“Tino”, el calesitero de 19 y 60 que inventó una vuelta solidaria

En su juego andan gratis los hijos de cartoneros y chicos que van a comedores comunitarios

En esa calesita los chicos de menores recursos dan vueltas gratis. Un gran cartel, colocado en la colorida estructura giratoria de la plaza Yrigoyen -19 y 60 - así lo anuncia: los hijos de los cartoneros y los nenes que concurren a jardines de infantes estatales o a comedores comunitarios no pagan para subirse al tradicional juego infantil. Celestino “Tino” Echarren, encargado del entretenimiento, conmovido por las necesidades que pasan los nenes de algunos sectores de la población así lo decidió un par de años atrás. “No puede ser - dice - que a esa edad, por las limitaciones que tienen, no hagan lo mismo que el resto de los niños”. Con 74 años, porte erguido y una actitud que derrocha vitalidad, “Tino” es algo así como el “abuelo” del barrio. No tuvo hijos, pero asegura que está lleno de nietos. Cuando él llega, a eso de las 5 de la tarde, para abrir el cerco por el que se accede a la calesita, lo recibe un remolino de pibes. Para ellos es “una fiesta”, como describe la escena uno de los padres que lleva a sus pequeños hijos a la plaza todas las tardes. Y para él, uno de los momentos de mayor satisfacción del día. “En realidad soy como el abuelo de todos ellos y como el padre de los hombres y mujeres que conozco desde que eran chicos y que ahora traen a sus hijos y hasta a sus nietos a esta calesita”, cuenta mientras revolea entre las manos de los nenes la deseada sortija. El hace todo. Cobra las fichas, pone el viejo disco de vinilo con canciones infantiles que acompañan las vueltas, empuja los parantes para que arranque el carrousel, actúa el viejo guiño de simular que el nene que apenas camina saca la sortija, y cuando alguno de los chicos está por irse lo invita a jugar a una especie de ruleta casera que promete caramelos. Siempre regala una buena cantidad más de golosinas de las que al chico le tocó en suerte. Leonardo Tomás, vecino de la zona, lo conoce desde hace años. Para sus hijos, Lola (6) y Martín (3) es el mejor programa que les puede ofrecer. “Les encanta la calesita y los traigo siempre. Es más, lo que me piden es venir a ver a ¨Tino´”, dice. Hay tardes que a los chicos del barrio se le suman otros, que llegan en grupos. “Son hijos de cartoneros, que prefiero que estén acá jugando, como debe ser, y no trabajando en la calle. Además, he visto lo que sacan por vender lo que recogen en la calle y no gastarían en calesita. Sumé a los que van a los jardines de infantes de la zona o de centros comunitarios porque también creo que les costaría gastar en esto”, El antiguo juego no es, justamente, un negocio muy rendidor, pues a $5 la ficha o a $12 el combo de tres, no es mucho lo que se recauda. Por otra parte, se trata de una alternativa de entretenimiento infantil que de a poco, con los avances tecnológicos, va cayendo en desuso. Sin embargo, “Tino” ofrece vueltas gratis porque dice que ya trabajó “todo lo que tenía que trabajar” y ahora, mientras logre reunir el ingreso que necesita para llevar una vida modesta, “con eso me alcanza”. “Si tuviera que empezar de nuevo montaría una en un trailer y me iría a recorrer el país para que no queden chicos sin disfrutar de este maravilloso juego”, dice “Tino” Hace 45 años que es “calesitero”, como él mismo se define. Pero ya a la edad de 14 la actividad lo apasionó, tanto que desoyó el consejo de su padre, que le sugería que siguiera la Universidad, y ahí nomás se empleó en una calesita que andaba tirada por un caballo. “Con el tiempo me independicé - recuerda -, y en el año 68 empecé con mi propia estructura, que no estaba en una plaza sino que la iba poniendo en distintos terrenos baldíos. Después estuve en plaza España, en plaza Belgrano y ahora hace mucho que estoy en la Yrigoyen”. Con tantos años en la actividad, “Tino” ha sido testigo del proceso de la pérdida de interés que rodea a las calesitas (en la Ciudad ya no llegan a la decena) y afirma que la tarea de sostener cotidianamente el negocio no es sencilla. “Es difícil; si llueve no trabajamos, si hay mosquitos tampoco, y en enero la gente se va de vacaciones y esto casi no funciona”, resalta. No lo dice como un lamento, porque a la vez reitera el gusto que le despierta eso de hacer girar la calesita. “Si tuviera que empezar de nuevo - confiesa - montaría una en un trailer y me iría a recorrer la República Argentina para que no queden chicos de ningún pueblo del país sin disfrutar de este maravilloso juego”.

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