En un sábado de moroso aunque bien manejado acceso, que prometía un corsódromo “lleno hasta la bandera”, para gloria de protagonistas y organizadores, recordaba mientras avanzábamos lentamente, casi centímetro a centímetro, que así era la ida a los bailes en el Hipódromo en la época de los años ‘60 y principios de los ‘70.
Aquellos shows de los jueves, como todo lo que pasó en esos años, fueron un invento de las comparsas que se convirtió en rito de Carnaval. Si no incluían a las comparsas en el baile, la reunión se quedaba sin juventud. Así que Ara Berá y Copacabana eran invitadas de honor y esperadas además. Al principio, los tradicionales bailes se hacían en la sede del centro. Después, cuando no las comparsas demandando espacios abiertos y amplios para poder mostrar cada una lo mejor de sí, determinaron la necesidad de que se trasladaran al predio que, años después sería nuestro primer corsódromo estable. Poniéndonos sensibleros podríamos decir que cuando ocupamos ese predio por primera vez, en 1999, se removieron en el aire los sones acallados por muchos años. Fueron las comparsas las que abrieron ese espacio al Carnaval y no es lo único que cambió en el Carnaval con su aparición. Sus presentaciones, que procuraban fueran cada vez más espectaculares, motivaron el traslado del baile más tradicional de la ciudad al Hipódromo, fuera del centro.
Todo ese empeño de mejor lucimiento y originalidad estaba dirigido a conquistar a un público que si bien no decidía el resultado final, era importante convencer, porque aquellos despliegues no eran puntuables.
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Pero una mejor actuación en el baile del Jockey era el comentario en toda la ciudad por muchos días posteriores y se computaba “como un importante triunfo moral”.
Paradojas del Carnaval, después de aquellas rutilantes actuaciones y de ser agasajados con algún refresco de la época -Bidú era la gaseosa más requerida- trepábamos a los proletarios camiones con los que cada una contaba para desplazarse y partíamos a los bailes de los barrios, donde se nos recibía como a estrellas y ahí, sobre piso de tierra y entre lucecitas de colores y guirnaldas de papel, hacíamos el mismo show que habíamos realizado en el selecto escenario del club.
Memorable un espectáculo de Ara Berá en ese predio, en el centro del campo, con los coches colocados alrededor marcando el espacio escénico e iluminándolo con sus faros, efecto sorprendente reforzado por luces de bengala y surcos de pólvora que producían destellos de color. Como no podía ser de otro modo en esos tiempos en que todo era aprendizaje a base de atrevernos, con más entusiasmo que conocimientos, también produjeron un quemado. Pero el show salió hermoso.
Desde su nacimiento, cuando aquellos dos grupos de jovencitos decidieron tomar la calle a cara descubierta, con trajes coloridos y modestos y marchar, Junín arriba, con sus pasitos y evoluciones, al son de empeñosas escuelas de samba que batían instrumentos precarios, muchas cosas fueron cambiando en el Carnaval de Corrientes.
Desde el inicio, marcó cada una su estilo y su manera de disfrutar el Carnaval: más elegante y refinada Copacabana; más alegre y desestructurada Ara Berá, que entraba con lo que “desde la otra” llamaban “el circo”, sus famosos acróbatas, hoy recuperados.
Esos cambios fueron abriendo el camino de lo que impensadamente se estaba construyendo: un imponente Carnaval de prestigio internacional.
Cuando en 1979 se fundó Sapucay -que se estrenó en la competencia en 1980- como un desprendimiento de Copacabana, tomó la posta de su antecesora y se marcó un camino de crecimiento permanente. Nació en primera, sin dar un innecesario examen de aptitud, y marcó el lento final de la comparsa de origen, que no superó el embate y aunque realizó intentos de retornar por sus fueros, no pudo volver a alcanzar su nivel.
