Fue golpeada, violada y atada a una cama. Amenazaban con matarle al hijo si no se sometía. Cuenta que la hacían pelear con otras chicas en un ring. A los ocho meses pudo escapar. Intenta recuperarse en el refugio de víctimas de trata, en Córdoba.
“¡Puta de mierda! ¡Llegaron los clientes! ¡Portate bien, carajo!”, le gritaba el mismo hombre del que se había enamorado unos meses antes. Tirada en la cama, atada y vestida con un tutú transparente que potenciaba la degradación, él la obligaba a dejarse abusar por una fila de hombres que pasaban, uno tras otro.
Mientras, su hijito –entonces de 4 años– era encerrado en una pieza. Escuchaba todo. Lloraba. A veces veía. La violencia lo fue comiendo por dentro.
Así pasó Sonia los peores ocho meses de su vida, en una provincia del oeste argentino. No se puede decir cuál. No se pueden decir nombres verdaderos. Aún corre peligro.
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