Son adolescentes utilizados como soldados en la guerra con otras pandillas. Además, intentan echar de sus casas a los vecinos de la zona para expandir la venta de estupefacientes. La jefa los provee de armas, celulares y motos.
Juan Páez –34 años, sereno de un colegio, apodado "Chicho"– jura que el azar no está implicado y por eso es fácil el presagio. "Sigo yo", avisa.
Chicho vive en Campo Papa con mujer y cinco hijos. Cuenta que hace dos años empezó a ser costumbre que menores montados en motos crucen a toda velocidad y suelten una balacera sobre la casa que alquila sobre la calle Granaderos Puntanos. En una entrevista con el diario El Sol de Mendoza, Chicho explicó que Los Angelitos pretenden usurparle la propiedad para instalar un nuevo punto de venta de drogas en el barrio. En diciembre, recuerda resignado, "nos dispararon como 70 tiros y les sacamos fotos para mostrarles a los policías, pero ellos no hicieron nada".
La suerte de los Páez pudo estropearse aún más. El sábado 18 de enero, muy cerca de las once de la noche, una Volkswagen Suran frenó en la esquina de Chapadmalal y Chuquisaca. Cristian Gélvez bajó custodiado. A cada lado un soldado con acné y vestido con ropa deportiva exhibía un arma de grueso calibre. Chicho recuerda que estaba hablando con Cristian Cuello y que después de las amenazas y los estruendos hubo una corrida desesperada. A Cuello una bala lo alcanzó en el gemelo de la pierna derecha. Chicho logró esconderse en su casa, pero la madre, una mujer de 74 años que intentó salir a mediar, fue baleada en el tórax.
Aún no están claras las circunstancias pero Gélvez también resultó herido. Tres impactos que perforaron un brazo, el tórax y el abdomen. Los investigadores no pudieron establecer si los autores fueron Los Angelitos, quizás los reclutados para aquella misión todavía eran inexpertos en el manejo de pistolas, o si alguien repelió el ataque a Cuello y Páez también a los tiros. Lo único probado es que Gélvez, de 57 años, agonizó tres días en una cama de Terapia Intensiva del Hospital Lagomaggiore, en la capital provincial, y que el miércoles 22, a la madrugada, murió debido a un paro cardiorrespiratorio provocado por una hemorragia interna.
Sandra Jaquelina Vargas todavía lo llora. Era su compañero y también al que le debía todo lo que ella había conseguido. Por eso ordenó que la sangre empiece a derramarse con menos compasión que antes.
Chicho lo sabe pero eso no impide que suelte un último ruego: "Yo ya estoy jugado pero pido que no maten a mi familia."
LA PATRONA. Gélvez conoció a La Yaqui a fines de los '80, cuando ella apenas era una adolescente. Después de enamorarla, la inició en el negocio rentable de la venta de drogas, algo que no se interrumpió aun cuando él cayó preso. Entre 1993 y 1995, Gélvez estuvo detenido por un delito contra la propiedad. En 2004 se le abrió otra causa luego de que los policías le encontraran un arma de fuego no declarada. Ya en 2007 tenía un pedido de captura por el cual fue otra vez arrestado. Esa pena, que incluía un permiso para salidas transitorias, era la que estaba purgando cuando encontró su muerte a balazos.
Según el recuerdo de viejos investigadores, Gélvez aprovechó su estadía en la cárcel para acaparar el tráfico de estupefacientes intramuros. En simultáneo, a través de varios celulares, controlaba la marcha de sus negocios en el exterior, que debió confiarlos al manejo de su mujer, con quien ya tenía dos hijos. A Yaqui el trato con competidores brutales no la atemorizó. Por el contrario, la blindó hasta convertirla en una jefa implacable, capaz de eliminar a sus rivales para expandir su poder.
Para ello se valió del reclutamiento de jóvenes huérfanos de cualquier contención, dotándolos del sentido de pertenencia que implica enrolarse en una banda, aunque sea para delinquir. Pero el argumento más convincente para captar su fidelidad fue haberlos aprovisionado de celulares y motos, fetiches irresistibles para cualquier pibe pobre. La Yaqui también los armó –pistolas, revólveres y hasta escopetas y ametralladoras–, operando cambios en la personalidad de los menores, convidándolos de un sentimiento de poder hasta entonces desconocido.
A cambio, los flamantes "soldaditos" debían asumir el rol de brazo armado en la lucha contra otras pandillas y ocuparse de conseguir nuevos espacios para instalar "kioscos" y "aguantaderos". Por eso los vecinos de Campo Papa sufren el acoso. Los Angelitos pretenden desplazarlos y escalar en la consideración de la jefa.
Con ese nivel de violencia, la muerte de Gélvez no asoma como un dato positivo. La policía sospecha que en los próximos días puedan producirse nuevos enfrentamientos entre grupos antagónicos para intentar ocupar el espacio de La Yaqui, a la que imaginan debilitada por el duelo.
En ese sentido, una de las hijas de Gélvez a través de su cuenta de Facebook, quiso mostrar fortaleza y anunció un futuro todavía más sombrío.
"Por qué les diste el gusto papi. Te lo juro, papito, me la van a pagar uno x uno, no va a quedar nadie vivo. Yo, papi, yo voy a vengar tu muerte, los voy a buscar por cielo y tierra a esos putos. Yo los voy a matar como a ratas."
Dos jóvenes detenidos
“Arielito” y “Cara cortada” tienen en común un par de cosas además del origen marginal y el encierro en un Juzgado de menores: la primera es que son considerados dos de los menores más peligrosos de Mendoza. La segunda es que ambos eran miembros de “Los Angelitos de la Yaqui”.
Arielito fue detenido hace un año, cuando tenía apenas 16, acusado por el crimen de los hermanos Marcelo y Daniel Pavéz, asesinados a tiros cuando estaban en el barrio San Vicente de Godoy Cruz.
Cara Cortada, sindicado como su compañero de andanzas, fue imputado por el mismo doble homicidio y su detención en diciembre también fue noticia. Ambos serán juzgados en un debate oral que se desarrollará este año.
Un ministro que pide "paciencia"
El ministro de Seguridad de Mendoza, Carlos Aranda, se refirió a la situación de la presunta líder de la banda narco que opera en los barrios del oeste de Godoy Cruz, Sandra Jaquelina Vargas.
El nombre de "La Yaqui" aparece en los expedientes desde hace varios meses y por eso está sindicada como la jefa de un grupo de jóvenes sicarios que, a fuerza de asesinatos violentos, se disputa el control de las drogas en la zona del Barrio Campo Papa y los complejos habitacionales de alrededores.
Al ser consultado por la postergada detención de la sospechosa, que permitiría acabar con "Los Angelitos", una de las bandas criminales que siembra el terror en la zona, el ministro lo justificó indicando que "tiene que ver con una cuestión de pruebas".
"Hay que tener paciencia para reunir los elementos probatorios para no sólo detenerla, sino también para que quede sometida bajo un proceso judicial", agregó.
"El enfrentamiento entre bandas a veces tiene en común la narcocriminalidad y lo trabajamos con tareas de inteligencia, tratando de desbaratarlas. Ha habido detenidos, hay armas secuestradas y trabajo de presencia permanente", destacó el funcionario.
En ese sentido, Aranda recordó que ya se logró apresar a uno de los sobrinos de La Yaqui, Jonathan Brizuela Vargas, de 21 años, vinculado a dos homicidios.

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