La UNR saca provecho de este regreso. A nivel nacional, sobre fin de año serán mil los especialistas que decidieron retornar. 90 regresaron a la provincia y la mitad de ellos a Rosario.
El programa Raíces, que depende del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación (Mincyt), es una de las herramientas que más aportó a ese proceso, aunque no la única.
Relanzado en el 2003 para favorecer una revinculación con los varios miles de investigadores argentinos que se estimaba residían en el exterior y promover su retorno, cinco años después el programa se fortaleció por la promulgación de la llamada ley Raíces, que lo definió como “política de Estado” y le asignó partidas.
Sus líneas de acción incluyen subsidios de retorno, los subprogramas César Milstein y Volver a Trabajar, convocatorias para la formación de redes y proyectos para la radicación de investigadores y de investigación científica y tecnológica.
Según un relevamiento hecho público por el Mincyt en agosto pasado, pese a la buena performance de las políticas de repatriación, actualmente sigue habiendo unos 4.800 científicos argentinos radicados en el exterior, de los cuales un tercio emigró a Estados Unidos, un 27 por ciento a países europeos y otro 21 por ciento a Brasil.
Una resolución difícil. Pero así como no se resuelve emigrar de un día para otro, tampoco se improvisa al regresar. A veces, incluso, esa opción se evalúa más. En ambas decisiones, la subjetividad y la historia personal tejen una trama muy compleja con la situación que atraviesa el país.
“Entre quienes en un momento decidimos formarnos afuera siempre queda como un cierto dilema, una especie de doble vínculo, de estar y no estar, quedarnos o volver a irnos”, se sincera la antropóloga Silvia Montenegro, actualmente radicada en Rosario tras haber vivido siete años en Brasil y varios meses en Marruecos, donde además regresa a menudo para realizar trabajo de campo.
Claro que por momentos ese dilema tuvo menos cabida, sobre todo porque durante largos años no había ni adónde volver: o porque las universidades estaban intervenidas, o porque no había trabajo, o porque eran inexistentes las políticas de impulso a la ciencia y la investigación.
Paradójicamente, la fuga de cerebros tampoco entonces se avizoraba como problema y hasta se supo esgrimir como blasón para graficar la excelencia de las universidades argentinas. Todo un dato.
Pero desde hace una década el fenómeno empezó a preocupar al gobierno y se trazaron estrategias para revertirlo. Al año de relanzarse el programa Raíces, en 2004, casi 200 investigadores habían vuelto al país. Luego el número de regresos se mantuvo en unos cien anuales. Habrá que ver cómo impactan en los próximos años los ajustes presupuestarios y el desempleo del Primer Mundo.
Según los registros del Mincyt, en Santa Fe los repatriados suman 90 y la mitad son de Rosario, la mayoría egresados de la Universidad Nacional y unos pocos de la Tecnológica.
Para el rector de la UNR el proceso es “sostenido” y “claramente exitoso”, con un impacto ostensible sobre la Universidad. Maiorana cree incluso que ya empieza a regresar una suerte de segunda generación de científicos: los que son convocados por colegas que llegaron antes para sumarse al desarrollo de proyectos en marcha.
Desde España. Una de las incorporaciones más recientes es la del matrimonio Bertoncini, recién arribado de Barcelona con dos hijos chiquitos. “Llegaron directamente a Rosario para trabajar en la plataforma tecnológica de descubrimiento y diseño de fármacos y en el Doctorado Internacional de Medicina y Ciencias Moleculares” (creado en conjunto con la Universidad de Göttingen, Alemania), contó el rector.
En el mismo ámbito a ellos se sumarán en unos pocos meses otros investigadores repatriados. Antes de fin de año, la UNR habrá recuperado otros seis o siete científicos, estimó Maiorana.
La mayoría, en el ámbito de disciplinas vinculadas a la producción y a la salud, pero no exclusivamente. Las ciencias sociales y las humanidades también esperan ver volver a los suyos.
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