Por Eduardo AlivertiLa gente de derecha sufrió cierto golpe emocional, rápidamente superado. Y la de izquierda, a juzgar por su mutismo, quedó algo desorientada.
Hacia la izquierda, el asalto político al banco provocó un silencio generalizado que, al fin y al cabo, revela hibridez. La tentación, como cuando los cortes de ruta de los campestres avalados por la mayoría del periodismo era, y es, decir que no se mide con la misma vara. Ya sabemos. Un grupo de marginados cortando una calle porteña es un conjunto de negros de mierda que no dejan trabajar, a la búsqueda de proseguir sin trabajo gracias a unos pesos miserables con forma de plan de ayuda. Y otros cuantos grupos que interrumpen el tránsito por las rutas, que ahogan al suelo con millones de litros de leche, que generan desabastecimiento alimentario o que se sacan la foto con la oposición sin que nadie los acuse de perseguir objetivos electorales, son campesinos desesperados que no tienen otra chance para llamar la atención. Como lo dijeron De Angeli y sus muchachos tras la toma del banco: ¿qué quieren que hagamos, si de otra forma nos ningunean? A su modo, tienen razón. Los bancos están esquilmándolos, aunque claro que no aprovecharon la oportunidad para cuestionar la orientación del sistema financiero en su conjunto. Y se frenaron en la parte que les toca. La exacción de que son objeto es un tanto más plácida, empero, que la sufrida por una inmensa mayoría de la sociedad cuyo acceso al crédito no existe, virtualmente, como no sea para la compra o renovación de un electrodoméstico. Acá estamos hablando de números demasiado grandes, tanto que se refiera a las tasas que les cobran como a los volúmenes de que pudieron disponer. Pero está bien: son sus intereses y pelean por ellos con cuanto recurso tengan a mano, de la misma manera en que otros tiempos los vieron reprimir a los movimientos populares y saludar a cuanta dictadura arribara para rescatarlos de amenazas rojas o rosaditas, vestidos de gaucho o desde el palco de Rural o desde los medios que siempre les serán afines. Hay que aprender de esa vocación de unidad que los nuclea y, desde cualquier rincón del pensamiento progresista, saludar a las patrullas de De Angeli, y a sus superiores, por ser perfectamente eficaces en la ejecución de su amalgama de sector (como volvieron a demostrarlo, con sus imponentes solicitadas y sus recorridos por la cadena mediática, ante el primer esbozo de recrear un organismo estatal que intervenga en el mercado granario). Más quisiera o debería el progresismo sortear sus contradicciones secundarias como saben hacerlo estos tipos, hasta el punto de que toman un banco y el único pelo que se le mueve al sistema consiste en preguntar si acaso no se les fue un poco la mano. Es real que cuentan con una correlación de fuerzas notablemente favorable, gracias a la acción mediática que completó en lo cultural su victoria política. Pero eso no quita que con el viento a favor supieron, saben, ser coherentes y eficientes.
De todas maneras, aclaremos que todos estos razonamientos, se los comparta o no, son solamente un ejercicio de frivolidad al que se entregó el periodista a falta de mejor tema. O en todo caso, por su segura incapacidad para advertir que lo único trascendente de estos días fue la ausencia de los granaderos en el acto sanmartiniano de Yapeyú. Que el Gobierno haya cometido la inconcebible chiquilinada de privar a los correntinos de tan egregia presencia, por el solo hecho de que asistiría el vice Cobos; y que los medios elevaran el asunto a la categoría de cuestión de Estado, debe ser, sin duda alguna, lo más importante que en los últimos días ocurrió en este país.

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