La celebración de la festividad religiosa tuvo un sabor especial para los Molina, la humilde familia riocuartense que, al igual que los Guzmán, tiene el adn que los habilita a soñar con la fabulosa herencia
Los siete hermanos Molina so-lían recibir en su casa materna la visita de sus primos Gladys, Juan Carlos y Humberto Guzmán. Eran otros tiempos, y de aquellos esporádicos juegos de niños apenas si queda algún vago recuerdo. Los años y el capricho del destino hicieron que unos y otros se perdieran el rastro, aunque en los últimos días una fulgurante noticia parece que -tarde o temprano- provocará el reencuentro.
Junto a la revelación de que los hermanos Guzmán pertenecen al linaje de Juan Feliciano Manubens Calvet se supo que otro grupo familiar riocuartense venía tramitando en silencio y en el más bajo perfil la filiación para ser reconocidos como sobrinos nietos del hacendado de Villa Dolores.
Así, unos y otros estarán batallando en la misma trinchera contra los sobrinos nietos que ya han obtenido reconocimiento judicial como herederos de la fortuna de 500 millones de dólares y que, por nada del mundo, quieren que se sumen nuevos parientes a la puja sucesoria.
La confirmación científica de que el reclamo de los Guzmán va por la senda correcta fue recibida con beneplácito por sus primos, los Molina, para quienes esta celebración de las Pascuas no fue una más porque sienten más cerca que nunca el reconocimiento de su origen genético y del derecho a participar de una herencia cuya magnitud provoca escalofríos de sólo imaginarla.
En el Pizarro, uno de los barrios del sur donde parece que el tiempo quedó detenido hace más de veinte años, la sencilla casa de los Molina no desentona. Fue levantada por el jefe de la familia junto a sus hijos con los escasos ahorros que podían reunir Héctor González con sus trabajos de pintor y su esposa Vilma Molina, como ama de llaves y mucama.
Es mediodía, y un prometedor aroma que proviene del asador se impregna en el living de ladrillos blocks desnudos donde Vilma recibe a PUNTAL.
Sesenta y cuatro años, rostro curtido y sonrisa mansa, Vilma se pierde unos segundos y regresa pintada para la ocasión. Su esposo, sus hijos y sus nietos se pertrechan en la calma de la cocina y le dejan a ella la desacostumbrada tarea de lidiar con los flashes y grabadores.
“No teníamos forma de probarlo”
“A mí todo esto no me gusta mucho, ¿vio?”, se disculpa y explica que por eso mantuvo entre las paredes de su casa su secreto y el de sus hermanos cuando vio que sus primos, los Guzmán, pasaban del anonimato a la celebridad sin medios tiempos.
“Mi mamá, Blanca Rosa Guzmán, de chicos nos había comentado que pertenecíamos a la rama de los Manubens Calvet, pero en esos tiempos no teníamos forma de probarlo por los problemas económicos”, confía.
Cuando Vilma y tres de sus seis hermanos tomaron la decisión de remontarse a sus orígenes para exigir lo que les correspondía se toparon con el desinterés y la incredulidad de los abogados que escuchaban la “descabellada” historia.
“Fuimos a un montón de abogados de Río Cuarto, pero no se interesaban o capaz que no nos creían, la cuestión fue que un amigo nos terminó presentando a un abogado de Córdoba -el doctor Mario Alberto Acuña- y él decidió ayudarnos a que nos hiciéramos el análisis de adn porque nosotros no teníamos plata para hacerlo”.
Del Ceprocor llegó una constatación y una sorpresa: por un lado, la ciencia les daba la razón sobre la pertenencia de los Molina al linaje Manubens Calvet, sólo que en lugar de confirmarles que su abuelo era el afamado Juan Feliciano, los ubicaba en el mapa genético como nietos de José Carlos, uno de los cuatro hermanos del hacendado que murió sin dejar descendencia.
“Nos cambiaron el abuelo, al principio nos pareció una locura pero los análisis salieron así”, cuenta con una sonrisa la mujer que durante años hizo los más variados trabajos -mucama de hotel, ama de llaves, servicio doméstico- y ahora se ilusiona con una vida más desahogada disfrutando de su porción de la herencia.
A la vuelta de los días y con el as en la manga, la mujer se ríe con ganas cuando evoca el desplante de los letrados que les dieron la espalda. “Pobres, la verdad que ahora se deben querer comer la gorra, igual que los abogados a los que fueron a ver los Guzmán y no les dieron ninguna importancia”, dice divertida pero sin rastros de resentimiento.
Vilma no está sola en su cruzada judicial. La acompañan en su reclamo, sus hermanos Angel Humberto, Blanca Azucena, y la viuda y los tres hijos de un hermano fallecido.
¿Qué ocurrió con los otros tres hermanos Molina? “No quisieron saber nada con hacerse los análisis ni pelear por ninguna herencia, vaya a saber por qué; yo los respeto, tendrán sus razones”, dice Vilma.
Un paso delante de los hermanos Guzmán
Después del estudio genético, los Molina iniciaron una demanda por filiación en 2008, es decir que llevan recorrido ya un tramo que sus primos todavía no emprendieron porque no tenían en su poder el aval del Ceprocor.
Ni el empecinamiento de los sobrinos nietos que hoy administran las fértiles tierras repartidas por el país, ni las marchas y contramarchas judiciales que recién por estas horas están por definir si deben litigar en los tribunales de Villa Dolores o de Córdoba Capital les privarán a Vilma, a su esposo, a sus hijos y a sus nietos del derecho a soñar con un futuro que deje atrás para siempre una vida de sacrificios. El domingo de Pascuas, al menos para ellos, llegó cargado de bendiciones y buenos augurios.
Mientras termina de acomodar las brasas y el chillido de la carne avisa que llega la hora de abandonar la parrilla, Héctor González promete multiplicar los cortes y las achuras cuando llegue el momento de una celebración mayor.
“Acá no hay mentiras, viejo, acá no hay verso”, repite confiado.
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