A la Argentina no le conviene ser un espectador pasivo del Brasil que viene

Por Hernán de Goñi

Cuando un modelo económico alcanza un estándar que la mayoría de la población considera exitoso, cambiarlo se hace muy difícil. ¿Por qué? Porque sus mayores defectos son en realidad riesgos de mediano plazo, cuya atención implicaría reducir el gasto presente y aumentar el ahorro futuro.

A ningún político le gusta hacer campaña para el presidente que lo sucederá, y a los contribuyentes tampoco les gusta pagar por anticipado problemas que aún no se han presentado. Por eso las previsiones que demanda el futuro no están en los planes de nadie, hasta que el ciclo económico entra en una fase de crisis y lo que al principio se aconsejaba como ahorro ahora se vuelve un ajuste forzoso.

¿De qué país hablamos? Ningún lector dudaría que la introducción le cabe a la Argentina. Pero podemos hablar también de Brasil. O de cualquier otro país cuya velocidad de crecimiento desdibuje las líneas de la ruta. Los latinoamericanos ya sabemos por experiencia que después de kilómetros de buen asfalto, siempre nos sorprende un tramo de baches grandes como cráteres.

La elección presidencial desarrollada ayer en Brasil incluyó dos datos relevantes. La primera es que Dilma Rousseff no logró el triunfo en primera vuelta, como le auguraban las encuestas. La segunda es que quien desafió su poder no fue la socialdemocracia de José Serra, sino el Partido Verde de Marina Silva.

Los números no marcaron, en este primer turno, una vocación por un cambio económico profundo (el candidato paulista sumó 33%), sino por un modelo más prolijo en la gestión y con un equilibrio diferente entre los resultados económicos y sociales. Es que con una economía que crece a 7%, un desempleo de poco más de 6% y una clase media creciente que agranda el consumo, Brasil vive en una situación de bienestar que muy pocos quieren cambiar.

La Argentina tiene bastante con sus problemas irresueltos como para tener que sumar ahora a sus preocupaciones lo que haga Brasil con su futuro. Es cierto. Pero sucede que nuestro sistema económico debe saber si la principal potencia del Mercosur se convertirá en un aliado consistente; si continuará siendo una tabla de salvación como lo ha sido en el último año y medio, o se volverá un salvavidas de plomo como en 1999, cuando una devaluación de su moneda asestó un golpe mortal a la convertibilidad. Por eso es relevante empezar a ver cómo se parará Brasil frente al mundo que dejará esta crisis.

El real hoy roza el nivel más alto de los últimos 2 años contra el dólar. Eso significa que sus asalariados tienen más posibilidad de viajar por el mundo como los japoneses en los 80 o los argentinos en los 90. También implica que sus exportadores tienen menor competitividad y por eso hacen escuchar sus quejas. La diferencia con la Argentina es que no cerraron mercados externos ni intervineron sus operaciones. Tampoco les sacó rentabilidad con un impuesto encubierto como las retenciones. Es más: Lula hasta promovió el cultivo de la soja y le facilitó el financiamiento a través de créditos subsidiados

Una de las grandes diferencias entre las economías de los dos países la da la inflación. Para Brasil, menos de 5%. En la Argentina, cercana al 25%. Un real alto sería insostenible con precios como los argentinos. Por eso el gobierno de Lula no tuvo problema en someterse al duro control de la tasa de interés como herramienta favorita, algo que los Kirchner han rechazado sistemáticamente. La diferencia es que allá la baja inflación eleva la chance de que los dólares que entran se transformen en inversión directa. En nuestro país, los inversores aprovechan el tipo de cambio planchado para hacer diferencia con los bonos del Estado, hasta que haya otro negocio mejor en el mundo.

¿Qué puede pasar hacia delante? Más allá del sorpresivo ascenso de Marina Silva, la disputa igual será entre Dilma y Serra. Y a menos que los verdes logren endosar el 100% de sus votos al PSDB, formando una coalición anti-Lula (algo que tuvo pocas chances de suceder ya en la primera vuelta), la candidata oficialista es aún la que tiene las principales chances de tomar la posta.

Dilma Rousseff tiene previsto rescatar a un duro de la economía, el ex ministro Antonio Palocci, menos dispuesto que su actual colega Guido Mantega a cubrir todo con más gasto sin pensar en el financiamiento. La expectativa es que intente contener la apreciación de la moneda comprando dólares con un fondo de ahorro anticíclico. Si aleja un escenario de devaluación brusca como el de 1999, es una buena noticia. Pero al quitarle fuerza a las importaciones le cortará la chance a muchas empresas argentinas de colocar con más facilidad sus productos en el mercado vecino.

Brasil, mientras tenga recursos externos que financien sus desequilibrios fiscales y de endeudamiento, seguirá apostando al crecimiento del consumo interno, con apreciación cambiaria más leve, inflación contenida y subsidios financieros a las empresas a través del BNDeS. Pero en su nuevo rol de potencia económica global, seguirá apostando a ganar mercados desde la política de largo plazo que le aporta su diplomacia.

La Argentina podría discutir una estrategia común que le de sustentabilidad a mediano plazo. En el mundo que viene, las pulseadas entre desarrollados y emergentes se volverán mucho más comunes que hasta ahora. Alinear intereses hoy con nuestros vecinos puede ser mucho más productivo y estable como estrategia de crecimiento que hacerlo como plan defensivo cuando estalle la próxima crisis.

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