Por Osvaldo PepeEn Sudáfrica la pelota rueda a pleno. Vivimos la fiesta más universal e impactante que ha sido capaz de imaginar la condición humana. Y cada país acompaña a la distancia. Se calza al hombro los sueños más movilizantes y enarbola sus mejores ilusiones populares, aunque para hacerlo deba poner entre paréntesis las arideces cotidianas de sus procesos políticos o la marcha compleja de las economías. Todo sucederá, menos que el fútbol diluya durante 30 días intensos, a veces gloriosos, otros dramáticos, su imponente convocatoria.
En la Argentina del siglo XIX, las barriadas populares, con sangre cruzada de inmigrantes y criollos, lograron que el fútbol saltara los muros de los colegios elitistas donde se lo jugaba y lo fueron sembrando en los suburbios de la ciudad creciente. Ese refundado fútbol fue una pasión teñida por la alegría y la pobreza. En un Mundial, el fenómeno se amplía. Y es show, marketing y dinero. Pero la pasión popular resucita en esa camiseta que nos junta y nos identifica. Más allá de todo, el fútbol siempre seguirá siendo eso. Una pelota, un arco, un sueño. Y esas ganas tremendas de hacerle, por una vez, un golazo a la vida.
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