Todo eso que contagia el fútbol

Por Osvaldo Pepe

En Sudáfrica la pelota rueda a pleno. Vivimos la fiesta más universal e impactante que ha sido capaz de imaginar la condición humana. Y cada país acompaña a la distancia. Se calza al hombro los sueños más movilizantes y enarbola sus mejores ilusiones populares, aunque para hacerlo deba poner entre paréntesis las arideces cotidianas de sus procesos políticos o la marcha compleja de las economías. Todo sucederá, menos que el fútbol diluya durante 30 días intensos, a veces gloriosos, otros dramáticos, su imponente convocatoria.

El Mundial de México de 1970 fue el primero que una teleplatea mundial vio en directo. Allí, el fútbol inició su gradual proceso de globalización. La consecuencia más directa fue que el fútbol-juego, que enamoró a generación tras generación a lo largo de más de un siglo, empezó a ceder terreno. Todo lo que resignó en esa pureza originaria con sabor a infancia y potrero, lo ganó en negocio y megaespectáculo. Aun así, en cada Mundial su impronta popular sobrevive. Y se expresa en el hincha genuino, antes que en la patología de los barrabravas aliados al poder, más propios de las cuevas de la política que de la fiesta deportiva.

En la Argentina del siglo XIX, las barriadas populares, con sangre cruzada de inmigrantes y criollos, lograron que el fútbol saltara los muros de los colegios elitistas donde se lo jugaba y lo fueron sembrando en los suburbios de la ciudad creciente. Ese refundado fútbol fue una pasión teñida por la alegría y la pobreza. En un Mundial, el fenómeno se amplía. Y es show, marketing y dinero. Pero la pasión popular resucita en esa camiseta que nos junta y nos identifica. Más allá de todo, el fútbol siempre seguirá siendo eso. Una pelota, un arco, un sueño. Y esas ganas tremendas de hacerle, por una vez, un golazo a la vida.

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