Hostigamiento escolar, peleas, ataques al que aparece como "diferente", síntomas cada vez más frecuentes en la calle y las escuela. ¿De dónde viene la intolerancia de niños y adolescentes?
“¿Y vos qué mirás?”, “te hacés la linda”, “¿qué escuchás?, ¿cumbia?”. Cualquier frase y situación pueden detonar el conflicto entre niñas, niños y adolescentes, que en muchas ocasiones reproducen con sus pares, la misma agresividad e intolerancia que viven en sus hogares.
“Los chicos aprenden de lo que ven en los adultos; por eso es injusto decir que los niños y los adolescentes están más violentos. Los adolescentes aprenden de los contextos en los que viven junto a los adultos, y si tienen conductas agresivas, no es sino un reflejo de los que viven cotidianamente en sus hogares y en la sociedad en su conjunto”, señaló en diálogo con Rosario3.com, la vicepresidenta del Colegio de Psicólogos de la 2ª Circunscripción, Mónica Blando, quien trabaja como mediadora escolar. Según su análisis, es evidente que “hay lazos de solidaridad y de respeto mutuo que están siendo lastimados entre los adultos y es muy difícil pretender que los chicos se mantengan al margen de ello”.
“Esto lo pudimos comprobar en una experiencia de mediación escolar que hicimos durante varios años, en una escuela de Rosario. A través de ese trabajo, notamos que muchos de los conflictos que se presentaban entre los chicos, en realidad habían comenzado en los hogares y luego se trasladaban a la escuela”, explicó la profesional.
La mencionada experiencia sirvió para descubrir que detrás de un chico aislado por el curso, había un grupo de padres que discriminaban al mismo adolescente e incitaban a sus hijos a no juntarse con él, ya sea porque fumaba, porque tomaba, o por cualquier otra causa. Es decir que los chicos actuaban inducidos por sus padres.
Según describe Blando, esta actitud también lleva a colisionar a los padres con la escuela, ya que desde el establecimiento educativo se procura que todos los alumnos se integren, mientras que desde algunos hogares se manda a los chicos a marginar al compañero “distinto”.
El conflicto se resuelve entre todos
“Para resolver estos conflictos, lo primero que tenemos que hacer es dejar de tratarlos como naturales o normales, y empezar a abordarlos de forma conjunta con toda la comunidad: en primer lugar, los chicos y sus padres, y si se aborda a través de la escuela, también con docentes, personal administrativo y autoridades", afirma la profesional.
“La violencia se aprende, y si pretendemos modificar actitudes en los chicos, tenemos que incluir en el proceso de resolución del conflicto, también a los adultos que educan y forman a esos niños y adolescentes”, sostiene la psicóloga e insiste en la necesidad de que los padres tengan una mirada crítica y reflexiva, abierta al diálogo y a la conciliación, para poder trabajar con los docentes y las autoridades de las escuelas, y no en oposición a ellos”.
Respetar las diferencias
Blando señala que “todos tenemos una inclinación a la agresión que no es violenta, y que la usamos, por ejemplo, para defender nuestro punto de vista y diferenciarlo del de los demás, con énfasis; pero cuando las diferencias con el otro hacen que lo veamos como un enemigo al que hay que derrivar, eso deja de ser natural y nos lleva a situaciones conflictivas”. “El problema mayor –agrega– está en tramitar las diferencias a través de la violencia y hacer padecer a las personas que piensan u opinan distinto, atacándolas o desplazándolas”.
“Uno puede pensar de manera opuesta a otro y esto contribuye a generar una relación enriquecedora, si uno aprende y entiende que hay diferentes puntos de vista que pueden combinarse. El problema es que algunas personas están convencidas de que al opuesto hay que eliminarlo”, remarcó.
“En consecuencia, podemos asegurar que no hay ningún programa destinado a adolescentes y niños que logre ser eficaz para bajar los niveles de violencia, si no se produce un cambio en las conductas de los adultos que conviven con esos niños y adolescentes” afirmó Blando.
El acento en el rol del adulto dentro de la escuela
Investigadoras de la Universidad Nacional de Rosario analizaron la problemática de la violencia entre pares en el medio educativo,en establecimientos de la ciudad de Rosario y valoraron la importancia de la intervención de un adulto como referente en la escuela, para solucionar tales situaciones. “El registro por parte de los alumnos con respecto al adulto-docente como autoridad que regula las conductas en el espacio institucional previene la problemática y contribuye a profundizar los procesos de formación y convivencia ciudadana”, sostienen las investigadoras Élida Penecino y Leticia Muné, docentes de la Facultad de Psicología.
El trabajo considera que "existen situaciones de violencia tanto física como simbólica, siendo las primeras las que toman mayor visibilidad, pero siendo más frecuentes las últimas y tomando los adultos menos medidas frente a las mismas por considerarlas de menor gravedad".
Además, las investigadoras utilizaron como herramientas de trabajo obras de teatro y películas de cine. Hasta que en el 2005 se animaron a realizar su propia experiencia visual. “Editamos nuestro propio video donde mostrábamos situaciones violentas. Nos sentamos en una plaza céntrica y registramos la violencia de nuestra ciudad. Desde la sonoridad del lugar, que es violenta para el oído, hasta las condiciones en las que los chicos llegaban al establecimiento, vimos que eran dejados en doble fila o en la vereda de enfrente y debían afrontar solos esa violencia externa a la que se los exponía”.
Penecino y Muné arribaron a la conclusión de que "frente a un insulto, a un robo de útiles, una agresión, si estaba presente el adulto que lo habilitaba a pensar lo que había ocurrido, empezaban a reconocerse entre ellos. Nuestra sociedad reclama de la educación un planteo critico del conjunto de valores que definen nuestra realidad. La escuela por sí sola no puede transformar las situaciones de desigualdad e injusticia pero sí puede contribuir a que cada uno de sus actores sean agentes transformadores de su vida cotidiana”, resumieron.
Asimismo, plantearon la necesidad del apoyo y la compañía de un adulto. “El docente y el adulto en general perdieron su lugar, haber reconocido muchos derechos en los niños por alguna razón hizo creer al adulto que había que cuidarlo menos. Han dejado a estos chicos a la deriva, en un estado de indefensión peligrosa y esto lo demuestra la cotidianeidad”, concluyó Penecino.
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