Días atrás, el jugador de Paraná Matías Luna chocó contra un rival en pleno juego y se desvaneció. La ambulancia no llegaba, y mientras tanto Luna sufrió un paro cardiorrespiratorio. Su vida se salvó por la acción de dos guardavidas, espectadores del partido. Un auténtico milagro, que obliga a los clubes y a la Liga a tomar cartas en el asunto.
Como si fuese obra del destino, desde aquel episodio en el fútbol profesional se dieron algunos hechos que sirven como ejemplo de lo que sucede en nuestra liga con respecto a este tema. Y uno de ellos pudo haber sido una tragedia. El domingo 28 de abril, en el encuentro entre Paraná y Los Andes que se disputó en Rivadavia y Necochea, el jugador local Matías Luna chocó contra un adversario y sufrió un tremendo golpe en la zona intercostal, quedando tendido en el suelo, inmóvil. Se llamó dos veces al servicio de emergencias municipal (107), y finalmente la ambulancia llegó 40 minutos después del primer llamado. Mientras tanto, el jugador había sufrido un paro cardiorrespiratorio en pleno escenario.
¿Cómo fue que finalmente esta historia tuvo un final felíz? Suerte. O destino, llámenlo como quieran. Los profesores Jazmín Miñoz y Germán Pedrazzolli, presentes en el estadio, tomaron las riendas del caso. Tanto Jazmín como Germán, que asistieron al partido como espectadores, son guardavidas, y realizaron los trabajos de reanimación que le permitieron al jugador resistir hasta la tardía llegada de la ambulancia. Sin su presencia y su inmediata atención, la historia hubiese tenido el peor de los finales. Como si fuera poco, para agregarle otra cuota de fortuna a la situación, no se puede pasar por alto que la pareja de Jazmín, Carlos Lecuna (también jugador de Paraná), había sufrido esa misma tarde -en el calentamiento previo- la rotura del tendón de aquiles. Jazmín acompañó a Carlos a la clínica y luego regresó a la cancha a buscar su moto, justo en el momento que sucedió la desafortunada jugada que derivó en la lesión de Luna. “Vi que el jugador estaba en la camilla y Germán (Pedrazzolli) lo estaba auxiliando, así que dejé la moto y fui a ayudar”, contó Jazmín.
“Se retorcía de dolor, se arqueaba y se desmayaba. En un momento le controlé el pulso y lo había perdido, no respiraba”, contó luego. Pedrazzolli llevó adelante las maniobras de reanimación y Matías Luna logró despertar, pero seguía quejándose y quedando inconsciente de a ratos. “Mientras tanto, nosotros rogábamos que llegara la ambulancia”, relató la guardavida.
Prevenir
Si hay algo que queda claro después de vivir una situación como ésta es que la vida de un deportista en pleno desarrollo de su actividad no puede depender de la suerte. Hay una reglamentación que se respeta a rajatabla en el fútbol nacional, que exige a los clubes la presencia de un médico en cada partido. Es más, el profesional debe firmar la planilla de juego, porque de no hacerlo el árbitro no puede dar comienzo al encuentro. La Liga Nicoleña posee la misma reglamentación, pero la obligatoriedad de la misma pasó a un segundo plano. ¿Por qué? Porque los mismos clubes lo decidieron. Contar con un médico en la cancha el fin de semana significa para las entidades un gasto que muchas veces ni siquiera pueden afrontar. En un fútbol nicoleño con pobres concurrencias, reprogramaciones a pedido de los clubes, suspensiones a pedido de la policía y muchos partidos jugándose los días de semana, a la mayoría de los clubes apenas si les alcanzan las recaudaciones para afrontar el gasto que significa la apertura del estadio, cubriendo el arancel de los árbitros y los efectivos policiales. También es una realidad el hecho que a los profesionales de la salud poco les interesa “perder un domingo” en una cancha, y eso se pudo comprobar con las dificultades que tuvieron para conseguir uno los equipos nicoleños que participaron en torneos federales como 12 de Octubre o Campos Salles, y que por reglamento sí o sí debían contar con médico en el estadio.
Pero la previsión, la salud, la vida de los deportistas no puede ser el blanco de un recorte de gastos. Es deber de la dirigencia deportiva generar los recursos necesarios para garantizar la presencia de médicos en los escenarios. No es cuestión de “ahorrar”, sino de generar, gestionar y establecer prioridades. A través de la Liga Nicoleña los clubes han llevado a cabo algunas gestiones y se consiguieron promesas de parte del ámbito político municipal para solventar este tipo de coberturas, tratando de garantizar la presencia de un médico por cancha los días de partido. Pero la promesa quedó solo en eso, y la pelota sigue rodando.
Seguir adelante
La idoneidad de los preparadores físicos de cada entidad –los hay muy capacitados- toma el rol preponderante hoy en día, aunque en casos de extrema urgencia no sea suficiente. Incluso la presencia de guardavidas, tomando como caso testigo lo que ocurrió con Luna, podría ser una alternativa. Lo cierto es que la opción nunca puede ser recortar gastos cuando está en juego la salud y la vida. La gran mayoría de los clubes poseen para sus jugadores un seguro –el más accesible- que solo actúa ante fallecimiento o incapacidad. En caso de lesiones graves, que por ejemplo puedan derivar en intervenciones quirúrgicas, nadie se hará cargo. Llegará la ambulancia municipal cuando pueda, y llevará al jugador accidentado a donde su propia prepaga lo permita. Si no la tiene, irá al hospital y el jugador –con o sin ayuda del club- deberá correr con todos los gastos.
Esta situación forma parte del pobre fútbol nicoleño. Un fútbol donde los dirigentes “hacen lo que pueden”, la gente no acompaña, las fuerzas policiales ponen trabas y el gobierno local no colabora con las necesidades de los clubes, más allá de “auspiciar” el torneo. Ni hablar de una ayuda a nivel nacional, en un fútbol que reparte la torta en los niveles más altos y que castiga a los clubes del interior bonaerense con las disparatadas resoluciones de los organismos de seguridad (antes Coprosede, ahora Aprevide), pero que lejos está de brindar algún beneficio, que apenas llega en cuentagotas en una categoría de gran importancia como el Torneo Argentino A. De allí hacia abajo, nada. Solo trabas.
Los jugadores, técnicos y preparadores físicos, esos 30 que entran a la cancha cada domingo, terminan siendo en definitiva los que mantienen vivo a este deporte, que la gran mayoría de las veces les quita mucho más de lo que les da. Eso se llama pasión.
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