El asesino de Chapanay, cerca de la libertad condicional

El asesino de Chapanay, cerca de la libertad condicional

En 1994, Julio César Giménez degolló a sus 4 hijos, que tenían entre 2 y 7 años. El hecho conmocionó al país. Tiene salidas transitorias y en 45 días estará en condiciones de reclamar la libertad. Pero aún no inició el trámite

Adentro. Julio César Giménez Retamales tiene su historia atravesada en la garganta. Tiene un botoncito blanco en el cuello, a la altura de la nuez. Parece el botón de encendido de un lavarropas, de una licuadora o de una picadora de carne.

Para disimularlo, inclina ligeramente la cabeza hacia adelante y eso lo hace ver aún más bajo. No llega al metro sesenta.

Giménez saca todo lo que lleva en los bolsillos –unos anteojos y un paf– y lo apoya en el antetecho de una ventana. Después, levanta los brazos y deja sumisamente que el guardiacárcel lo palpe de principio a fin. Luego, a desgano, extiende su mano derecha para saludar. Es una mano flácida.

Después aprieta el botoncito con el dedo índice y dice, como si fuera un soliloquio: “No quiero hablar con ellos. Vine porque pensé que me llamaba el juez”. Instantáneamente, guarda su paf en un bolsillo del pantalón de jean, los anteojos en el bolsillito de la camisa roja (ropa limpia y en perfecto estado) y se para en la puerta de reja, esperando que se la vuelvan a abrir.

Su silencio

Julio no habla con la prensa. Nunca lo hizo. Jamás quiso explicar cómo, el mediodía del 22 de agosto de 1994, con un cuchillo Tramontina, se hizo el agujero en el que ahora tiene el botón, una “traqueotomía incompleta” que certificó el médico forense y que lo mantuvo internado casi dos meses. Un rato antes de agujerearse la garganta, degolló, uno a uno, a sus cuatro hijos: María Edith (7), Ana Rosa (6), Carlos César (5) y Juan Exequiel (2).

La voz del botón es monótona y sin emoción. Casi nadie la ha escuchado en la cárcel en estos 20 años. “Es un interno que prácticamente ha pasado desapercibido. En todos los informes de conducta, que se realizan cada tres meses, se lo ha calificado con el puntaje más alto: 10”, dice el juez de Ejecución Penal Sebastián Sarmiento.

Quizá Giménez apriete más seguido el botoncito blanco entre las 18 de cada sábado y las 18 de cada domingo, durante las salidas transitorias que tiene como beneficio desde hace algunos años. Puntualmente, ha estado todas las tardes de domingo en la puerta de la Penitenciaría, esperando que le abran la reja para poder entrar.

La reja

El cómputo oficial dice que lleva detenido 19 años, 10 meses y 21 días. Dentro de un mes y medio podrá salir en libertad condicional, pero es un trámite que debe iniciar él mismo y que todavía no ha comenzado.

Tal vez ya “se lo comió la reja”, como dicen los internos sobre aquel que ya le teme a la salida definitiva.

Sin embargo, hay gente que lo espera y que en 20 años no se ha olvidado de él.

Sus familiares más cercanos, una mujer que dice ser su concubina y hasta un hermano de la que fue su esposa, aquella a la que muchos le atribuyen haberle hecho perder la razón. Incluso él mismo asume ese hecho.

Quizás hasta en Chapanay, en ese mismo pueblito donde degolló a sus hijos y a donde regresa todos los fines de semana, haya vecinos que aceptarían reincorporarlo a la barriada.

Quizás Julio quiere salir, pero no se anima. A veces –dicen los que saben– la cárcel se convierte en un lugar seguro.

Los nichos están uno sobre el otro, en el sector de "angelitos"

Los nichos están uno sobre otro. Del 197 al 200, en el sector de los “angelitos”, el más triste del cementerio de Palmira. Pintados de blanco, con letras negras dibujadas con mal pulso y flores de plástico en cada uno. La vida se marchita demasiado pronto.

“La familia viene seguido: tíos, primos y, a veces, la madre, que creo que vive en San Roque”, dice el sepulturero.

Cuentan que también formó otra familia y tiene otros hijos.

“No quise ni mirar las fotos de los cuerpitos de los niños. Fue uno de los hechos más terribles que me tocó juzgar”, expresa Roberto Martínez, el juez de cámara (retirado en 2010), que argumentó la sentencia de prisión perpetua que se le impuso al hombre del botón en el cuello.

“Fue un acto que no tiene una explicación lógica. Fue un acto de venganza despiadado. En lo técnico, fue un caso simple, pero en lo emocional muy difícil”, dice el ex juez.

Los argumentos de Martínez recibieron la adhesión de sus colegas Salvador Arnal y Luis Ángel Palazzo (retirado en 2002), y la sentencia fue dictada el 8 de mayo de 1995. “El imputado tuvo que declarar por escrito, porque se había cortado el cuello y la herida le afectó las cuerdas vocales”, rememora el juez. A Giménez le pusieron el botón en el cuello bastante tiempo después.

En Chapanay, nadie recuerda –o no quieren recordar– bien su cara. Si lo han cruzado por la calle cuando goza de sus salidas transitorias, prefieren hacerse los desentendidos. Al menos, ante la prensa nadie reconoce haberlo visto. Los únicos que aceptan esos encuentros son sus familiares directos, pero eligen no hablar mucho. No quieren que se lo estigmatice. El caso en Chapanay es una más de las leyendas pueblerinas.

