Por: Maximiliano Montenegro.Los precios al consumidor del país real proyectan una inflación anual superior al 25 por ciento. El INDEC admite que la inflación de alimentos sería del 30 por ciento. Para las consultoras privadas, superaría el 40% anual. Un ajuste que no anuncia ningún ministro. Pero actúa todos los días sobre planes sociales y presupuestos familiares.
Según Buenos Aires City, el centro académico de la UBA conducido por Graciela Bevacqua, ex directora del IPC del INDEC hasta que la desplazó Moreno, el Índice de Precios al Consumidor de febrero –un mes estacionalmente de baja inflación– alcanzó 2,9 por ciento, triplicando el aumento de precios de igual mes del año pasado y superando el registro de enero (2,3%), un mes con precios siempre recargados. En el cálculo coinciden otras dos consultoras que relevan una canasta propia: Economía & Regiones, y una encuestadora que facturó millones con el gobierno de los Kirchner y nadie podría tildar de opositora.
En el bimestre la inflación acumula 5,3%, cerca de la meta del Presupuesto virtual (6,1%) para todo 2010. En 2009, con una caída del PBI estimada entre 2 y 3%, la inflación fue del 15 por ciento. El último cuatrimestre, a la par de la reactivación del consumo, proyecta un IPC anual superior al 25 por ciento.
Más preocupante todavía es la dinámica de la inflación de la canasta de alimentos. Según las tres fuentes, en el primer bimestre del año acumula un 10 por ciento. Si se anualizara el comportamiento del último cuatrimestre, entonces la inflación de alimentos y bebidas superaría el 40 por ciento.
Una fuente adicional es el relevamiento online que efectúa un grupo de economistas sobre una canasta de 140 productos en dos grandes cadenas de supermercados. La medición es diaria, a través de un sistema informático utilizado para monitorear precios de supermercados en Estados Unidos y en otros países de la región.
Los resultados, publicados en el sitio Inflaciónverdadera.com, son la mejor aproximación al "índice changuito", que Hugo Moyano reveló que confecciona –libretita en mano– su esposa mientras pasea entre las góndolas.
Calculado en el changuito del súper, el IPC se ubica en 31,6% en el último año; y la suba de precios en Alimentos y Bebidas (una canasta de 40 productos) asciende ya al 33% anual.
No tan virtual. El INDEC difundió ayerque el IPC en febrero, impulsado por los aumentos en Alimentos y Bebidas, fue 1,2%, muy por debajo de las estimaciones privadas. Sin embargo, ese valor triplica la inflación oficial de febrero del año pasado y es el más alto admitido por el INDEC desde que fue intervenido por el kirchnerismo. En el bimestre acumula 2,3%, más del doble que en igual período del 2009. A su manera, hasta Moreno reconoce que la inflación se acelera.
La gran sorpresa en los registros oficiales es el costo de la canasta básica de alimentos: en febrero se encareció 4,7 por ciento, empujada por la estampida en los precios de la carne. En el primer bimestre del año el salto fue de 7 por ciento. En el último cuatrimestre (noviembre-febrero) suma 11,1 por ciento. Este dato, de continuar la tendencia, proyecta una inflación en los precios de la comida superior al 30% anual.
Puja distributiva. La mano del artista embellece los resultados de la famosa "puja distributiva" entre precios y salarios de la que tanto habla el matrimonio presidencial. En la película que proyecta Moreno ("Cristina en el país de las maravillas") todos los salarios suben por el ascensor y los precios por la escalera. Por eso en el relato K pobreza e indigencia continuaron descendiendo desde 2007, a contramano de lo que muestran las cifras privadas.
Según el INDEC, en 2009, los salarios en negro aumentaron 21,5%, frente al 17,3% de los sueldos en blanco. (En el país virtual, pese a la recesión y los despidos, los empleados informales negociaron mejor con los empresarios que los trabajadores representados por Moyano.)
En 2008, los sueldos en blanco subieron 18,5%, mientras que los trabajadores no registrados consiguieron un verdadero salariazo: aumentaron ¡37,5 por ciento! (ver en www.indec.gov.ar: informe "Índice de salarios", correspondiente a diciembre de 2008, publicado el 2 de febrero de 2009).
En 2007, los salarios formales crecieron 20% y los informales 24,1 por ciento. La historia feliz (o cómica) se completa con el IPC oficial: en esos tres años no superó nunca el 10 por ciento.
