Ya hay elementos que permiten fundamentar que al gobierno neuquino le conviene este conflicto que altera el dictado de clases; y también que quienes conducen el gremio y su militancia más activa le hacen el juego en esta confrontación tan dura, en donde no se ensayan otras variantes para hacer más efectiva la demanda salarial, que, en definitiva, es el eje del problema.
Con la continuidad de este paro –que es más ruidoso que efectivo en cuanto a inasistencias- más las actividades callejeras que se desarrollan, el gobierno logra el efecto inmediato de la adhesión de buena parte de la población. En algunos casos porque hay sectores de la sociedad que repelen todo tipo de actividad sindical; en otros porque hay una genuina preocupación por la degradación del proceso de formación de los pibes; y una tercera categoría la conforman aquellos que tienen que transitar y que se encuentran con las vías obstruidas por las movilizaciones.
Sapag juega al desgaste del conflicto; maneja números de asistencias, evolución y encuestas sobre el humor social y ahora espera el impacto del próximo cobro de haberes, en donde seguramente miles de docentes sufrirán descuentos que, cualquiera sea el monto, incidirán con fuerza en el presupuesto de gastos y en el ánimo del que lo sufre.
Pero su objetivo de fondo es quebrar a una conducción gremial con la que le resulta difícil llevar adelante una negociación.
Por eso está tan duro en su postura. No escucha otras voces, no acepta otras participaciones, como las que legítimamente pretendieron diputados a los cuales no los recibió. Pretende la cabeza de la conducción, disciplinar a un sector muy numeroso y que, cuando acierta en estrategias, es capaz de movilizar a una sociedad.
Dentro de su estrategia confrontativa, habilitó al presidente de su partido, Jorge Sobisch, una figura odiada dentro del colectivo docente, para criticar el paro y teorizar sobre conspiraciones políticas sindicales apocalípticas en largas y repetidas arengas radiales. Ni una señal para descomprimir.
La conducción gremial, por su lado, tiene sus particularidades que son respetables dentro de un juego propio, pero que mirando los intereses generales que arriesga, debería empezar a revisar. Los hechos se lo están indicando.
Gobierno y gremio, gremio y gobierno, a esta altura juegan a destruirse mutuamente, como salida para la coyuntura.
El gobierno no caerá si el conflicto le torciera el brazo; el gremio sí puede sufrir consecuencias, si del plexo de demandas se consigue algo, pero no lo salarial.
Pero el gobierno sería un irresponsable si pretendiera superar el conflicto con el retorno al aula de un maestro derrotado, quebrado anímicamente, degradado en su autoridad por las descalificaciones del propio gobierno, de comunicadores sociales afines al gobierno, actitudes internalizadas por innumerables padres y seguramente alumnos.
Un maestro no es un trabajador común. Si va atormentado a su labor, su rendimiento no se mide en menores unidades de producción…
Como sociedad, deberíamos empezar a ponernos firmes, inflexibles en la exigencia de la calidad de la formación de nuestros pibes. Pero no solamente exigiendo a una parte, siempre al docente que tiene su rol central. Pero quienes gobiernan deberían rodear a esa pieza fundamental del engranaje de todos los elementos para que cumpla acabadamente y controlarlo, exigirle.
De una buena vez hay que ser claros: si queremos una educación pública jerarquizada, debemos jerarquizar todos los escalones y piezas del sistema. Esto incluye objetivos claros a corto, mediano y largo plazo, flexibilidad para ir acompañando procesos sociales y económicos, idoneidad y respetabilidad en quienes conducen y docentes bien formados, con capacitaciones permanentes e integrados al proyecto común.
Por supuesto que esto también incluye salarios jerarquizados, adecuados a la tarea trascendente que se cumple en el aula. Esto hay que plantearlo y sostenerlo, con absoluta responsabilidad y convicción. Todo lo que se haga por sectores o para sofocar picos de fiebre, no alcanza, no sirve. La sociedad tiene que asumirlo como la mejor inversión, y el administrador del Estado tiene el deber y el derecho de priorizar las actividades a las cuales volcará mayores recursos, sin que esto cree precedentes para que otros sectores se consideren con iguales pretensiones. Las estrategias de un Estado tienen estas reglas.
