Emilio J. CárdenasEx Embajador de la República Argentina ante Naciones Unidas
La repentina caída del presidente tunecino Ben Alí, uno de los líderes más autoritarios del Magreb, puso en primer plano el odio acumulado contra su mujer, Leila Ben Alí, a la que se considera bisagra principal de la ola de corrupción que acumuló riqueza mal habida en manos de su familia cercana y de una oligarquía empresaria cercana favorecida constantemente desde el poder, que estaba al mismo tiempo a su servicio y seguramente contribuirá (de mil maneras, poco transparentes) a asegurar el buen pasar futuro de la audaz familia presidencial.
Pero nadie puede ciertamente acusar a Leila de no haber sido previsora. Se sabe que al partir de Túnez hacia un exilio prolongado, el avión presidencial transportaba en sus bodegas una tonelada y media de oro. Inversión líquida, relativamente fácil de transportar y guardar, equivalente a unos u$s 45 millones, que seguramente sumados a otras inversiones que están en manos de sus empresarios amigos (capitalismo de amigos) servirán para no bajar el nivel de vida de Doña Leila. Todo un ejemplo de preparación, precaución y cautela, para provecho propio, claro.
Como alguna vez dijera Suha Arafat -ex socia de Leila, a la que le fuera revocada la nacionalidad tunecina ante el estallido de un conflicto de dinero con Leila- Leila era la que daba las órdenes en Túnez. Hay quienes aseguran que Suha (que a los 27 años se casó con Yasser Arafat, cuando éste tenía 61 años) se quedó con cientos de millones de dólares que Arafat tenía distribuidos en cuentas en bancos internacionales europeos y del Golfo a las que su cónyuge tenía acceso.
Por ahora, las autoridades suizas y francesas han congelado algunos fondos que serían de los Ben Alí y sus asociados.
Quien no recuerda también a Imelda Marcos. Pasado el tiempo y con los juicios en su contra arreglados, ha vuelto al centro del escenario político de Filipinas. Sus hijos están en política, y ella misma vive -sin sobresaltos- en su país. De no creer. Su esposo, Ferdinando Marcos, habría sustraído al tesoro de su país entre u$s 4 y 8 mil millones. De ellos se encontraron unos 600, que Suiza devolvió a Filipinas en 1998.
Y hay otras primeras damas también ligeras para el dinero. De aquellas que no repiten un mismo vestido. No hace mucho se supo que Michele Bennett, una mujer de extraordinaria belleza y una gastadora compulsiva, que estuviera casada con Jean-Claude Duvalier, sostenía que, al tener que abandonar la paupérrima Haití en 1986, el matrimonio había amasado unos u$s 900 millones transferidos al exterior, con los que ambos vivieron bien, exiliados en Europa.
La hija de Saddam Hussein, Raghad, que ahora reside en Jordania, habría acumulado cientos de millones de dólares en piedras preciosas. Su marido, cuando su padre era todavía presidente de Irak las había llevado pacientemente para tener una suerte de colchoncito de dinero para atender sus gastos en el exterior en caso de problemas futuros.
La lista es larga. Lo cierto es que hay también muchas mujeres de presidentes absolutamente insospechadas. Y otras que han sido un modelo de dignidad, como la esposa de George W. Bush. Pero hay demasiadas que dan que hablar, como para no tener los ojos bien abiertos. Allí, y aquí también.
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