Cada vez con mayor frecuencia, las calles de algunas localidades de Formosa tienen un nuevo actor que al principio despierta curiosidad, luego trato, y posteriormente -en muchos casos- una pesadilla. Se trata de los vendedores ambulantes de muebles.
Con algunas excepciones, quienes tienen como fachada “visible” la venta de muebles casa por casa esconden historias y antecedentes que llaman a alertar sobre la oportunidad de concretar un “negocio” o alejarse de la tentación que ofrecen a un precio demasiado alto.
¿Quién no vio acaso por las calles de Formosa y también en el interior a vendedores ambulantes de muebles con “tonada extraña” ofreciendo su mercadería al “fiado”, sin garantías y con la única condición que les digan donde viven? El mecanismo de enganche es similar en Formosa, Salta, Córdoba, México o Colombia, donde nació esta metodología que se conoce como el negocio del “gota a gota”.
¿En qué consiste? Simple. Quienes manejan este negocio característico de Latinoamérica son –en su gran mayoría- colombianos. De allí el origen “raro” de su tonada y que cada vez con mayor frecuencia se escucha por estas tierras.
En un principio, ofrecen sus muebles en forma ambulante a los vecinos de barriadas populares sin costos iniciales. Lo que ofrecen aparte de sus muebles es una muestra de “confianza” otorgándole sus productos a cambio de cuotas que ellos mismos se encargan de pasar a cobrar semana tras semana o mes a mes en los domicilios de los clientes.
El verdadero negocio
Pero lo que a priori puede tratarse de un acuerdo “piola” puede convertirse en una pesadilla, porque lo que nunca explican al principio es que los plazos se deben cumplir a rajatabla, sino le agregan intereses que rozan la usura.
Pero eso no es todo. Si el cliente es buen pagador al principio, cuando cancela su compra inicial (generalmente un espejo, una cómoda, una mesita de luz, etc) le ofrecen el verdadero negocio: préstamo de dinero a una tasa similar a la del mercado, sin garantías y con devolución de todos los días o cada semana. ¿A quién no le viene bien 500 o 600 pesos que te entregan en la puerta de tu domicilio, sin firmar papeles o buscar garantes? Así comienza el engaño del cual las principales víctimas son los jubilados o quienes tienen algún negocio chico en el barrio.
Generalmente hay un encargado de vender y otro de cobrar en cada zona de la ciudad para conocer “bien” al cliente. Si éste se retrasa un día o se niega a pagar alguna cuota “extra” que surge de la nada, comienzan los problemas reales porque lo que era un negocio se convierte en extorsión.
Hay centenares de casos que los clientes cumplieron a punto los pagos de las cuotas y se vieron exigidos a pagar más por fuera del convenio por simple ocurrencia de los prestamistas, con el agregado que por el negocio realizado anteriormente los cobradores conocen los movimientos de los desprevenidos clientes: saben qué tiene, donde trabaja, si tienen hijos, y sus movimientos; herramientas que son utilizadas a la hora de recordarles la “conveniencia” de pagar lo que exigen para que no sufran algún imprevisto.
Lo que puede parecer un relato de película para estas tierras ya lo vivieron en carne propia en otras provincias donde la metodología va ganando terreno y los casos denunciados se repican en los medios de prensa.
En todas partes
Días pasados, el diario Clarín reflejó lo que sucede en Orán, Salta, una ciudad de 120 mil habitantes, a 50 kilómetros de la frontera con Bolivia, donde los colombianos prestan dinero en cada barrio, en cada manzana, en cada calle, en cada casa, sin pedir garantías. “Se estima que allí viven unos 2.000 colombianos. Los vecinos saben que si tienen una urgencia, si se les presenta un negocio o si tienen ganas de hacer un mini emprendimiento, los colombianos van a sus casas con el dinero que necesitan.
Para acceder a sus préstamos, sólo hay que presentarles fotocopia de documento y una factura de algún servicio. También saben, los oranenses y los de otras ciudades linderas, que si no devuelven el dinero tendrán a los colombianos en sus casas, armados, llevándose lo que tengan, y cobrándoles intereses altísimos”, dice el artículo periodístico.
Pero Salta no es la única provincia argentina donde los colombianos practican la usura y amenazan con armas a los deudores. También operan en Misiones, Chaco, Corrientes, Neuquén, Córdoba y Buenos Aires.
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