Entre las 23 y las 5.50, los vecinos de Malvinas y Buenos Aires, en Paraná, sufrieron una ensordecedora sirena que sonó en el tercer piso de un edificio. A pocos metros funciona una clínica.
Los vecinos explicaron que los llamados telefónicos se apilaron por decenas en la Policía, y algunos de al lado salieron en forma alternada durante seis horas a la calle para protestar por la continuidad de la alarma, sin resultados.
Dijeron que en cuatro oportunidades se hicieron presentes los uniformados con sus patrulleros, e ingresaron al edificio a pedido de los vecinos, pero nada pudieron hacer porque no tienen autorización, eso les informaron, para desactivar la alarma, cuyo sonido llegaba incluso a habitaciones de la Clínica La Entrerriana.
Ya desde las 12 de la noche comenzaron a salir algunas mujeres y hombres a la calle, en una noche helada, para conocer de dónde salía el ruido insoportable, luego a la una, a las dos, a las tres, y la sirena continuaba.
Un vecino del mismo edificio admitió que no tienen a nadie a quién acudir en caso de emergencia.
Ofreció el número de teléfono de un supuesto portero, pero nadie atendió allí pese a los reiterados llamados. Luego, el número de Ginni, la empresa supuestamente encargada, pero allí respondía un contestador automático.
A sugerencia de los policías, los vecinos marcaron los números de Defensa civil de la Municipalidad para que las autoridades registraran el episodio, pero no hubo respuesta de ninguno de los tres números que aparecen en la Guía telefónica.
Frente a otras consultas, los oficiales indicaron que tampoco valía la pena realizar una denuncia para solicitar la intervención de la justicia porque la respuesta sería la misma…
Sin portero, sin encargado, sin respuestas en Defensa civil, y con uniformados que no atinaban a nada, los vecinos no tuvieron otra opción que masticar la bronca de quedar una noche entera sin descansar, y concurrir así a sus trabajos a la mañana siguiente.
A las 5.50 dejó de sonar la alarma. Parece que los propietarios volvían de algún lugar de “trabajo”.
¿Qué hacer en circunstancias como esa? ¿Puede alguien arrogarse el derecho de molestar a cientos de personas con una alarma? ¿No debiera legislarse para que, en casos así, y pasado un lapso breve (una hora de sirenas), pueda ingresarse de algún modo al departamento para controlar cómo están las cosas y en caso de que nada ocurra, desactivar la alarma?
La indignación de los vecinos fue mayúscula. ¿Y para qué la alarma, si llegado el caso nadie puede entrar a verificar la situación?
Las alarmas descontroladas violentan a personas que tienen niños chicos, enfermos, o que deben trabajar al día siguiente, y no puede aceptarse que no haya autoridad pública con facultades para detener esa violencia.
Pero el caso sirvió para mostrar la precariedad de la organización de edificios como ese para casos imprevistos. Nadie se hizo cargo de nada, nadie respondió, a los vecinos los ganó la impotencia.
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