Sapucay surgió con fuerza y con ambiciones claras. Hayan sido las que hayan sido las causas internas de su creación, que seguramente fue una dolorosa decisión a tomar, no dio ningún paso atrás desde su aparición en el Carnaval y continuó la senda que se habían trazado los fundadores y creativos de la comparsa madre, quienes además, en masa, pasaron a la nueva formación que nació con un “gallo peleón” por emblema y un grito por nombre.
Y desde entonces, fueron Ara Berá y Sapucay. Y desde entonces, ambas siguen su derrotero en busca de la excelencia, el crecimiento y la superación de sí mismas, cada una en su estilo.
Y esto de los estilos no es cuestión menor y está claro que debe dificultar mucho la labor de los jurados foráneos.
Por la misma época en que apareció Sapucay, nació Samba show, desprendimiento de Ara Berá, creando un formato nuevo, el de la Agrupación Musical, originalmente más libre que una comparsa y hoy, paradójicamente, mucho más acotada por un reglamento desequilibrado e incongruente.
Y pocos años más tarde, le hizo frente Samba Total, que no paró de ganar hasta convertirse en el coloso que es hoy. Samba Show fue perdiendo su supremacía en la categoría y en ese proceso se desgranó en diferentes agrupaciones que fueron surgiendo y algunos de sus fundadores retornaron a Ara Berá. Es otra de las pioneras que se redujo y no puede recuperar su brillo inicial.
De Ara Berá nació Imperio Bahiano que es hoy quien disputa el cetro de Samba Total, con méritos bien ganados y con conceptos claros de cómo hacer las cosas bien.
Así, con nacimientos, desapariciones, crecimientos y declinaciones, fue escribiéndose la historia de este Carnaval que involucra con tanta pasión y energía a gente joven y adulta, que vuelca en él su mayor esfuerzo con total desinterés, algo que no es fácilmente comprensible para el que no goza de ese poderoso ingrediente en su sangre: la pasión por el Carnaval, el amor por una comparsa.
El “carnaval comparsero” es un bien cultural, forma parte del patrimonio de un pueblo que valora sus raíces y celebra todos los eneros su culto al chamamé pero que, abierto a lo universal y subyugado por esa comunicación pura y directa con el arte que propone nuestro carnaval, toma la calle y convierte al corsódromo tan soñado y hoy real, en el escenario de la expansión de su naturaleza profundamente sensible.
Color, movimiento, música, danza, actuación, esculturas rodantes, se palpan y se apropian con la sencillez de lo que nos pertenece naturalmente, con la desinhibida actitud de sabernos hacedores de un hecho artístico trascendente.
La relación del correntino con el arte viene de muy lejos en el tiempo, de sus ancestros guaraníes -que tenían gran respeto por su Areté guasú, su carnaval, fiesta de esencia agraria, como en todas las civilizaciones originarias, en la que asumían diferentes identidades con máscaras talladas en madera de palo borracho, adornadas con su exquisito arte plumario, porque consideraban que fortalecía y renovaba el espíritu y razón tenían- y españoles y tal vez lo que expresa este carnaval realizado por espontáneos, con naturalidad y a puro atreverse, con la seguridad de que ésta es su materia y éste su lenguaje y una de las más cabales manifestaciones de su idiosincrasia, sea lo más parecido a la plenitud que produce lograr entre todos algo tan bello.
Fuerza, desbordante energía en los protagonistas. Placer y euforia participativa en los espectadores. Es lo que genera este carnaval. Cada uno tiene la libertad de participar en él como quiera. Brinda además la posibilidad de ser testigo cada noche -ninguna igual a la otra- de una variedad de estilos, de maneras de hacer, de musicalizar, de tomar la avenida y avanzar con la propuesta que cada uno trae.
Y cuando esa entrega logra algo bien hecho, la tribuna premia con su fervor y su delirio en una ida y vuelta de cuya emoción todos somos parte.
Es lo que sucedió en esa noche de sábado con un corsódromo colmado de propios y visitantes que deliraron al unísono con las actuaciones ofrecidas por los protagonistas del desfile.
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