El 13 es el de la yeta, ¿no Central?

El 13 es el de la yeta, ¿no Central?
El Canalla dio vuelta un partido incómodo, pero cuando estaba festejando el triunfo, un gol en contra de Delgado lo privó del triunfo. El aurinegro se llevó un puntazo de la cancha del líder.
Como aquella tardecita del 23 de noviembre de 2003 --por el torneo Apertura--, cuando Javier Páez enmudeció a todo el estadio para poner un 2-2 impensado, Olimpo logró anoche un punto valiosísimo sobre las postrimerías del partido, cuando el local ya soboreaba el triunfo.

Dicen que el 13 es el número de la mala suerte; la yeta, para los apostadores. Y algo de eso hubo ayer en el Gigante de Arroyito, donde el aurinegro tuvo la fortuna de su lado para cortar una racha de 12 victorias consecutivas del Canalla. Justo con el último aliento, luego de soportar un asedio tremendo en el segundo tiempo --Olimpo no pateó al arco en todo ese período-- y con un gol en contra de Delgado, tal cual había sucedido con Valentini en el inicio del partido.

La racha del local asustaba en la previa. Todo indicaba un desarrollo tranquilo ante un remendado Olimpo, que improvizó con triple cinco y tenía averiados a Moiraghi (dolor en la cintura) y Gil (engripado).

Pero vaya sorpresa, la visita madrugó al local --se durmió la defensa, lo aprovechó Bou y entre el palo y Valentini hicieron el resto--, al que le costó reponerse.

¿La receta? Sencilla. Tapar con Gil las subidas de Ferrari y con Vega las proyecciones de Delgado. Sánchez Sotelo, en tanto, cumplió con la misión de entorpecer el accionar de Nery Domínguez. Así Central no jugó, no pudo progresar. Encina abusó del pelotazo, Lagos lució desconexo y Méndez no gravitó.

Recién después de los 30, cuando Olimpo se replegó un poco, encontró en Medina la solución al problema.

En el complemento se vio otro partido. Olimpo cedió terreno y pelota. Los laterales Martínez y García comenzaron a sufrir con Medina; Blanco quedó muy estático, Musto quitó y también repartió patadas y Gil se quedó sin fuerzas.

Enfrente, Encina se cargó el equipo al hombro, Méndez cobró protagonismo y Delgado resultó una pesadilla.

Por eso rápidamente llegó el empate --nadie saltó con Valentini-- y luego el desnivel --Delgado se lo sirvió a Toledo--. Y la gente empezó a delirar.

Olimpo no tenía manera de inquietar. Ni con lo cambios podía sostener el empuje adversario. Pero Toledo se lesionó, hubo refriegas al por mayor y el ritmo aminoró.

Y Cuando la suerte parecía echada, Bou ensayó un centro frontal con dirección a Pezzutti, mientras Delgado, en su afán por rechazar, metió la cabeza donde no debía. Todavía se debe estar lamentando.

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