El viudo, el congresista y el hijo del poder

El viudo, el congresista y el hijo del poder

El peronista Schiaretti y los radicales Negri y Mestre concentrarán la atención este domingo. Parecidos y diferencias de tres herederos de la tradición política mediterránea. 

Por JUAN PABLO CARRANZA.

En 36 años de democracia, Córdoba tuvo solo cuatro gobernadores. El poder se concentró en dos partidos y sus protagonistas o apellidos se suceden elección tras elección como en una novela de García Márquez. Los tres principales nombres que se disputarán la gobernación este domingo, Juan SchiarettiMario Negri Ramón Mestre, son parte de la historia reciente de la provincia que comenzó en el 83 subiéndose a la marea de la lista 3 y que llega a 2019 como el gran bastión del peronismo.

Con diferentes roles, son Schiaretti y Negri dos protagonistas de estos últimos 36 años, mientras que Mestre es el heredero de otro de esos nombres propios, Ramón Mestre padre.

La muerte de José Manuel De la Sota convirtió en viudo a Schiaretti. Y el luto le sirvió para construir su propio mito: un líder indiscutido, con capacidad de gestión y juego nacional. Todos aspectos ciertos, que hubieran quedados opacados a la sombra de “el Gallego”.

Schiaretti era el aliado menor de una sociedad en la que De la Sota tenía la acción de oro para decidir. Fue este último el que construyó la ingeniería electoral que llevó al peronismo a ganar a las elecciones a fines de 1998. El actual gobernador se convirtió en ministro de Industria del aquel gabinete repleto de figuras.

Tras la crisis de 2001, subió en consideración, tomó el Ministerio de Hacienda y luego se convirtió en el compañero de fórmula durante el segundo mandato de De la Sota. Tal era la diferencia inicial entre “El Gallego” y “El Gringo”, que cuando fue por su primera gobernación, en 2007, el spot de campaña rezaba: “ Si lo conocés, lo votas”. Mucho cambió desde esa votación.

En 2007 fue la primera vez que Schiaretti se enfrentó por la gobernación con Negri, que salió tercero. 

Aquella fue la primera vez que Schiaretti se enfrentó por la gobernación con Negri, que salió tercero. Luis Juez le pisó los talones y casi desbanca al peronismo.

Su primer mandato comenzó teñido de sospechas por el caótico conteo de votos en el que Juez acusó fraude. Pero rápidamente revirtió su imagen, impulsó una reforma política -a medias-, se mostró como un buen administrador y recuperó legitimidad. Le devolvió la gobernación a De la Sota cuatro años después.

Schiaretti fue creciendo de menor a mayor, con paciencia de contador y ex egresado del Liceo Militar General Paz. Su figura explotó en su segundo mandato. Amigo de Mauricio Macri, en los tiempos en que el holding familiar le dio trabajo en Brasil cuando estuvo exiliado, el Gringo destrabó una negociación áspera por los fondos de las provincias a principios de 2016. Logró mayor autonomía financiera y se sacó la asfixia económica con la que quiso someter a Córdoba el kirchnerismo.

Ese acuerdo es la clave para entender el presente cordobés. Obras y contención social son los dos pilares que durante estos últimos cuatro años construyó como íconos de su gestión. Aquella eficacia en la primera negociación con Macri le permitió edificar su plataforma para convertirse en un referente nacional. Una jugada que aún no se completa.

Puertas adentro de la provincia, Schiaretti pudo reinventar el esquema político que llevó al peronismo al poder hace más de 20 años. De buena relación con el kirchnerismo cordobés -siempre tuvo más llegada que De la Sota-, logró refundar aquella sociedad política ahora con tintes más progresistas e incluyó al socialismo, entre otros actores más identificados con la izquierda.

La coincidencia entre Schiaretti y Negri es que ambos gozan del favor presidencial, aunque por diversas razones. Durante los últimos cuatro años, el rol del presidente de la bancada de Cambiemos en la Cámara de Diputados fue crucial para la Casa Rosada. Moderador, Negri siempre buscó garantizar resultados para el Gobierno.

Ese, su rol de congresista, es con el que la gente más lo identifica. Varias veces diputado nacional, desde 2011 Negri ocupó una banca en el Congreso. Sol rol fue vital para que Cambiemos lograse acuerdos políticos. Antes, había sido miembro de la Cámara aja desde 2003 a 2007 y del 93 a 2001.

Negri es un radical clásico. Siempre ha guardado las formas.

En 1999 Negri se perfilaba como la continuidad de las grandes gestiones radicales al frente de la Municipalidad de Córdoba. Por una diferencia de seis puntos, el hombre nacido en Lucas González, Entre Ríos, perdió contra el candidato del peronismo, el ucedeista Germán Kammerath. Aquel fue un duro traspié para quien había sido, en sus primeros años, un joven vicegobernador de Eduardo César Angeloz. A partir de allí, su destino fue Buenos Aires.

Negri es un radical clásico. Su discurso tiene tres ejes: cumplimiento de la Constitución, reformas y proyectos estructurales. Siempre ha guardado las formas. Por eso, la desafortunada frase de su amiga Elisa Carrió sobre la muerte de De la Sota lo incomodó bastante.

Por su parte, Mestre parece haber heredado de su padre la resistencia a los acuerdos. En tiempos en que la Alianza se estaba gestando, Ramón Bautista Mestre se opuso férreamente a su concreción en Córdoba. En la elección que pierde en 1998 contra De la Sota, Mestre padre jugó solamente con la lista 3, tal como lo hará su hijo este domingo. Nota al pie: Mestre padre honró después la coalición y fue el último ministro de Interior de Fernando De la Rúa, cuando la suerte de su gobierno ya estaba echada. Mestre hijo siempre mostró distancia con la ortodoxia de Cambiemos.

El intendente comenzó su cursus honorum en el radicalismo con la ventaja del apellido, aunque ya sin su padrino natural: su padre murió en 2003. Su carrera fue en ascenso vertiginosamente: primero concejal, luego recuperó la banca de senadores para el radicalismo y con 38 años le volvió a dar a la UCR un lugar ejecutivo: la capital de Córdoba.

Llegó, tomó la ciudad y también el partido. Se ocupó de domesticar y aplacar a sus adversarios generacionales -a algunos los buscó nuevamente para completar la lista tres para la gobernación- y construyó desde la centralidad del poder. 

Se hizo cargo del partido y lo puso en marcha. Se rodeó de la guardia pretoriana que acompañó a su padre y de funcionarios leales que no tuvieran capacidad de hacerle sombra.

Mestre parece haber heredado de su padre la resistencia a los acuerdos.

Buscó ser candidato a gobernador hace cuatro años, pero el veto de la Casa Rosado lo llevó nuevamente a presentarse como intendente. Dos años después quiso que su hermano, Diego, fuera primer candidato a diputado nacional por Cambiemos y otra vez el dedo presidencial hizo retroceder sus pretensiones al quinto lugar. El triunfo maquilló aquel enfrentamiento.

Dos años más tarde, Mestre se creía con derecho “natural” a ser el candidato a gobernador. A pesar de sus pocos logros en la gestión, sus títulos como administrador de la segunda ciudad del país y como presidente de la UCR de Córdoba parecían ser suficientes para reclamar ese lugar. Por tercera vez fue objetado. Y la tercera es la vencida: Cambiemos se rompió.

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