TEHERAN ( El País ).- Debe de ser una de las muertes más horribles que se pueda imaginar. Una a una, las piedras van golpeando la parte superior del cuerpo, lacerándolo hasta que la acumulación de heridas acaba con la vida del acusado. Despacio. Sin piedad.
En primer lugar, se entierra en un agujero al condenado, "hasta la cintura" si es un hombre y "hasta por encima de los senos" en el caso de las mujeres, según el artículo 102. Parece evidente que es más fácil escapar del agujero en el primer caso, extremo que garantiza el perdón si no hubiera testigos (artículo 103).
También se determina (artículo 104) que "las piedras no pueden ser tan grandes como para que maten a la víctima al primer o segundo golpe, pero tampoco tan pequeñas que no puedan ser llamadas piedras". En el caso de que la condena haya sido fruto de la confesión, como se pretendía en el caso de Sakineh Ashtiani, el juez tiene la responsabilidad de arrojar la primera piedra.
Si hubiera habido testigos, serían éstos quienes tendrían el dudoso honor. A continuación, vendría el juez y el resto de los presentes en la ejecución, que por ley no pueden ser menos de tres.
Dado que las lapidaciones son muy polémicas, suelen celebrarse a puerta cerrada y por eso es tan difícil saber qué tipo de personas acceden a participar en un castigo así. Hay que tener mucho estómago para aguantar la lenta agonía que garantiza el goteo de piedras hasta que las hemorragias o la fractura del cráneo causan la muerte.
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