Volvamos al país real. De confirmarse la tendencia a una inflación de alimentos arriba del 30 o 40% anual, la regresividad del impacto distributivo sería enorme. Dos tercios del presupuesto familiar de los sectores medios bajos y bajos se destina a gastos en comestibles. Aun suponiendo que en las paritarias que se abrirán en las próximas semanas los sindicatos lograran aumentos del 20% –por encima del techo que quisieran fijar Gobierno y empresarios–, el poder de compra de sus afiliados se achicaría. Es lógico que la incertidumbre que genera esa dinámica inflacionaria amenace con multiplicar los acuerdos de corto plazo (seis meses) en varias actividades.
El zarpazo a los bolsillos sería mucho peor en el universo de asalariados en negro (casi cuatro de cada 10 empleados en el país) y cuentapropistas, que integran en gran parte el núcleo duro de la pobreza.
La inflación licua además con asombrosa eficacia las políticas sociales destinadas a ese segmento precario del mercado laboral. Medido en poder adquisitivo de la canasta alimentaria, el subsidio a la niñez de 180 pesos quedaría recortado a menos de 100 pesos a fin de año.
A diferencia de los noventa, a este ajuste (inflacionario) no lo anuncia ningún ministro. Pero actúa todos los días en los presupuestos familiares de beneficiarios de planes sociales, empleados públicos y trabajadores en el sector privado.
Como dice el ex ministro de Economía de Néstor, Miguel Peirano, "un régimen de alta inflación es incompatible con los objetivos de reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso".
Peligro. Varios factores apuntalan la reactivación este año: el vigoroso crecimiento de China y Brasil –los dos principales socios comerciales–; la cosecha récord de soja; las bajísimas tasas de interés en el mundo; y medidas tomadas por el Gobierno como la expansión de la obra pública o el resguardo de la producción local frente a las importaciones.
Además, pese a la inflación de los últimos tres años, la economía todavía mantiene un colchón de competitividad. Gracias a la suba del dólar frente al peso en los últimos dos años y la apreciación de las monedas de los países de la región, según Buenos Aires City, el "tipo de cambio real multilateral" es hoy un 72% más alto que en la convertibilidad.
Pero desde la macro la aceleración de la inflación abre otro interrogante: ¿la pérdida de poder de compra salarial se traducirá en algún momento en una nueva recaída del consumo, el principal motor de la economía?
Ya nadie se anima a identificar con precisión las múltiples causas del fenómeno inflacionario. A esta altura la propia inercia de precios y las expectativas parecieran jugar un rol cada vez más importante.
De ahí que economistas heterodoxos, ex funcionarios kirchneristas y actuales funcionarios off the record consideren descabellada la estrategia de Olivos de negar públicamente el problema.
Aldo Ferrer, Héctor Valle y hasta la propia Mercedes Marcó del Pont figuraron en algún momento en el listado de nombres que el actual ministro de Economía y sus predecesores le acercaron a Kirchner para liderar la reconstrucción del termómetro del Indec ante la sociedad. La respuesta fue siempre negativa.
"El peligro es que en un futuro no muy lejano se impongan las recetas ortodoxas por no atacar el desafío a tiempo", suele decir Peirano. Entre esas recetas menciona la fijación del tipo de cambio, la apertura comercial y/o tasas de interés más altas. De hecho, en el equipo de Boudou admiten que con la economía de nuevo en expansión habría que encontrarle un ancla a los precios. Y que sin un plan integral para desacelerar la inflación no quedaría otra que clavar el dólar como ancla nominal.
Esta semana, durante un almuerzo con la CGT, Cristina volvió a hablar, por tercera vez en dos años, del "gran acuerdo del Bicentenario". Nadie prestó demasiada atención a sus dichos porque hasta ahora la propuesta del acuerdo social con que inició el Gobierno siempre fue dinamitado desde Olivos. Sin embargo, en Economía se entusiasman con la idea de una mesa tripartita. Y un gran anuncio que incluyera el compromiso de inversiones por parte de un grupo de empresas, una batería de medidas crediticias para estimular la producción y un marco de referencia para las negociaciones salariales.
No es mucho. Pero peor sería seguir probando con los acuerdos de precios de Moreno, tan peculiares que desde hace tiempo se cierran sólo de palabra, sin documentos firmados ni listados de precios. Guillote, bromean en Economía, está "invicto": fracasó en controlar los precios en todos los sectores que intervino.





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