En las instalaciones de la ex-Estación Mitre, los puesteros se instalan a pesar del intenso calor con una consigna en común: tratar de sobrevivir. Una realidad que golpea por la falta de posibilidades.
El diccionario define al trueque como el intercambio de bienes materiales o servicios por otros objetos o servicios y se diferencia de la compraventa habitual en que no intermedia el dinero en líquido en la transacción. Para que exista, es condición necesaria que entre individuos deben existir previamente el excedente y dar lugar a la división del trabajo. Esta práctica, que aparece por primera vez en el neolítico hace aproximadamente unos 10 mil años, con el surgimiento de la sociedad agricultora ganadera, hoy sigue vigente. Sin embargo en épocas de “vacas flacas”, todo vale para poder llevar el pan a la mesa y poder subsistir de una manera digna. Hoy, muchas de las personas que no encuentran una salida laboral estable y segura optaron por sumarse a los espacios en donde pueden ofrecer, vender o intercambiar aquellos objetos que en su casa (o en la de algún conocido ya no se usa y los donan) molestan o ya no cumplen ninguna función. Todo tiene un valor en las instalaciones de la ex-Estación Mitre, allí los puesteros se instalan como pueden para poder vender lo que llevan. La necesidad se hace evidente cuando las personas no encuentran salida, y esto es palpable en el predio de la Estación Mitre, donde se puede observar a las personas con sus mantas y objetos a la venta. Desde el 2008 el llamado Club de La Baulera se desarrolla todos los miércoles y sábados desde las 8 hasta las 17. A pesar de que los sábados son jornadas de amplio e intenso movimiento entre la gran cantidad de puestos que allí se asientan, los miércoles, el panorama cambia y puede llegar a calificarse como desolador. El espacio que los sábados no deja lugar al movimiento, aparece descuidado, sucio y hasta triste. Las personas que allí se encuentran trabajando, en las jornadas de calor extremo, como las de febrero, buscan resguardarse en algún rincón con sombra, con el objetivo de mitigar un poco el sufrimiento. “Vengo más los sábados que son los días que más se vende y cuando hay mucha más movilidad y podés vender bien”, relata Mirta Rojas, quien desde hace 35 años trata de rebuscárselas con este sistema para poder mantener a su hijos. “Lamentablemente está todo mal económicamente y cada vez es peor. Si no fuera por esto la verdad es que no se qué sería de las que no tenemos trabajo”, agregó. Mirta tiene su manta tirada en la gramilla, se pueden observar pantalones de diversos talles y colores. Mientras charla, una señora se acerca a averiguar el precio de un pantalón para hombre. A pesar de que es usado está en perfectas condiciones. Y sale $50, la clienta lo lleva. “Siempre ropa en buen estado y que me regalan para venderla, también traigo cosas que no ocupo electrodomésticos, zapatos. Todo lo que queda chico y que esté en buen estado”, señaló Mirta quien ahora está trabajando con prendas de media estación. “Se están vendiendo bien las cosas de media estación y de invierno, es lo que más está saliendo” , aseguró la vendedora. A pesar de las altas temperaturas puede observarse a los clientes, entre los que se distingue a varios turistas, moverse entre los pocos puestos que se encuentran trabajando en esta época de intenso calor. Entre la curiosidad y la necesidad, muchos paran a preguntar. “Según si las prendas están en buen estado y lindas, la gente se interesa. Pero no se puede vender caro, hay que vender en precio. Cada uno tiene su venta y modo de trabajar”, explicó Mirta sobre la forma de comercializar los productos que llevan. Caminando un poco más y llegando a mitad del predio podemos encontrar más puestos dedicados a la venta de prendas. Distintos tamaños, colores y estaciones se evidencian sobre la manta en la que reposa la mercadería. Códigos claros
Los vendedores están atentos, en la medida en que la elevada temperatura y el diálogo con algún compañero de puesto se lo permiten. Todo vale para que el tiempo pase lo más rápido posible y soportar la agobiante jornada hasta el final. Los clientes pueden distinguirse fácilmente, es evidente que muchos no son de Santa Fe, mochila al hombro o riñonera a la cintura, recorren con curiosidad los puestos. Buscan algo, pero no saben qué. Manos en la espalda se dedican a recorrer los pocos puestos que se encuentran los miércoles. Marcelo Puig heredó el puesto de su madre y hace dos años que se instala en La Baulera para ganarse unos mangos con la venta de ropa usada. “Se vende más los sábados que los miércoles –asegura el vendedor que está instalado bajo una improvisada sombrilla–,lo que la gente busca es comprar barato”, agrega Puig que trabaja con la mercadería que le donan y que de a poco puede ir consiguiendo. “Por ejemplo una remera está saliendo entre 20 a 25 pesos, más de eso no se puede vender”, destacó el hombre. Los códigos son claros y se respetan, luego de mucho tiempo la mayoría de los puesteros se conocen entre sí, lo que permite defender el espacio propio de laburo. Cuando alguien nuevo llega es advertido de los lugares que puede o no ocupar. En caso de que sobre, se cede un poco de espacio.