamiento se había realizado en horario nocturno sin que esto estuviera debidamente fundamentado, como indica el Código de Procedimientos.
Rápidamente intervino el fiscal general adjunto Oscar Deniro tratando de aclarar que no era correcta la petición de nulidad, que la policía había trabajado durante un mes y entonces había elementos sobrantes para establecer que allí se estaba realizando la actividad ilícita antes mencionada. Que el juez tenía elementos para sostener una "sospecha razonable".
Pero no alcanzó. El fiscal de primera instancia, a la hora de solicitar el allanamiento, había dado argumentos distintos: que en el bar se realizaba una actividad ilícita a partir de las 18 horas, y que en horario invernal ya podía considerarse de noche. No había hecho referencias explícitas al domicilio particular. Y el juez de garantías Saúl Errandonea había ordenado el operativo indicando textualmente: "responde a la naturaleza del comercio a registrar y a la actividad que en el mismo se realiza: bar, expendio de bebidas, pool, la que se incrementa en el horario nocturno, a partir de las 18, según se desprende de las tareas de investigación efectuadas en autos". No habló del domicilio particular del detenido.
Por eso cuando De la Torre presenta la petición de nulidad ante la Cámara de Apelación integrada por Esteban Viñas, Marcelo Riquert y Ricardo Favarotto, ellos dijeron que ya no hay nada que hacer. Y que si el fiscal Deniro tenía tantos argumentos como los que ahora expone para justificar el allanamiento nocturno, debió haberlos expuestos antes. Dijeron que estas razones eran "a posteriori", y no valían para evitar la nulidad.
El hombre del Ford
Los tres jueces liberaron a otro vendedor desde la comodidad de sus despachos, y ni atendieron el fundamento de Deniro porque no lo había dicho antes. Pero también, Errandonea y Deniro tropiezan una y otra vez con la misma piedra sin tomar en cuenta las magulladuras anteriores.
¿No pueden poner un cerebro que se ocupe de lograr que la plantilla con la fundamentación típica para los allanamientos nocturnos a los domicilios de los dealers quede grabada en las computadoras, y solamente haya que apretar un botón que diga "copiar"? ¿Tan fácil sería evitar que los narcotraficantes detenidos cobren nuevamente la calle?
Maximiliano Corredera Legatto mató a Franco Castro López, de 16 años, cuando eran las 12.30 de la noche y todos los adolescentes de la ciudad rondaban la Plaza del Agua en una noche de fiesta de San Patricio. No hubo un horario de protección que evitara que el chico muriera por unas causas que nadie comprende, y fuera víctima de la locura de un sujeto con antecedentes, con condena en suspenso por delitos anteriores. Se dice también que Corredera Legatto tenía un Ford Fiesta 2005 valuado en alrededor de $40.000, que había recibido como pago por una deuda de drogas. No es verosímil que se lo haya comprado cortando el pasto para el Patronato de Liberados.
Corredera Legatto "se empastillaba", dijo su familia. Vivía de vender drogas y cuando se sintió acusado le dijo a su madre que le iba a pegar un tiro en la cabeza. Se verá ahora quién es el cerebro que se ocupa de que siga preso, y si no hay alguien que apriete la tecla equivocada para que el defensor pueda aducir nulidad: lo sacaron de la cama demasiado temprano.
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