La aritmética del poder

Por Mariano Grondona

Desde el momento en que muchos eligen a pocos, una inevitable "distorsión aritmética" acompaña a la democracia representativa. En votaciones legislativas como la que tuvimos el 28 de junio del año pasado, unos veinte millones de representados eligieron a unos doscientos representantes, pero aquella gran cifra no podía "entrar" exactamente en ésta, diez mil veces más pequeña. Si esto fue así en los comicios parlamentarios de 2009, más elusivos aún serán los comicios de 2011, cuando más de veinte millones de votantes deban consagrar a un solo presidente.

En 1958, el general De Gaulle popularizó el método electoral que hoy conocemos por "ballottage" o "doble vuelta". Su idea era que nadie pudiera llegar a presidente sin contar al menos con la mitad más uno de los votos. Si en una "primera vuelta" nadie obtenía esta "cifra mágica", el dilema electoral se resolvería en una "segunda vuelta" que, por quedar reducida a quienes habían obtenido el primer y el segundo lugar en la primera vuelta, garantizaba la mitad más uno de los votos el vencedor.

A consecuencia del Pacto de Olivos entre Menem y Alfonsín, nuestra reforma constitucional de 1994 "rebajó" la cifra mágica de De Gaulle a tres guarismos combinados. Si el ganador de la primera vuelta llegaba al 45 por ciento del total, quedaría consagrado. Si sólo alcanzaba al 40 por ciento, también quedaría consagrado si el segundo no alcanzaba el 30 por ciento. Si no se diera ninguna de estas dos condiciones, recién en este caso habría una segunda vuelta "clásica" entre los dos candidatos más votados en la primera, con lo cual sólo entonces volvería la cifra mágica de De Gaulle. En vez del 50 por ciento más uno que De Gaulle exigía tanto en la primera como en la segunda vuelta, nuestra democracia puso la presidencia al alcance de votaciones más modestas. Así fue como la democracia argentina "degradó" en cierto modo el método de De Gaulle, al que hoy aplican casi todas las democracias presidencialistas.

Nuestros precandidatos presidenciales afirman que ni piensan siquiera en la elección de 2011 porque es "demasiado pronto". Pero, aunque lo nieguen de la boca para afuera, el hecho es que todos ellos no piensan en otra cosa que en conquistar la presidencia en octubre de 2011. En medio de sus cuentas febriles aunque silenciosas, dos infiernos aritméticos los acechan. A Kirchner, no llegar a ese cuarenta por ciento que podría ponerlo a tiro de alcanzar la presidencia en la primera vuelta, ya que nunca podría obtener la mitad más uno de los votos que le exigiría la segunda vuelta debido a su alta imagen negativa. A los que se le oponen, el infierno sería no franquear, debido a su dispersión, el límite del 30 por ciento en la primera vuelta, con lo cual podrían dejar a los Kirchner en el umbral de una tercera presidencia consecutiva.

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