Se agudiza la crisis global con caídas de Bolsas y del petróleo

Se agudiza la crisis global con caídas de Bolsas y del petróleo

Miércoles negro en los mercados. Las mayores plazas bursátiles se desplomaron. El barril de crudo llegó a su mínimo valor en 12 años.  Preocupa el freno de la economía en China.

Por Francisco de Zárate

Mientras en las alturas heladas de Davos los mandamases del mundo se preguntan por el futuro del empleo en la era de los robots, las plazas financieras de Nueva York, Londres y Shanghai viven uno de los eneros más calientes de las últimas décadas. Ayer Wall Street sumó una pérdida de 1,56% en el retroceso de más de 8% que registra en lo que va de año. Con descensos de 3,46% y 1,03% respectivamente, las Bolsas de Londres y Shanghai tampoco tuvieron su mejor día.

En este enero negro, el precio del barril de petróleo y la debilidad del crecimiento chino se han convertido en las explicaciones oficiales del derrumbe bursátil. El primero, porque el barril no dejó de abaratarse desde los más de US$ 100 que costaba en 2014 (el de referencia en EE.UU. cerró ayer en US$ 26,76, un mínimo de 12 años). Y China, porque sus cifras de crecimiento son menos deslumbrantes: su PBI se agrandó 6,9% en 2015, el crecimiento más bajo en 25 años.

Lo paradójico de las dos explicaciones oficiales es que, desde una perspectiva esperanzada, también pueden ser leídas como buenas señales. Hasta ahora, la baja del petróleo se interpretó como negativa porque a empresas y países productores se les complicaron las cuentas; y porque un crudo barato significa, entre otras cosas, que la actividad manufacturera mundial está de capa caída (y no necesita tanta energía). Pero un optimista podría entender al petróleo barato como un subsidio de benéficos efectos redistributivos: esos dólares que dejan de ingresar países de la OPEP se quedan en el bolsillo de automovilistas de todo el mundo, mucho más proclives a volver a ingresarlos, en forma de consumo, en la economía real.

Con el llamado débil crecimiento chino también puede hacerse la interpretación opuesta. La última mejora de 6,9% en el PBI parece menos que la de 14,2% registrada en 2007. Sin embargo, la cantidad de riqueza que China añadió al mundo en 2015 fue mucho mayor que la de ocho años antes porque el tamaño de la economía, la base sobre la que se calculó la variación del PBI, también era muy superior.

Las dos son reglas que inversores y economistas conocen de sobra, y sin embargo los mercados siguen cayendo, ¿por qué? Entre los pesimistas, que por ahora mantienen la voz cantante, China sigue siendo el principal sospechoso de causar las turbulencias. Además de crecer a un ritmo más débil, está sembrada de indicadores peligrosos: crecen las bancarrotas, los préstamos incobrables, y la fuga de capitales. Y por si eso fuera poco, la deuda pública china pasó del 150% al 250% del PBI en sólo siete años. 

En Europa saben bien lo que pasa cuando un país entra cargado de deudas en la espiral del crecimiento débil: con la caída de la actividad económica decrecen también los impuestos necesarios para pagar esa deuda pública. Por si eso no bastara, la emergencia económica hace crecer al gasto social del Estado. Menos ingresos y más gastos significan más déficit, y todo eso en el mismo momento en que los mercados dudan de la capacidad de pago. Un cocktail perfecto para que muchos inversores vendan la deuda del país, hagan subir de ese modo el costo de financiación, y compliquen aún más las cosas.

China no llegó aún a esa situación y es diferente a los países de Europa que la sufrieron. Para empezar, porque China sí puede devaluar el yuan. Además de mejorar las exportaciones, el efecto positivo de tocar el tipo de cambio chino sería mitigar la fuga de capitales y frenar el drenaje de reservas con que su Banco Central está interviniendo en el mercado de cambios para mantener el valor de la moneda.

Pero en economía no hay muchas medidas sin efectos secundarios. Entre los principales de una devaluación, la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores chinos. Ese es tal vez también el motivo por el que el presidente, Xi Jinping, no se ha animado a permitirla aún. Su gobierno tiene la misión de convertir al consumo interno en el pilar del nuevo y más pausado crecimiento chino. Aunque algunos indicadores muestran que va por buen camino, aún falta mucho para dejar atrás el crecimiento basado en exportaciones.

Las políticas económicas de Jinping son importantes para el mundo pero especialmente para las regiones productoras de commodities como América Latina. La debilidad de la demanda china ya afectó a los precios agropecuarios y provocó que el Fondo Monetario Internacional (FMI) redujera en dos décimas su previsión de crecimiento mundial para 2016.

A pesar de la reducción, el Fondo sigue confiando en que el PBI global crecerá más este año que el anterior: 3,4% frente a 3,1%.  Mirando los números del FMI, muchos economistas se preguntaron esta semana si los mercados estaban exagerando el pesimismo. Tal vez, lo más importante no sea averiguar si están equivocados o no sino por cuánto tiempo van a persistir en su diagnóstico. Si su pérdida de confianza se prolonga lo suficiente, terminarán por tener razón. 

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