La familia del mecánico asesinado a golpes con una barreta en barrio Mariano Fragueiro aún no sale del shock. En 2011 ya había denunciado a los mismos vecinos por lesiones.
Barrio Mariano Fragueiro. El mecánico Mariano Mugas (66), “Mario” para sus amigos, arregla un viejo auto estacionado en la vereda de la calle General Mosconi al 800.
Un vecino, Juan Carlos Gómez (55), abre la puerta y sale disparado hacia él. “¡Te dije que no pongas el auto en mi vereda!”, le grita y le pega una trompada. Mugas queda mareado. Gómez lo insulta y amenaza con seguir golpeándolo. El mecánico es asistido por su familia, que lo lleva adentro y luego presenta la denuncia.
Esto ocurrió en enero de 2011 y fue un calco de lo que pasó el lunes 23 de junio último, cuando Mugas reparaba un vehículo en la puerta de su vivienda y fue asesinado a golpes presuntamente por Gómez y dos de sus hijos.
“Aquella vez que le pegaron una trompada hicimos la denuncia pero no pasó nada, la Policía no vino y todo quedó ahí”, cuenta Sonia Mugas, una de las hijas del mecánico, mientras muestra la denuncia presentada en enero de 2011 en la que constan las lesiones provocadas a la víctima.
Fue un oscuro presagio de lo que sucedió el mes pasado en este barrio del norte de la Capital y que tuvo amplia repercusión por el nivel de violencia social: el taxista Juan Carlos Gómez y dos de sus cinco hijos, Lucas (26) y Franco (20), discutieron con Mugas y le fracturaron el cráneo con una barreta que el mecánico usaba para reparar el vehículo.
Mugas fue rescatado por su familia y por un vecino (que también ligó un golpe), pero empezó a sentirse mal y esa noche entró en coma. Horas después le diagnosticaron muerte cerebral y pereció a los tres días en el Hospital de Clínicas.
En ese lapso, un grupo de vecinos quemó gomas frente a la casa de los presuntos asesinos, rompió los vidrios a pedradas y no logró avanzar más porque llegó la Guardia de Infantería. Hasta hoy, la vivienda de los acusados permanece con custodia policial por la bronca que le tiene el barrio. “Encima los cuidan a ellos como si fueran las víctimas”, se ofendió un vecino de la cuadra.
Después de golpear con dureza al mecánico, el taxista Gómez y sus dos hijos huyeron y se mantuvieron prófugos de la Justicia. Se entregaron cuatro días después en Tribunales II. Quedaron presos y el fiscal del Distrito 3, Turno 1, Miguel Oyhanarte, los imputó por “homicidio simple”.
No lo creen. “Aún no caemos. A veces nos sentimos un poco mejor, pero todavía estamos en shock y no podemos creer lo que pasó”, cuenta Sonia. A su lado asiente su mamá, María, la viuda de esta historia, a quien se le humedecen los ojos y se retira de la conversación.
“Mi mamá no se anima a salir a la calle. Llega hasta la puerta a despedirnos y se mete. Nosotros le hacemos las compras porque ella ni se asoma”, se entristece Sonia.
El 9 de julio, María Sabina (70) y Mariano Mugas habrían cumplido 40 años de casados. En esta casa de Mariano Fragueiro vieron crecer a sus hijos Sonia, Claudia, Juan y Matías, y a sus nietos. Llegaron al barrio hace más de tres décadas procedentes de Villa Maurizzi, uno de los barrios que linda con la avenida Julio Roca. El jefe de familia trabajó como mecánico desde que sus hijos tienen memoria: primero en una concesionaria de avenida Castro Barros y luego por su cuenta en Mariano Fragueiro y en barrios de alrededor como Panamericano, Hipólito Yrigoyen, Marqués, Villa el Nailon, Villa Azalais.
“Tenía clientes en toda la zona, mi viejo era un tipo muy querido”, cuenta Sonia, y comparte que “hubo muchísimos vecinos” en el velorio en la casa familiar.
Luego baja la cabeza: “A mi papá lo recordamos en todo momento. Sentimos la impotencia por no haber podido hacer nada, pero al mismo tiempo comprendemos que, de haber estado, nos hubieran matado también a nosotros”.
Según la familia Mugas, los Gómez llegaron al barrio cuatro años atrás procedentes de un sector vecino y antes de eso vivieron en Alta Córdoba, donde también habrían tenido problemas con la gente.
Pero no todo siempre fue así: “Cuando recién llegaron al barrio eran diferentes, tenían buen trato. Estaban construyendo su casa y nos pidieron guardar sus herramientas y toda la mezcla de cal en nuestro patio. Nosotros les ayudábamos”, rememora Sonia. Con el tiempo, la relación entre la familia Gómez y muchos vecinos del barrio caería en picada.
“¿Sabés cuántos años tengo?”