“Trabajamos tranquilos, robos no tuve y estamos bien”, aseguró Marcelo, quien antes de instalarse en la Estación Mitre se ganaba la diaria haciendo changas, la venta en el trueque le permite “zafar” ya que no tiene trabajo fijo. Patricia Correa está ubicada bajo una carpa improvisada acompañada por amigas. Hace dos años que Patricia se dedica a comercializar lo que puede en La Baulera porque no puede conseguir trabajo. “Vengo miércoles y sábados porque no tengo un trabajo y tengo dos hijos y vengo a vender para darles de comer”, dijo esta mujer que no dudó en confirmar que hoy la venta no se mueve mucho. “Quisiera más un trabajo al trueque, pero bueno estamos buscando”, reiteró y aseguró que no tiene opciones. “Limpiaba, cuidaba chicos y esta fue la única opción que encontré para poder salir adelante”, explicó Patricia, quien consigue la mercadería de la misma forma que sus colegas, o porque quedan chicas o se compran con lo que se vende. “Nos ayudamos entre todas y vendemos”, explicó Patricia sobre el intercambio de los productos. “Gracias a Dios nunca pasó nada, ya todos nos conocemos”, dijo Correa mientras que una de sus acompañantes aclaró que esto se mantiene porque todos se conocen entre sí, y eso es , de alguna manera, una forma de estar seguros. “Estamos todos por lo mismo, queremos el pan del día a día”, dijo la mujer. Al momento de ir al baño deben abonar el derecho de ingreso, ya que según denunciaron, una mujer se adueñó del ingreso a los dos baños químicos que reposan bajo el sol. “Los baños están feos, y ahora no está la mujer porque si no, te cobra $1 o $2”, aclaró. Ambas mujeres coincidieron al afirmar que en los últimos tiempos se registra un importante aumento de los puestos.“Nos gustaría que alguien haga algo, esto esta mal, cada día hay más puesteros quiere decir que cada vez hay menos trabajo”, destacó Beatriz quien agrega que tanto ella como sus compañeras la luchan día a día para subsistir. “El miércoles tenemos que aguantar hasta el sábado y rezar para poder vender algo y así sucesivamente. Otra no queda”, finalizó la vendedora reflejando una realidad que afecta a muchos santafesinos. En los meses de calor, la estación alberga a los vendedores que tienen la necesidad de desarrollar esta actividad para poder sobrevivir. Hoy son pocos los puestos que pueden verse, sin embargo en épocas de temperaturas agradables y pasada la temporada baja, en el predio de la ex-Estación Mitre pueden llegar a contabilizarse alrededor de 1.200 puestos. A pesar de que la capacidad esta colmada, desde la Municipalidad confirmaron que las acciones se centran en tratar de brindarle espacio a quienes se acercan a vender los productos permitidos y que puedan instalarse. Durante todo el año pasado se registraron alrededor de 600 puestos, desde el municipio destacaron el control que se realiza sobre los comerciantes que venden productos alimenticios. “Les hacemos hacer el curso de manipulación de alimentos y controlamos que se trate de productos que sean de bajo riesgo sanitario”, explicó Javier Fernández, subsecretario de empleo de la Secretaría de Desarrollo Social de la ciudad. Fernández aclaró que el 80% de los puestos se dedican a la venta de ropa, que puede ser usada o nueva, tal cual lo declaran los vendedores al momento de anotarse en la nómina.“Nosotros lo registramos, el deber de ellos es hacerlo y tiene que ser una persona que se dedique solo a desarrollar esta actividad como única”, recalcaron. Si bien hay puestos de alimentos, cosas varias, está totalmente prohibido comercializar medicamentos, todo lo que sean autopartes y animales vivos, advirtió el funcionario. Para que las normas se respeten periódicamente se realizan controles con la Guardia de Seguridad, también con la Secretaría de Control y en ocasiones con adicionales de la policía. “El origen de esta feria son los trueques que se tornó en feria popular. A la gente que nosotros vemos que vende artesanías tratamos de insertarlos en algún programa de emprendedores o de empleo”, destacó el funcionario y también afirmó que desde la Municipalidad trabajan para colaborar con estas personas para que puedan evolucionar y sacarlo de este tipo de venta a la cual calificaron de muy precaria. Actualmente están tratando de que se conforme alguna sociedad para que los comerciantes se puedan gestionar y ayudarlos. “Tratamos de que sea una ayuda para personas que viven de la venta, del trueque que son familias que suman unos pesos a los ingresos familiares”, aclaró el subsecretario. Es por esto que el municipio trata de impulsarlo para llevarlos a otro tipo de emprendimiento. “Obviamente no es algo que a nosotros nos interese”, afirmó Fernández sobre el crecimiento de los puestos en las ferias que no sean las permitidas y en el esfuerzo que se pone por brindar a los comerciantes una salida laboral más digna y estable.
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