Hoy, debido al relativismo existente, hay una profunda crisis de valores morales que están afectando a las distintas dimensiones de la sociedad, (crisis económica), de ahí la necesidad, de insistir en la educación en valores. El hombre, como es sabido, es en virtud de su naturaleza, una persona compuesta de cuerpo sensible y material y un alma espiritual y racional.
Etimológicamente, el término carácter significa señal o marca que se imprime, pinta o esculpe en algo. Aplicado a la personalidad significa la adhesión a unos valores morales que la persona manifiesta consistentemente en su conducta que es señal o marca reconocible de su valía moral como ser humano. Es una cualidad de la personalidad.
El carácter no es innato, depende de la herencia y de la influencia del medio y, por tanto también de la educación. La educación del carácter consiste, en primer lugar, en la adquisición de valores o ideales de conducta coherentes con la dignidad de la persona. Un ideal o valor es una aspiración digna mantenida como principio rector de la acción.
Tales son la verdad, el bien, la honradez, la tolerancia, la justicia, (la equidad), la prudencia, la fortaleza, la templanza. Los medios para adquirir los valores e ideales son la enseñanza y el ejemplo, adaptados a las características de cada etapa educativa. Las buenas normas hacen mucho, pero los buenos modelos logran aún más. Las fuentes primarias de los valores son la imitación y la emulación.
La educación del carácter corresponde a la familia, que desde el momento del nacimiento, debe prever un plan con los valores para ello; a la sociedad, que debe ofrecer un medio ejemplificador, y a la escuela. De aquí la necesidad de que el pacto educativo establezca un mínimo de valores comunes en los que educar, sin los que la convivencia en la sociedad se haga difícil y pueda ser completado con otros valores como los religiosos o trascendentales que no se opongan al marco constitucional.
En segundo lugar consiste en el perfeccionamiento de la voluntad o capacidad de actuar deliberadamente, de ser dueño de las propias acciones. Toda enseñanza debe dirigirse al robustecimiento de la voluntad, a la reflexión y deliberación, a la toma de decisiones y a la ejecución de la misma, procurando que sea persistente para tratar de actuar conforme a los valores en los que se pretende formar.
En tercer lugar, en la formación de hábitos adecuados. El hombre de carácter es el hombre de razón, de fuerza de voluntad y templanza en todas las cosas. Para establecer este propósito es necesario establecer hábitos firmes y bien organizados que resulten en formas correctas de pensar y de actuar de acuerdo con los valores e ideales establecidos y en todas las ocasiones de la vida, para lo cual es imprescindible que en el seno de la familia, en la sociedad y en el de la escuela se ofrezcan oportunidades de vivir y de practicar esos valores, para los que esa debe reunir las condiciones adecuadas.
Y en cuarto lugar, el establecimiento de la estabilidad emotiva. El hombre no es sólo intelecto ni sólo voluntad. El conocimiento y la acción están coloreados por los sentimientos y las emociones, de ahí la necesidad de que se atienda, al mismo tiempo a la educación afectiva, a la educación de la inteligencia emocional con la adquisición de las habilidades que le permitan manejar adecuadamente sus emociones y pasiones, que, a su vez, estimulen al intelecto y motiven la voluntad.
La estabilidad emotiva implica equilibrio emocional, resultante de un control feliz y razonable de las emociones, necesaria para el trabajo y el estudio. El empleo de la voluntad en controlar las emociones es esencial, y este control constituye el autodominio. Puede ayudar a ello la moral católica, según manifiestan incluso algunos laicistas. Payot, J. (1896) La educación de la voluntad. Madrid: Edmundo Capdeville y Victoriano Suárez.
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