El crimen de Mugas fue la noticia principal en los diarios, la radio y la televisión cordobesa. Todo empezó a “gestarse” el domingo 22 de junio, cuando una vecina de la cuadra les habría pedido a los Gómez que bajaran la música porque a pocos metros había un velorio. Pero éstos no reaccionaron bien. Ese mismo día el taxista salió a la calle y cruzó palabras con Mugas, quien reparaba un Ford Escort rojo en la puerta de su casa.
Poco después se sumaron los hijos del taxista, quienes según Sonia amenazaron con golpear a Mugas. “¿Vos sabés cuántos años tengo yo?”, le dijo el mecánico a uno de ellos. “No me importa cuántos años tenés, viejo”, le habría espetado uno de los agresores. De acuerdo con el relato de testigos y con la reconstrucción de la División Homicidios, al día siguiente los cruces siguieron y la familia Mugas llamó a la Policía.
“Vino un patrullero y los Gómez se escondieron en el acto. El policía me dijo que hiciera la denuncia y se fue. Ni siquiera tuvimos tiempo para eso”, se lamenta Sonia. Sucedió que un rato después, en horas de la siesta, el mecánico salió a la calle a seguir arreglando el vehículo y los Gómez –el padre y dos de sus hijos– lo golpearon con furia. Ese “con furia” incluyó cuchillazos a las gomas del Ford Escort y un golpe en la cabeza del mecánico con una barreta.
“Cuando salimos, a mi papá le estaban pegando y logramos sacarlo de ahí, pero ya le habían fisurado la cabeza”, cuenta Sonia.
Víctor, un vecino de la cuadra, fue uno de los testigos emblemáticos de semejante violencia: intercedió para frenar la golpiza y le pegaron con la misma barreta. El vecino alcanzó a cubrirse con el brazo y aún así sufrió un corte de siete puntos en la cabeza. La imagen de su cara con la cabeza vendada tuvo amplia repercusión por la magnitud de lo vivido.
Mugas fue arrastrado hasta su casa por su familia. Estaba dolorido, pero lúcido. Le quedaban apenas horas de vida.
Los últimos momentos. Lo que sigue es el relato de Sonia sobre los últimos momentos de su padre:
“Mi papá estaba lúcido y decía que le dolía mucho el cuerpo y la cabeza. Lo ayudé a subir al auto y fuimos a un médico en la Duarte Quirós, pero tuvimos que parar varias veces en el camino porque empezó a vomitar sangre. Vomitaba y vomitaba sangre sin parar, era de terror. El médico lo revisó y me dijo que mejor lo llevara a un hospital. En el auto mi papá se desvanecía, era como si se durmiera. Debíamos sacudirlo para que abriera los ojos y hablara.
“Llegamos al Hospital de Clínicas y le hicieron placas de la cabeza y casi todo el cuerpo. Lo revisaron el oculista, el neurólogo, el otorrinolaringólogo. Mi papá decía que le dolía cada vez más la cabeza pero igual les respondía a los médicos: dijo su documento, su dirección, su edad, todos esos datos. Mientras tanto yo le apoyaba una bolsa con hielo en un ojo todo moreteado. Tenía la boca llena de sangre porque se había mordido cuando lo golpeaban.
“En un momento se desvaneció. Los médicos me recetaron unos analgésicos y me dijeron que lo llevara a la casa a descansar, que era cuestión de tiempo para que se le pasara el dolor y que se desvanecía producto de los nervios y la tensión. Pero yo veía que mi papá no estaba bien, algo malo le pasaba.
“Se acercaron dos médicos de guardia para ayudar a levantarlo y mi papá abrió los ojos y sacudió las manos para todas partes. No podía hablar, hacía gestos desesperados. Ahí se desplomó y quedó en el suelo. Los médicos lo pusieron en una camilla y lo llevaron a hacerle otra tomografía. Fue la última vez que lo vi con los ojos abiertos.
“A la media hora salió un médico y me llevó a hablar del resultado de la tomografía con tres neurólogos especialistas. Ellos me explicaron que tenía el cráneo fisurado por el golpe en la cabeza y que se le había formado un coágulo, pero que no se podía operar porque mi papá tenía la sangre licuada. Claro, el año pasado había sufrido un ataque al corazón y desde entonces tomaba bayaspirina prevent y otras pastillas que licúan la sangre. Los médicos me dijeron que debían esperar al menos una semana para que se fuera el efecto de las pastillas en la sangre y recién entonces podrían operarlo, pero existía un riesgo grande de que el coágulo creciera y le afectara las funciones cerebrales.
“Lo habían llevado al shock room y lo indujeron en coma. Esto fue como a las 2 de la madrugada del martes 24. El miércoles nos dijeron que el coágulo le había provocado muerte cerebral. Mi papá ya no iba a despertar más”.
En la siesta del jueves 26, tres días después de ser atacado, Mariano Ignacio Mugas murió en el Hospital de Clínicas. Fue velado en su casa y enterrado en el Cementerio San Jerónimo.
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