Hace ya un buen tiempo que Rosario Central está frente a muestras de carácter. Logró un justo triunfo por 2 a 0 ante Patronato, reafirmó su condición de líder y quedó más cerca del objetivo.
Esto de abrir los partidos prácticamente desde el vestuario se le está haciendo una costumbre al Canalla, más allá de que esta vez no logró hacer usufructo directo desde el juego, sí desde el resultado. Es que ese gol de Medina le dio al equipo la tranquilidad para plasmar un juego más acorde a sus necesidades. Y le vino como anillo al dedo, porque después de eso hubo un par de sofocones importantes (un cabezazo de Carignano en el palo y un remate cruzado de Babak que se fue muy cerca) en las barbas de Caranta, cuando el equipo había entrado en un letargo futbolístico llamativo.
Así fue prácticamente todo el partido. Porque al Central de ayer le costó más de la cuenta. Faltó lucidez, claridad y calma en los últimos metros, ítems que recién llegaron cuando el encuentro se selló con aquel gol de Méndez en el complemento.
Pero esto de sentirse amo y señor del torneo es un libreto que el Canalla ya tiene aprendido de memoria. Con la materia de la inteligencia aprobada y sin margen para la discusión. Ayer el equipo mostró negligencia en algunas definiciones (Toledo lo tuvo a los 37’), pero mucha inteligencia para hacer que esos yerros no le nublen la vista, sobre todo cuando todo transcurría por los carriles normales. Esto es, antes de que el partido se desdibujara por las expulsiones.
Por supuesto esas jugadas fueron por infantilidades de los jugadores de Patronato y, en buena medida, por el accionar de algunos futbolistas canallas, como Bareiro, quien volvió loco a más de uno.
Pero claro, ese zapatazo de Méndez cuando al encuentro aún le quedaban 30 minutos fue el gran alivio. Y más que eso. Se trató de una circunstancia que dejó a Patronato fuera de la lucha. A esa altura Central, que ya se sentía más cómodo que nunca, con Russo moviendo el banco y hasta calmando a sus jugadores para que no entren en la provocación.
Si hasta el penal que malogró Lagos sirvió como una simple apostilla. No suele ocurrir que Central transite la última parte del encuentro con tanta holgura. Esta vez fue lo que sucedió, lo que no es poco. Aun con un nivel futbolístico que apenas sobrepasó el nivel de la sobriedad, le alcanzó para sumar, alimentar el sueño y saberse un fiel merecedor del traje de patrón que hoy parece no pesarle.
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