Hay unos 150 limpiavidrios en las calles

Hay unos 150 limpiavidrios en las calles
Ni el Gobierno ni los municipios los han censado, por lo que la cifra es aproximada. Están en toda la Costanera, pese a que en Guaymallén y Capital su labor está prohibida. Piden que la Policía los deje trabajar.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”. Con la claridad y crudeza características, Eduardo Galeano supo escribir a “Los nadies”, seres no individualizados que se encuentran por doquier y que, mal que les pese a algunos, coexisten en su misma ciudad, en su rutina y comparten su espacio.

En la clandestinidad, en un rol de “nadies” que no eligieron pero que la vida les impuso, unos 150 limpiavidrios trabajan en esquinas de la Ciudad de Mendoza, Guaymallén y unos pocos en Godoy Cruz (aunque en este departamento su actividad no es ilegal).

Clandestinidad porque tanto en Capital como en Guaymallén esta actividad está prohibida por ordenanza, situación que los lleva a estar siempre alertas con su mochila, secador y balde preparados para escapar ante la presencia de policías o preventores municipales.

Pero sin descuidar el rojo del semáforo, ése que les permite (dependiendo de la buena voluntad del conductor) sumar unas monedas o un billete más para el final del día.

La mencionada cifra de estos trabajadores informales es una mera estimación hecha por ellos mismos, porque ninguno de los municipios ni el Ministerio de Desarrollo Social tienen una estadística o censo exacto.

“No queremos un Plan Trabajar, no queremos que nos regalen nada ni salir a robar. Simplemente queremos trabajar sin molestar a nadie. Es cierto que todavía quedan algunos pibes que la bardean un poco, pero son los menos. La mayoría somos respetuosos de lo que nos dice el conductor cuando frena en la esquina y, si no quiere que limpiemos, no limpiamos”, sintetiza Jonathan (25). Para él, como para tantos otros, todo suma para llevar plata a su mujer y a su hijo de 4 años al final del día.

Entre los automovilistas consultados por Los Andes, más allá de que la mayoría confiesa que responde con una negativa ante la pregunta de los limpiavidrios, coinciden en que estos jóvenes son “más respetuosos que antes” y, de paso, más de uno confiesa que espera encontrarlos en alguna esquina para aceptar el ofrecimiento.

Razones para un piquete

La protesta protagonizada por un grupo de jóvenes que trabajan limpiando vidrios en esquinas de Ciudad y de Guaymallén el último martes, y que incluyó un caótico corte de tránsito en el nudo de Costanera y Zapata, reflotó una discusión que está latente desde hace años y que tiene que ver con este oficio callejero.

En Ciudad y en Guaymallén rigen sendas ordenanzas municipales que prohíben la presencia de limpiavidrios en las calles de ambos departamentos.

Es por eso que este centenar y medio de jóvenes encuentra en la avenida Costanera (el límite entre ambos departamentos) su escenario de trabajo, aunque tienen que hacerlo intentando llamar lo menos posible la atención y estando preparados para correr cuando ven llegar un móvil de preventores o uno policial.

“Hicimos la protesta para que nos dejen laburar tranquilos. No queremos un plan social, simplemente queremos que nos dejen trabajar. Nosotros hacemos nuestro trabajo sin molestar a nadie y, al menos yo, si alguien me dice que no le limpie, no lo hago”, comienza la charla Jonathan, un joven de 25 años que vive en el barrio La Favorita junto a su mujer y a su hijo.

Cada semana, de lunes a sábado (y los domingos cuando el bolsillo lo necesita) se instala en una de las esquinas de calle Costanera (“no pongas en cuál, porque me van a venir a correr. De hecho ya lo hacen”, confiesa) con su secador y su balde.

“Laburo de corrido, de 10 a 18 ponele y en un buen día puedo ganar entre 200 y 300 pesos. Es más de lo que me ofrecen en cualquier plan y lo gano laburando, no por quedarme en mi casa. Lo que pedimos el otro día es que se nos dé una solución como la que se les dio a muchos trapitos que se hicieron cuidacoches. Pedimos estar en blanco. Si hay que pagar 25 ó 30 pesos por día en la Municipalidad para trabajar bien, lo hago. Pero no estar acá y que tengamos que bancarnos que nos lleven presos por laburar nomás”, contó el joven, que lleva más de la mitad de su vida trabajando en este oficio.

