Cuatro familias compartieron con Clarín el recuerdo de sus seres queridos que murieron en la tragedia. Algunos no cobraron subsidios y reclaman una investigación a fondo.
Claudia Quiñones
“Estábamos acá, él me dijo ‘voy a acompañar a mi hermano’ y salió. Y en un segundo volví a mirar y ya estaba en el medio del arroyo”, cuenta ella. “Acá” es la puerta de la casa precaria de madera en la que vivían, al lado del arroyo El Gato. “Él” era Esteban, su pareja desde que eran chiquitos.
Ese día, el agua contaminada subió tanto y tan rápido que arrancó de cuajo la casa y se la llevó. Claudia, que estaba embarazada de 8 meses, pasó cuatro días buscando a Esteban en hospitales, iglesias, revolviendo cuerpos apilados en la morgue. Lo encontró su hermano, que había pasado los mismos cuatro días metido en el agua inmunda tanteando con una rama.
“Los políticos venían, me dejaban una tarjeta y se iban.
¿De qué me servía eso si yo me había quedado sola, con un nene de un año y embarazada, y seguíamos durmiendo en un colchón podrido?
”, pregunta ella. Un mes después de dejar el cuerpo de Esteban en la morgue nació Maxi, el bebé.
Pero hoy ese bebé es, para la ley, hijo de madre soltera: como ellos no estaban casados, le dicen que tienen que hacerle un ADN para ponerle el apellido. Esteban está en la lista oficial de muertos y era el que mantenía a la familia, pero a Claudia no le dieron ningún subsidio. Con el tiempo, sí, el ministerio de Acción Social de la Nación le puso una casa prefabricada nueva: está exactamente en el mismo lugar de donde el arroyo arrancó la otra.
Viviana Salagre
“Como vivimos en un primer piso no teníamos noción de lo que estaba pasando afuera. Hasta que me asomé y vi que el agua estaba tapando un auto. Lo único que pensé fue en mi papá: mi mamá había fallecido 4 meses antes y estaba solo”, cuenta Viviana.
Cuando su hermana logró llegar a la casa de su padre la llamó: “Pedí ya una ambulancia que papá se muere”. Eso le dijo. Su padre se había descompuesto viendo cómo el agua invadía su casa. Pero las ambulancias de PAMI dijeron que no podían salir y en el 107, en Bomberos y en Defensa Civil le dijeron lo mismo.
Lograron cargarlo en un auto para llevarlo al hospital, y allí, en el asiento delantero, Carlos Alberto Salagre murió de un paro cardíaco. Tenía 64 años.
“Lo acostamos y estuvimos hasta el mediodía esperando que lo vinieran a buscar: más de 15 horas. Fui a la comisaría a pedir por favor y decían que no daban abasto. Hasta que el cuerpo empezó a descomponerse: tenía manchas en los brazos, en la cara, había moscas grandes en la pieza. Cada vez que entraba me encontraba con algo peor”, dice, y llora hasta el ahogo.
Su padre está en la lista oficial de muertos, pero su familia tampoco cobró el subsidio: “Los familiares que pusieron un abogado particular cobraron 236.000 pesos; los que aceptaron los abogados que ofreció el municipio de La Plata no cobraron nada ”, explican desde la Ong AFAVI (Asociación de Familiares de Víctimas de la Inundación) de la que todos forman parte.
Viviana pide justicia porque se sintió abandonada por el Estado: “Había un informe de la Universidad Nacional de la Plata que decía que había riesgo hídrico, y sin embargo, no había un plan de contingencia. Eso podría haber evitado muchas muertes: si hubieran respondido las ambulancias mi papá podría haberse salvado ”, dice, con la mirada fija en una pulserita azul y un reloj, lo único que le quedó de él. No va a ser fácil: aún no hay un solo imputado. Eso significa que ni siquiera los alivia pensar que pronto un juicio les traerá justicia.
Soledad Meneses
“Como era feriado mi mamá iba a salir y yo le estaba arreglando las uñas. Ella cuidaba a una señora enfrente y cuando el agua empezó a subir cruzó así, con una mano pintada y la otra no”, cuenta.
Cuando el agua ya les llegaba al pecho y se cortó la luz y el teléfono, decidieron irse a la casa de una amiga. Soledad salió con su hija de 4 años, su hermana y su sobrina de un mes.
Pero cuando quiso volver a buscar a su mamá, el agua ya la tapaba. “Cuando mi hermano logró traerla ya tenía hipotermia. La bañamos, le dimos café caliente y la cambiamos toda. Pero nos empezamos a inundar ahí también. Y tuvimos que irnos otra vez”.
Otra amiga las esperaba en una camioneta. Pero mientras iban caminando, su mamá, de 70 años, paró: “ Dijo que estaba angustiada, tantos años de sacrificio para nada. Y cayó al agua inconsciente ”. Dominga Araujo había tenido un accidente cerebro vascular. Pasó por 5 hospitales y murió 9 días después en Ensenada: por eso nunca estuvo en la lista oficial y no recibió ningún subsidio. Recién desde la semana pasada, después del fallo judicial que reconoció que hubo 22 muertes más que las reconocidas por el gobierno provincial –son ahora 89– su mamá forma parte de la lista. Los familiares creen, sin embargo, que hay más de 100: los que murieron electrocutados, por infecciones, cuerpos de chicos que fueron vistos por testigos.
Victoria Barnetche
“La última vez que hablé con mi papá me dijo que estaba todo bien, que el agua llegaba sólo hasta el cordón. Pero al rato escuché en la radio que habían encontrado el cuerpo de una anciana flotando: recién ahí me di cuenta de que estaba pasando algo grave ”, recuerda ella. Se estaba haciendo de noche y Victoria decidió salir a buscarlo sola. Pero cuando llegó a la esquina del taller de José Luis, su papá de 55 años, la arrastró la correntada.
“No se cómo, pero me agarré de este árbol –señala ahora, en el lugar exacto donde pasó todo–. Hasta que el agua empezó a subir y me empezó a tapar. Alrededor ya había autos dados vuelta y sólo se escuchaban alarmas y gritos. Me solté, me agarró un vecino y logré llegar al taller: el Taunus de mi papá estaba, pero mi papá no ”, sigue. El Taunus blanco sigue aquí, en el taller húmedo, arrumbado y con las butacas sueltas.
Victoria estuvo sentada en el techo de un auto hasta que amaneció. Y a la mañana, mientras lo seguía buscando, le avisaron: habían encontrado el cuerpo a un kilómetro del taller. Lo que cree es que él quiso salvar una camioneta de un cliente que se iba con el agua: que se subió, que se encimó a otro auto, que se bajó y ahí se desmayó: alguien dijo después que lo vio pasar en una ola.
Hoy Victoria lo honra marchando cada mes para pedir justicia. También en soledad: abriendo, de vez en cuando, la bolsita hermética en la que guardó la última remera que usó su padre para pedirle al tiempo que no se lleve también su olor.
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