Algunos okupas resisten en el barro pese al paso del tiempo

Algunos okupas resisten en el barro pese al paso del tiempo
Unas pocas familias decidieron instalarse y vivir en medio de la nada. Soportaron el crudo invierno, y ahora las altas temperaturas y las lluvias. El reducido grupo que armó su precaria vivienda logró conectarse al agua potable y la luz eléctrica. El Estado sigue totalmente ausente.

Un pequeño porcentaje de aquellas miles de familias que engrosaron los censos realizados para saber cuanta gente habitaba el Pirayuí, resiste en medio de la nada.

“El que verdaderamente necesita se tiene que quedar”, fue la frase lanzada ayer por Laura quien tiene un nene de 1 año y vive con su pareja en un precario rancho construido con restos de madera, chapa de cartón, zinc y cuanto elemento hallaron para cubrirse de la intemperie.

Para llegar a su hogar hay que ingresar por un pasillo sinuoso y saltear varios charcos y hasta pasar por un puente de madera con barandas construido por sus propias manos. Su pareja, Horacio, se dedica a la albañilería “pero ahora está sin trabajo”, dijo Laura, mientras el joven intentaba reparar uno de los ventiladores que se averió a causa de la tormenta eléctrica caída el domingo por la tarde.

También es cierto que la gran mayoría de las carpas están vacías. Sus ocupantes si bien dicen mantenerse en la lucha, están ausentes del terreno.

Belén es otra joven mujer que convive con Federico, quien trabaja en una gomería. Ellos también apostaron por quedarse y soportar todas las inclemencias.

“Por la noche se ponen bravos los mosquitos, pero con espiral se los combate. En mi caso no estoy todo el día porque trabajo, pero los fines de semana me pongo a reparar la casa o sujetar las lonas para que no se vuelen con el viento”, aseguró el joven.

La vida en el asentamiento es de absoluta precariedad. Por estas horas dentro de los hogares aún permanece el barro y hasta la humedad en los colchones y ropas de las familias que se mojaron con la lluvia.

Algo que reconocen es que deben ingeniarse como pueden frente a la ausencia total de Estado que no les garantiza los servicios mínimos para subsistir.

“Acá entre nosotros nomás instalamos la luz que bajamos del cable del alumbrado público.

También encontramos un caño que lleva agua potable y conectamos una manguera porque necesitamos para hacer la comida o bañarnos”, dijo Federico.

Si bien la Policía ya no custodia los accesos como un primer momento, los patrullajes son constantes. “Si ellos -por los efectivos- descubren que nosotros colocamos un cable más grueso para la luz, vienen con palos y nos desconectan todo.

También nos sacan todos los materiales que podemos conseguir en caso de intentar levantar alguna pared de material”, añadió el mismo joven.

Laura y Horacio, por su parte, hicieron una huerta que les provee verdura diaria. Pasaron las fiestas en su hogar y por norma de convivencia se turnan para salir. “Nunca dejamos sola la casa porque nosotros ya poseemos muchas cosas y tenemos que cuidar”, explicó ella.

Algo en común entre las familias es la presencia de animales.“Muchos se fueron y dejaron sus perros, entonces nos hicimos cargo nosotros”, contó Federico. Hay también gatos y hasta pollitos en las casas.

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