Cualquier editor de medios periodísticos sabe que la actualidad hace que vayan quedando en cajones, carpetas, archivos de Word, apuntes para notas que jamás serán publicadas. Reflexiones, análisis, protestas, reclamos, que dos audaces aprendices como la colorada Marianela o el alambre Manzanares se dedicaban a realizar apenas terminada la tarea que les encomendaban cuando ellos estaban convencidos de cambiar el mundo desde una página.
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Cuando al fin se destraba una sucesión, una herencia peleada entre mezquindades variopintas, y finalmente se decide demoler una casa que ha estado demasiados años en coma, o el edificio de esos negocios fracasados reiteradamente ya sin posible reciclado futuro comercial, empieza una etapa que permite conocer a los seres humanos tanto como el psicoanálisis.
Los propietarios deciden rapidamente cortar los árboles, sin fijarse en posibles beneficios de la sombra, reemplazo por otros ejemplares adecuados, eliminación de fuentes de oxígeno. Llegan entonces musculosos provistos de motosierras, machetes, serruchos, hachas, y destrozan troncos, ramas, flores, hasta dejar huecos en el piso como si extrajeran la muela que tanto molestaba.
A los pocos días, sin chistar, una cuadrilla se encarga de tirar abajo la endeble estructura, ya vacía de objetos valiosos de hierro y bronce que se repartieron los sobrevivientes de la tía Carolina, aquella opositora a la venta hasta su propio final, como sabemos sucede. Los escombros son cargados en volquetes o camiones, vendidos o regalados, y rápidamente el terreno queda libre, espacio inesperado entre la concatenación de fachadas que marcan nuestro camino diario.
A propósito, ¿se fijó como desaparecen de a poco los puntos de referencia, esos detalles, colores, recuerdos asociados, que nos guían por la ciudad mucho mejor que los nombres y menos aún los números de las calles por las que caminamos? Están desarmando la escenografía de nuestra infancia y adolescencia. Ya nadie nos espera frente al Hotel Beutler, en el Bar de Tuero, y mucho menos por la zapatería Grimoldi.
Volviendo a lo nuestro, a los pocos días, un gran cartel de chapa, sostenido entre dos gruesos palos al mejor estilo remate en el campo, anuncia que la inmobiliaria contratada por los propietarios ávidos de repartirse la mayor cantidad de dinero que puedan sacar, ha decidido alquilar o vender el flamante baldío. Los vecinos a quienes les tocó recibir el descampado alrededor de sus viviendas, quedan con la mirada extrañada. Imaginan una playa de estacionamiento, un edificio de veinte pisos, un chalet digno de Beverly Hils, pero nunca lo que en verdad sucederá casi siempre.
Algunas ingenuas madres de cochecito a la rastra se detienen cada tanto frente a ese rectángulo abierto con un sola medianera en la que pueden verse los tatuajes de una pileta de lavar, una escalera que se interrumpe como un sueño, los huecos en forma de cuadros en lo que se adivina un dormitorio. Llegan una, dos, tres lluvias, crecen los primeros yuyos. Hay quienes se animan a imaginar una placita improvisada entre todos los padres, madres y jubilados mientras se consiga el marciano capaz de pagar a precio dólar ese pedazo de tierra con cartel en el centro. El delirio dura apenas lo que la urgencia tarda en despabilarla. Como en todos los aspectos de la existencia, el primer golpe es el que más duele, después, todo se acomoda y hay que seguir. Así, cualquier martes, un humilde cartón de caja descuartizada inaugura el basural que en pocas horas comienza su desarrollo. Los yuyos alcanzan el metro y medio de altura, los papeles, las botellas plásticas, los pedazos de vidrio, las latas cubren el baldío y también la vereda, desdentada de baldosas y olvido desde que se trata de un espacio de nadie. Las bolsas completas de basura con su simpático moñito de cierre delatan el mal olor de su contenido. Semanas al sol son suficientes para que el hedor, los roedores, las defecaciones de perros y gatos, el orín humano, convierten a la antigua sede de un recuerdo en la antesala del Infierno en el barrio.
Quienes viven a metros del lugar y se supone sufrirán las consecuencias de la falta de higiene, se inden a su escepticismo y ya huérfanos de sueños constructivos se suman a la mugre y el descuido con su aporte diario, únicamente para no tener sus propios desperdicios un par de horas en la puerta de su casa hasta que pase el camión recolector. Finalmente aparecen por las noches los que vienen de lejos en sus flamantes, costosos automóviles a tirar sus basuras en el yuyal. Los responsables de estos bienes raíces, los “vecinos propietarios”, ajenos a las superfluas consecuencias de la libertad de comercio y el inalienable derecho a la propiedad privada que nuestra sabia Constitución ampara, viven lejos, o en barrios cerrados o en edificios de departamentos donde está perfectamente reglado el sistema de convivencia. Ellos no tienen ningún apuro para definir el destino de su propiedad, menos si suelen tener varios y además, entre nosotros, escuchan a sus amigos abogados, pragmáticos: lo único que a la larga conserva el valor del dinero es la tierra y los ladrillos, che, el que posee un bien tiene derecho a esperar la mejor oportunidad para hacer plata. Y después siguen hablando de sus asuntos, critican al gobierno que sea, eructan mirando tele.
Claro, sería muy distinto si el municipio llamara a estos señores y les diera un plazo razonable de siete días corridos, no más, para acondicionar sus terrenos con la advertencia de que, si no lo hicieran, sus tasas de barrido y limpieza se multiplicarán por cincuenta o cien. Y que, si se descubriera que alguno de ellos tuviera deudas voluminosas con el fisco, serán sujetos a remate público de los bienes inmuebles desolados, de acuerdo a la gravedad de la falta. Ah, y nada de descuentos si pagan al contado. A ponerse como los que cumplen correctamente.
(Tipeado por Manzanares detrás de afiches de publicidad con ofertas de El Hogar Obrero)
A mano, alguien agregó esta nota:
Cuidado con lo que se dice, los malintencionados sostienen que entre los infractores hay punteros políticos necesarios para las votaciones, personajes de pequeña alcurnia de cabotaje, favorecedores a los que se usó alguna vez y es mejor tener de amigos, y por qué no, empresarios y comerciantes de gruesa cuenta bancaria.
(Subrayado con rojo y en letra de imprenta termina: Dejemos todo como está y dediquémonos a las cosas importantes).
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