En las zonas controladas por el ejército, el régimen celebró elecciones, ganadas de antemano por el presidente, sin oposición; críticas de Occidente
En medio de la devastadora guerra civil que sacude a Siria, el régimen celebró ayer en los territorios controlados por el ejército (40% del país) unas elecciones generales ganadas de antemano por su presidente y denunciadas por sus adversarios y Occidente como una "farsa".
Casi 16 de los 23,6 millones de sirios estaban llamados a las urnas, que debido a la gran afluencia de votantes cerraron recién a la medianoche, tras una extensión de cinco horas. Si bien los resultados se conocerán hoy, el ganador ya se sabía desde que los comicios fueron convocados.
Al-Assad se enfrentaba a dos rivales -el diputado comunista Maher al-Hayar y el ex ministro de Estado Hassan al-Nuri- que son figuras casi desconocidas entre la población, sin ninguna posibilidad de triunfo ni porcentajes de apoyo importantes. Los líderes opositores más destacados quedaron excluidos de los comicios, dado que la mayoría vive en el exterior.
Las últimas siete elecciones presidenciales en el país fueron más bien referéndums para confirmar al presidente de turno -el propio Al-Assad o su padre, Hafez al-Assad (1971-2000)-, y en todos los casos cosecharon más del 95% de los votos.
En un clima festivo, los seguidores del presidente acudieron a votar entre cánticos y bailes, al grito de "¡Con el alma y con la sangre!". Fue un lema de campaña que se impuso en los últimos días en las calles de Damasco.
Hombres y mujeres llevaban prendedores con el retrato de Al-Assad, y muchos aventuraron que su reelección por otros siete años le dará mayor legitimidad para buscar una solución al conflicto, que ya dejó más de 160.000 muertos, un tercio de ellos civiles, según los grupos de la oposición.
"Voté por el presidente, naturalmente", contó Nadia Hazim, de 40 años, en un colegio del centro de la capital, tras expresar su esperanza de que Al-Assad "gane la guerra contra los rebeldes".
ENTUSIASMO
Relajado y con un traje azul oscuro y corbata celeste, Al-Assad, de 48 años, votó en el centro de Damasco con su esposa, Asma.
Las escenas de entusiasmo entre sus partidarios se repitieron en diversas plazas de la ciudad. Samia Akale, un empleado, fue a votar vistiendo una remera con la inscripción "Shabiha para siempre", en referencia a las milicias progubernamentales. "Al-Assad nos guiará hacia un futuro de prosperidad", dijo Akale.
Occidente, en cambio, denunció que las elecciones no cambiarán la situación en Siria, sino que prolongarán el conflicto, que dejó al país en ruinas y desarraigó a unos nueve millones de personas. "Las elecciones son una vergüenza -dijo la vocera del Departamento de Estado norteamericano, Marie Harf-. Al-Assad no tiene más credibilidad hoy que la que tenía ayer."
"Esto es una farsa trágica", dijo, por su parte, el canciller de Francia, Laurent Fabius. "Los sirios, en una zona controlada por el gobierno sirio, tienen la opción de Bashar o Bashar, un hombre que ha sido descripto por el secretario general de la ONU como un criminal", protestó al canal de televisión France 2.
Mientras las multitudes de partidarios de Al-Assad acudían a votar, los ruidos ensordecedores de la guerra resonaban por todas partes, provenientes de poblaciones rurales cercanas a Damasco, donde se enfrentan fuerzas del gobierno con los rebeldes. "Mientras se producen las elecciones de sangre, las tropas de Al-Assad bombardean violentamente Daraya", dijo Mohannad, un militante de esa localidad.
"Al-Assad intenta recuperar legitimidad y atenuar su imagen de criminal de guerra. Lo único que conseguirá es que los sirios lo odien aún más", afirmaron los comités de coordinación locales, una red de militantes de la zona.
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