A poco de cumplirse quince meses del trágico 2 de abril, fuentes de las asambleas de inundados confiaron a este medio la existencia de médicos que, tras recibir serias amenazas, debieron exiliarse en la República Oriental del Uruguay. Por tratarse del personal de guardias pediátricas, la versión cobra magnitud mayúscula.
Tras el “Watergate” o “Escándalo del Agua”, damnificados de aquella trágica noche detallaron que el escenario en los nosocomios de la región fue realmente aterrador. De igual manera, mientras abundan las historias de espectadores que vieron ahogarse niños e incluso recién nacidos, otros recuerdan las interminables colas de vehículos con víctimas mortales que se conformaron en el Cementerio local.
No obstante, el desempeño de los hermanos Pablo, Gabriel y Mariano Bruera -este último aprovechando sus vínculos fruto de su profesión de médico- logró tapar con increíble habilidad (y mucho dinero) todas las escabrosas historias sucedidas durante la tormenta, desapareciendo sospechosamente cualquier rastro de las historias clínicas de los hospitales. Lo propio hizo el diario El Día, quien a lo largo de varias semanas posteriores al hecho, ni siquiera mencionó en sus páginas el apellido Bruera.
Es importante recordar que estas aberrantes actuaciones se encuadran en un contexto en el que el municipio buscó, primero, acallar todas las voces que se alzaban contra la inoperancia local, como la Universidad Nacional de La Plata, que criticó la inexistencia de una gestión eficiente, la respuesta tardía del estado comunal y la sobre urbanización de la región; y las asambleas vecinales, que cuestionaron la edificación descontrolada, amparada por interminables negociados con inmobiliarias, que colapsaron los desagües. La lista continúa con las críticas del arquitecto Roberto Livingston, el ambientalista Guerrica y la mayoría de la población platense.
La estrategia local, luego de numerosos aprietes que fueron denunciados en, al menos, cuatro comisarías de la región, se modificó drásticamente hacia un maquiavélico aprovechamiento de “la cuestión 2 de abril”, cuando el intendente Pablo Bruera inició una serie de apariciones públicas presentándose a sí mismo como una víctima que recuerda con angustia lo ocurrido, tratando de dejar a un lado su increíble mensaje por la red social Twitter desde sus vacaciones (no autorizadas por el Concejo Deliberante) en Brasil, mientras la ciudad se hundía bajo más de un metro ochenta de agua.
Muchos platenses continúan escépticos ante la posibilidad de que no existan bebés en la lista oficial de víctimas fatales del 2 de abril. Esa pregunta, quizás, encuentre respuestas en las próximas semanas.
Por lo pronto, el interrogante trae a colación otro rincón oscuro de la historia, tema frecuente también entre las conversaciones de los asambleístas: ¿Cuál es el verdadero rol del juez Arias?. ¿Por qué, a pesar de mostrarse comprometido con la investigación, no citó a declarar a ningún médico de guardia que haya desempeñado funciones aquella noche?. ¿Dónde están las copias de las historias clínicas?. ¿Qué tan real es su confrontación con los gobiernos provincial y municipal?.

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