La última película de la hija de Luis Puenzo tiene varias cosas en común con la primera de su padre, la célebre “La Historia Oficial”; como ésta, abreva en hechos históricos de nuestro país, es candidata a la preselección de los premios Oscar y genera no pocos debates en relación a los temas que abordan y fundamentalmente en como lo hacen.
Y es muy probable que aquellos que se entregaron a ese juego, hayan sido los que mas disfrutaron de la función, ya que Wakolda, el film, deja sabor a nada. Deja para los que saben, la cuestión histórica (aunque a mí hay algunas cosas que me hicieron ruido) sin antes mencionar un dato no menor: Wakolda, Infancia Clandestina, La Historia oficial son propuestas en las que siempre está metido Luis Puenzo, padre de Lucía, la directora de este film y hombre fuerte del cine argentino, quien evidentemente gusta de revisitar la historia de nuestro país, a través de historias propias o de otros, pero siempre ahí, detrás, quizás manejandolo todo. Y creo que las películas mencionadas (que desde lo cinematográfico son bastante distintas; me refiero a que algunas funcionan bien y otras no) tienen la virtud extracinematográfica de generar el debate y la reflexión acerca de determinados hechos y situaciones de la historia argentina.
Yendo a la película, debo decir primero que hay algunos elementos constitutivos de la misma que están bastante bien logrados: primero, la dirección de arte, que denota un trabajo bien hecho de reconstrucción de época, desde los frentes de algunas locaciones hasta los mínimos detalles de objetos del decorado; la fotografía está muy bien, con esos tonos algo lavados similares a esas fotos de los 60; y las actuaciones son muy sólidas, fundamentalmente Natalia Oreiro y Alex Brendemühl en el papel de Josef Mengele.
El problema está en algunas cuestiones del guion y en algunos momentos de la puesta en escena. Por ejemplo, es difícil de creer que una espía israelí lea una carta codificada y aparentemente ultrasecreta sobre el mostrador de la oficina de correos de una ciudad, que practicamente es una anexión más del tercer reich. Esta misma espía, guarda detrás de una compuerta de un armario, los archivos de varios nazis a los cuales se los busca (no se explica quienes los buscan, y esto es una mas de las informaciones que la película debe a su público, no por una cuestión didáctica, sino por necesidades dramáticas y narrativas). Entre estos archivos hay uno del ahora difunto Priebke; y cuando el espectador ve su fotito adosada al archivo, la pregunta es: ¿Por qué los servicios secretos de Israel no se llevan a Priebke, a quien encontraban a cara descubierta en cualquier lugar de la ciudad? La pregunta no tiene un objetivo de urgar en lo que pasó o no en Bariloche en esos años, sino poner de manifiesto que cuando en una película se trabaja sobre material histórico, hay que ser más cuidadoso.
No quiero contar partes de la película, pero recuerden la escena en la que la pequeña Lilith, protagonista del film, descubre que ha tenido su primer menstruación. El subrayado a trazo grueso que Puenzo le aplica a este momento es preocupante. Es raro que la película tenga escenas casi de estudiante, seguidas de otras que muestran una pericia visual ostensible.
Sumemos al desconcierto, lo desbalanceada que está dosificada la información. Hay cosas que se explican hasta el cansancio, remarcando y subrayando algunas cuestiones y en otros momentos uno se queda sin entender que es lo que pasa (el pozo que hacen los alumnos del colegio alemán, por ejemplo). Y hay una cantidad de subtramas que conspiran a ese mejor entendimiento de la historia. La de las muñecas (que da origen al nombre de la película, antes novela de la misma Puenzo), es el caso más emblemático de ello. Supongo que está puesta ahí para decirnos algo en relación a la búsqueda de la perfección que perseguían los nazis y en especial el Dr. Mengele. Uno podría extirparle de raíz todas las escenas referidas a ese tema y la película no se resentiría (más); todo lo contrario, mejoraría en condensación y en un mejor dibujo del personaje que interpreta Diego Peretti.
Por último, hay una escisión de la gente de Bariloche, de los demás habitantes que no van al colegio alemán, muy fuerte y quizás peligrosa. Ese Bariloche, que se constituye en el fuera de campo cinematográfico de Wakolda, confunde un poco. Uno que vive aquí en esta ciudad, que vio el documental de Carlos Echeverría y que ha leído algo al respecto, siente que a la película le falta bastante de referencias sobre el pueblo/ciudad donde suceden los hechos. Creo que la manera en que está contada la película y en ese Fuera de Campo total de la ciudad, se esconde la posibilidad de que los espectadores de otros lugares, ajenos a la problemática nazi en Bariloche, piensen dos cosas: uno, la ciudad es toda nazi; dos, esto no sucede en una ciudad determinada.
Cualquiera de las dos interpretaciones es incorrecta. Otra vez, una película firmada por un Puenzo, políticamente correcta, nos muestra muy parcialmente las cosas.
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