Son cerca de tres mil los afectados por la suspensión de los trabajos de la minera Vale en el Sur provincial, que definitivamente dejó Malargüe en medio de un proceso tan sorpresivo como escandaloso.
El Gobierno, que ha reaccionado aturdido, como tantos, por la partida de la minera, espera que los barrios que comiencen a levantarse con fondos públicos a través del Procrear y otras operatorias del IPV puedan absorber esa mano de obra, ahora desocupada, y con los sueños destrozados. Pero estos trabajadores, en principio, están desestimando la oferta, en primer lugar, por el nivel de sueldos que el Estado podría pagarles, muy por debajo de lo que estaban ganando con Vale. Y esperan, en tanto, que se aceleren los trabajos de la presa hidroeléctrica Los Blancos, sobre el río Tunuyán, porque entienden que, por su envergadura, los sueldos serán superiores. El problema social que dejó Vale es, desde ya, muy complejo y permite ser analizado desde diferentes puntos de vista.
Uno de ellos es la mano de obra especializada que fue, en gran parte, capacitada para los trabajos en el Sur y hoy está ociosa. Pero no se
puede inventar otra Vale, al menos por el momento, y lo que se está haciendo para reactivar el emprendimiento, a través de contactos con
otros posibles inversores extranjeros –ahora se habla de una empresa canadiense–, de confirmarse, llevará un buen tiempo.
La gente que se quedó sin trabajo debe entender que de la noche a la mañana se desplomó todo, incluso, para el Ejecutivo, que tiene su grado de responsabilidad por no prever lo que se venía. Pero hoy no hay ninguna posibilidad de que alguien pague por lo que estos trabajadores están pasando, por lo que bien vale el esfuerzo de su posible reubicación en trabajos "menores", aunque los sueldos sean más bajos. Es mejor que nada.
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