La mayoría de los vecinos de Trancas ponderan la seguridad y el orden de su ciudad, pero también hay reclamos por el servicio de cloacas. "Trancas es un mundo aparte", afirma Noelia Salado, mientras que José Martín prefiere calificar al municipio como "una gran familia". Quienes critican, piden reserva.
Orgullosos de su pueblo, la mayoría de los vecinos de Trancas, a 72 kilómetros al norte de San Miguel de Tucumán, ponderan que todavía puedan dejar las bicicletas en la vereda -sin cadenas ni candados- y que el silencio sea inalterable. Pero también están los otros, esquivos, que no quieren hablar ni dar sus datos. Critican que no todos los habitantes tienen servicio de cloacas ni gas natural.
LA GACETA recorrió las calles de ese municipio, rodeado de fincas agrícolas y tambos, y caracterizado por sus fiestas populares y religiosas.
Flores y paz
Francisca Bai (82 años) y Berta Vitancoro (50) viven a metros de la plaza principal y no se imaginan en otro lado. "Somos de aquí y siempre estaremos en Trancas. Nos gusta todo. Mire nuestra plaza de hermosa, está llena de flores", lanza doña Francisca. De hecho, la San Martín es uno de los paseos públicos más arbolados y con más flores del interior provincial. Además, las instalaciones están impecables y no hay malezas a la vista. Berta se centra en destacar la seguridad y tranquilidad de esa ciudad. "Aquí dejamos las puertas y ventanas abiertas sin problemas", comenta. La única queja que tienen las mujeres es que, según afirman, se inscribieron para recibir una casa pero aún no tuvieron noticias.
Noelia Salado (21), una empleada de comercio, va en bicicleta por la avenida Yrigoyen para llegar hasta su trabajo. La joven, con una pechera azul, hace un alto en el camino para halagar su cuidad: "Trancas es un mundo aparte, otra realidad, un pueblo hermoso; no hay inseguridad y se respira aire puro, así que no tengo quejas".
Una cuadra más adelante, José Martín (58), repasa su pasado de agricultor y comerciante y cuenta que hace 38 años que vive en ese lugar. "Es un pueblo lindo, pero sobre todo, muy ordenado. Además, aquí nos conocemos todos los vecinos, es como una familia grande. La seguridad es clave y aquí, las veces que hubo hechos delictivos, fue por gente de afuera que viene a hacer daño", dice indignado.
Julieta Pachao (14) pasea junto a su pequeño sobrino por la vieja estación del tren. La joven, que asiste a la escuela Nº8, vive detrás de los predios ferroviarios, separados de la ciudad por las vías. "No me gusta ir para los barrios, es hermoso vivir en esta parte porque es pleno campo, casi no hay ruidos. Lo más lindo del verano es ir al balneario El Boyero, es hermoso y se llena", afirma convencida.
Otra visión
Otros no dan sus apellidos porque temen ser identificados y sufrir represalias en un pueblo donde "se conocen todos". "Me compromete porque faltan muchas cosas aquí", dice un hombre que se retira raudamente. Otro, reniega por la "cantidad" de empleados que tiene la Municipalidad y que "no trabajan" y esquiva más preguntas.
Pedro (70), comerciante, reconoce que la ciudad está "linda" y "segura", pero resalta la ausencia de fuentes de trabajo que no estén relacionadas con el campo: "falta mucho todavía, una fábrica por ejemplo, porque es verdad que tenemos mucho empleo en el agro y la cuenca lechera, pero tiene que haber oferta de otro tipo de tareas así los jóvenes no se van".
Pedro Luis (39) reniega porque no tiene cloacas. "Hicieron las instalaciones, pero pusieron caños que no son adecuados. Encima, rompieron las veredas para hacer el trabajo y ahora se levantan a cada rato. También prometieron pavimento en algunos barrios y todavía no lo hicieron", asevera y completa que, por otro lado, no todos los habitantes tienen gas natural. "Por como está creciendo la ciudad, se necesitan fuentes de empleo verdadero. Aquí lo que mueve es la política y esos planes sociales: todos ñoquis", concluye.
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