Sabe bien preocuparse por el cambio climático. Se han vuelto atractivos para quienes viven pendientes de la opinión pública. Suenan bien anuncios y compromisos en favor de una menor contaminación y en la ejecución de acciones que no dañen los ambientes en riesgo. Se cae, lamentablemente, en la tentación de aprobar normas sin compromiso alguno por cumplirlas, o conferenciar sobre acciones estatales que nunca se llevarán adelante. Bla, Bla ambiental.
Sólo hace falta adquirir el hábito de corresponder promesas o expresiones políticamente correctas con los proyectos de inversión y actos gubernamentales coherentes. Si se anuncia que la prioridad es la educación, por ejemplo, su correlato debe observarse, como mínimo, en el esfuerzo presupuestario (porcentaje asignado sobre el total). Lo mismo sucede con el ambiente y la salud: las expresiones grandilocuentes tienen (y deben) ir de la mano de inversiones y acciones que se correspondan. No mucho más.
Sin embargo, aunque duela reconocerlo, existe un claro divorcio entre compromisos y acciones concretas. En más o en menos, se han ido dos años de promesas de obras de saneamiento que traerían mejoras directas a la población. De allí que no desarrollar programas para revertir esta situación y permitir el avance de algunos proyectos de riesgo es de una liviandad preocupante.
El 2010 fue el año del Congreso Internacional de Derecho Ambiental, del primer Encuentro Comunitario Costero, la aprobación del Plan de Manejo de la costa de la ciudad, la puesta en marcha del sistema protectivo del bosque nativo, entre otras tantas utopías. Sin embargo, en un año tan ambiental, diciembre cierra con las mismas preocupaciones de periodos anteriores, y siempre terminan por imponerse otros intereses a las promesas de defensa de lo público. Son errores intencionales o de los otros. Es por desidia o incapacidad. Por lo que sea, nuestras condiciones ambientales no han mejorado de un año al otro y los estados no se han vuelto más eficientes para controlar la ambición individual sobre la general. Y seguirá así la situación (empeorando) hasta tanto no se priorice y se haga lo necesario para revertir el cúmulo de hechos que nos van llevando (no tan lentamente) al principio de una emergencia ambiental. El aroma costero es un botón de muestra. El murallón de contenedores (al que nadie pone límites) es otro indicador de apropiación del paisaje.
Los porcentajes de los presupuestos públicos y del Fideicomiso Austral destinado al tratamiento de efluentes cloacales hablan por sí mismos. Lo mismo sucede con la cantidad de espacios costeros recuperados para ser utilizados como espacios públicos. Aunque suene medieval, Ushuaia funciona como una urbe en donde la inmundicia se vuelca sin ninguna responsabilidad.
Esto nos damos, y esto mostramos al mundo.
Comentá la nota