“Desde los 10 estoy trabajando en la calle y, cuando tenía 12, me dijeron que tengo epilepsia. Laburo también en la construcción, pero cada vez que tengo un ataque, a los dos días me echan de cualquier trabajo. Por eso no me queda otra que estar acá, para hacer algo de plata y llevarle a mi hijo”, cuenta Jonathan entre auto y auto.

Es prácticamente un trabajo sin descanso, porque cuando el semáforo da verde a quienes vienen por una de las vías de la Costanera, inmediatamente el rojo detiene a quienes circulan por la otra. Y es el momento de mudar el balde y el secador hacia ese otro lugar. Ni hablar de los días feriados (“pasa mucha gente y hay que aprovechar también”, agrega).

Entre frase y frase, el “experimentado” limpiavidrios repite, como latiguillos, “sólo quiero que me dejen trabajar tranquilo” y “¿qué prefiere el Gobierno? ¿Que salgamos a robar?”

“Hace unos años habían muchos más y había más problemas. De hecho, todavía quedan los que la bardean, pero son muy pocos.

La mayoría somos jóvenes, de mi edad, con una familia que mantener. Ya casi ni hay grupos de muchos en las esquinas. Yo trabajo solo por ejemplo, porque no me gusta molestar”, sigue Jonathan apoyado contra uno de los árboles que da al zanjón Cacique Guaymallén.

El trato con automovilistas

Con humildad, los limpiavidrios consultados por Los Andes confiesan que “muchas veces a la gente le asusta que alguien de afuera se les acerque al auto” y, de hecho, eso lleva a que sea seco y cortado el contacto.

“Están los que te tiran el auto encima también, pero la mayoría de la gente entiende que estamos trabajando y que nos ayudan. Además, desde hace un tiempo, somos los mismos en todas las esquinas. La gente que pasa todos los días ya nos conoce. Sabemos que si nos echamos un moco, nosotros somos los que salimos perdiendo porque la gente no va a pedirnos más”, cierra Jonathan.

Unas cuadras más al norte, también sobre Costanera, está Nahuel. Ya se calzó la mochila en su espalda y camina con dirección hacia el sur. “Hace un rato pasó la policía y me tiraron al zanjón el balde y el secador. Ya perdí medio día, así que ahora estoy yendo a hablar con el que vende galletitas en la otra esquina para ver si me puede tirar algo para vender y ganar algo de plata”, acusa este joven de 22 años que lleva un año trabajando de limpiavidrios y que -asegura- lo necesita para dar de comer a su hijo de un año.

Mientras cuenta esto, señala al sector del zanjón donde está el puente que del lado capitalino se transforma en calle Buenos Aires. Y allí están: el secador y el balde, en medio del canal que casi no trae agua.

“Después del piquete nos llevaron presos a todos. Estuvimos toda la siesta en la comisaría. Encima uno de los muchachos salpicó a un policía con el secador y lo golpearon”, denuncia.

“Mucha gente nos rechaza y piensa que hacemos esto porque tenemos ganas de molestar, pero es nuestro trabajo”, sostiene el joven, que trabaja en soledad de lunes a lunes y, en un buen día, puede ganar 120 pesos.

“La gente nos sigue dando monedas, pero como no hay en ningún lado, lo que más nos dan son billetes de dos pesos”, coinciden los jóvenes limpiavidrios.

Palabras más, palabras menos, entre los consultados por este diario el pedido es uno solo y reiterado: “Queremos que nos den una solución para trabajar tranquilos”, en referencia a los funcionarios del Estado, que prefieren “barrerlos” bajo la alfombra.

“La última vez que vino la Presidenta nos subieron a unas camionetas y nos escondieron hasta que pasó por las esquinas donde siempre estamos. Éramos 30 adentro de una sola”, cuentan en el grupo de limpiavidrios que trabaja en la zona del Área Fundacional.

Comentá la nota