El gobierno asegura que destina a 22.000 pesos por año y por alumno; una suma que, comparada con la de otras jurisdicciones es buena. Pero ¿es suficiente?
Dice que el 31 por ciento del presupuesto lo lleva el sector Educación. Es mucha plata, pero ¿Cómo se gasta o invierte?
Tiene un cuerpo colegiado y con participación sectorial como órgano de conducción de la educación pero ¿El Consejo Provincial de Educación está cumpliendo su rol, o es otro de los tantos organismos copados por la política clientelar, la mediocridad de los representantes oficiales y un aparato administrativo enorme, pesado, lleno de complejidades y sospechado de bolsones de corrupción?
Y además, tiene un ministerio, cuya titular en este conflicto, y en otros anteriores, pareciera tener la voz prohibida.
Un elemento nuevo, que incide muy fuerte en la actividad de las escuelas: Los porteros o auxiliares de servicios que superpueblan las escuelas. Otra fuente de clientela partidaria que una vez que consiguieron su estabilidad laboral se sindicalizaron y son severos demandantes y hasta superan la autoridad de los directivos de cada establecimiento. El gobierno debe hacerse cargo por esos nombramientos, casi todos con el respaldo de una afiliación partidaria.
Podemos echar culpas sobre el gremio, sus dirigentes y hasta sobre algunos docentes que no responden al noble compromiso de formar pibes. Pero el máximo responsable es el gobierno y no tiene justificativos válidos, ni siquiera en las particularidades de los dirigentes gremiales. Cuando se gobierna, se debe tener capacidad y voluntad para enfrentar todo tipo de adversidades. Capacidad y voluntad, dos condiciones concurrentes.
Además, y no es menor el requisito, quienes gobiernan deben tener el respaldo ético imprescindible, basado en su probidad, sensibilidad y conducta en el manejo de los intereses comunes.
Hoy el gobierno se ufana con las cifras de mortalidad infantil, que rondan el 6,5 por mil, un avance extraordinario. Pero es un logro de las políticas del área más el compromiso de todos los actores de la salud pública.
Sería bueno que el gobierno también manifestara su preocupación por la calidad magra de la educación y por los miles de pibes que no estudian ni trabajan, y que conforman la materia más proclive a la droga, el alcohol, la violencia, la delincuencia. Que se preocupara y actuara…
¡Qué contradicción terrible! Vamos minimizando la mortalidad de los recién nacidos, pero creamos las condiciones para que años más tarde la muerte los aceche y se los lleve y muchos de los que sobreviven lo hacen desde una posición degrada y sometida, de subsidiado del gobierno de turno.
La particular visión del gobierno, y de buena parte de la sociedad, sobre el rol de la escuela, queda explicitada en su demanda de escuelas abiertas y el proyecto de consulta popular para prohibir la supresión de clases por conflictos gremiales.
Está claro. La preocupación central es que las escuelas estén abiertas. Que los pibes estén cuatro o cinco horas allí. Ese es el objetivo explicitado hasta ahora. No se habla del estado y formación de los docentes, ni del material pedagógico disponible, ni de los contenidos de los programas. Una escuela abierta pero reducida casi a una guardería.
Se cumpliría, así, con lo formal. Y de paso, se redondearía otro objetivo no dicho, pero que los gobernantes aprovechan: si la escuela no forma bien, no enseña a pensar, a ser críticos, no da herramientas para ser ciudadano libre, justo, demandante de más y mejores condiciones de vida, será uno más en la masa clientelar que apoya regímenes demagógicos, con tendencias feudales y a perpetuarse en el poder.
Este conflicto no se resolverá si las partes insisten en seguir los caminos de confrontación. Pero en algún momento se disipará. Pero el conflicto de fondo, el real y trascendente, el que interesa a la sociedad de hoy y de mañana, hoy no se está discutiendo. La ruidosa discusión de hoy nos tapa el horizonte cercano, y esto es suicida. Pero los gobernantes están muy cómodos. Todos contribuyen a su juego…
Ricardo Villar



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