Se habla de él en la escuela Bernal, a donde iban los 3 hijos mayores, y también se habla del caso en la parroquia de Chapanay. Y en los almacenes y en la calle. Pero en voz baja.

Los que recuerdan a Julio César lo califican de “hombre tranquilo”, aunque varios sostienen (posiblemente con recuerdos contaminados por lo que se dijo después del cuádruple homicidio) que “era un hombre muy celoso” y que posiblemente golpeaba a su mujer.

En la causa judicial se lo definió como “jornalero”. En realidad trabajaba como obrero rural y albañil. En la cárcel trabajó en la enfermería, en el archivo y ahora mantiene limpias las áreas externas de la penitenciaría de Boulogne Sur Mer y lava algunos autos. Nadie se preocupa mucho por él. No se irá a ninguna parte.

Una reconciliación forzada que terminó en espanto

Julio César Giménez y Rosa Alejandra Soria habían formado pareja hacía tiempo y ya tenían cuatro hijos. Pero los problemas de convivencia afloraban. La mayoría de las discusiones quedaban encerradas dentro de la casa de adobe, en la calle Belgrano, de Chapanay. Pocos se enteraban de lo que pasaba entre ellos, hasta que las separaciones temporarias comenzaron a sucederse.

Cuando Giménez declaró por escrito en el juicio, pues sus cuerdas vocales no volvieron a producir sonido luego del corte con el que se autocastigó, su recuerdo de la vida familiar fue bastante cercano a lo que describen los que eran vecinos de la pareja e, incluso, también fue confirmado por algunas actuaciones judiciales.

En alguna de esas separaciones, Rosa se había ido de la casa con los niños, pero luego decidió dejarle los pequeños a Julio porque ella no podía cuidarlos. En ese período, fueron algunas tías las que se encargaban de atenderlos, aunque el hombre no se desentendió nunca de su responsabilidad.

Una suposición. Eso fue. Giménez suponía que, en ese tiempo, su mujer convivía con otro hombre.

Lo comprobado es que el miércoles 17 de agosto de 1994, cinco días antes del fatal desenlace, la pareja y los niños concurrieron a uno de los juzgados de Familia de San Martín.

“Después de hablar con una señora del Juzgado, donde quedó claro que yo era buen padre y buen esposo, me dijeron que de no haber una reconciliación le darían los niños a mi esposa, por derecho de madre”, escribió el hombre en su declaración.

Entonces “decidimos reconciliarnos y la decisión fue de los dos. Yo siempre pensé primero en la familia”.

Este fue el principio del fin. El comienzo de la tragedia.

Es que esa reconciliación forzada comenzó a dar indicios preocupantes a los pocos días. El domingo 21 Julio y Rosa discutieron. El hombre sacó a los chicos al patio y cerró la puerta por dentro. Se encerró con su mujer en el dormitorio y empezó a golpearla. Le pegó puñetazos y varios puntapiés.

Rosa no pidió auxilio ese día. Tampoco le contó a nadie lo que había sucedido, a pesar de que le dolía mucho el brazo derecho por uno de los golpes y debió vendárselo.

Recién al día siguiente, el lunes 22 de agosto, salió a la calle y se dirigió a la sala de primeros auxilios para que la revisaran.

El enfermero Francisco Cárdenas dio cuenta de esto en el juicio. “Tenía una lesión en el brazo derecho, con posible fractura. Ella me dijo que su marido le había pegado el día anterior. Yo le dije que tenía que denunciar eso en la policía”, contó.

La causa abierta por este ataque certificó lesiones en muñeca y codo, en rodillas, muslos y en los brazos. Cuando fue indagado por este ataque, Giménez dijo que su mujer se había lastimando moviendo un lavarropas en su casa. Pero la pareja jamás tuvo lavarropas.

Eran cerca de las 11 de la mañana del sangriento 22. Julio Giménez declaró que fue a buscar a su mujer al centro de salud “para ver qué le habían dicho”, pero la vio salir del destacamento.

“La vi salir de ahí y le pregunté qué había pasado. Me dijo que me iba a denunciar y me iba a sacar a los chicos, a pesar de que ella no los quería, ‘pero vos tampoco los vas a tener’, me dijo”. Rosa, en cambio, relató que ella estaba saliendo de la sala médica cuando llegó su marido en bicicleta.

“Tenía la cara morada y me di cuenta de que se había puesto malo. Le dije que me tenían que enyesar la mano y que, como no tenían ambulancia, me iba a llevar un patrullero. Entonces él se fue, pero me dijo: ‘Si vos das un paso, yo voy a cometer una locura’”.

Mientras la mujer caminaba hacia el destacamento, el hombre se fue a su casa. Fue allí cuando Giménez perdió la razón. En el juicio describió su estado: “Sentí como si el mundo se me viniera encima, como si algo oscuro apareciera delante de mí. No puedo explicarlo. No recuerdo qué hice yo ni qué hizo ella. En cambio, recuerdo unas luces fuertes, pero pálidas, y que al cerrar los ojos se hicieron rojas. Sentí que estaba en una habitación toda de cristal, con forma triangular y que estaba en lo alto, desde donde se veía todo azul. El siguiente recuerdo lo tengo cuando ya estaba en el hospital”.

 

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